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Bogotá, como una piedra rodante (It's only rock 'n' roll)

Hay noche. Hay rock. Hay otra Bogotá menos populosa, pero mucho más peligrosa, otra Bogotá de personajes que se despiertan para poblar la noche, como un coro de necesitados que va y vuelve y retorna cantando “I can’t get no, satisfaction, ’cause I try , and I try, and I try and I try”.

Imagen de un sector de Bogotá. Sobrevivir al caos. Mauricio Alvarado

Seis y cuarenta y cinco de la tarde y los carros pasan a la velocidad que les da el motor y que el próximo trancón les permite por el charco más profundo, y botan y hacen rebotar el agua podrida sobre los que esperan un bus, los miles de miles que esperan todas las noches un bus para tirarse una hora o dos o tres hasta su casa, los vidrios untados de vaho, de aliento a cerveza, a sueño, a tripas mojadas, a ya no más, y todo suena a rock mojado, a electricidad, aunque no salga una sola nota de rock por los parlantes de los buses, por las ventanillas a medio abrir de los carros o en los almacenes con bafles a su entrada. Todo suena a rock, todo es rock, rock en todas sus acepciones, aunque no haya rock casi por ninguna parte.

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Bogotá es rock. Es frenesí. Es ritmo, más allá de que el ritmo lo marquen los conductores que pitan y se le cierran al otro, pues el otro siempre es un enemigo, un hijueputa al que hay que gritarle hijueputa, o las sirenas de las ambulancias y los carros de policía que llevan pasajeros de contrabando, o las motos que se le atraviesan a todo aquel que se mueve, como si fuera una orden, dispárenle a todo aquel que se mueva. Bogotá es rock. Es un caos que alguien dice que tiene controlado, muy a pesar de que las cifras de asesinatos y muertos y de atropellos y robos digan lo contrario. Es fuerza y debilidad, es miedo, pánico, y alegría para no llorar, porque “en esta puta ciudad”, como cantaba Fito Páez, todos queremos llorar todos los días.

Y lloramos en silencio y mordiéndonos los labios, porque en Bogotá aprendimos a las patadas y a los navajazos a ser fuertes, o a hacer cara de fuertes, como rockeros que se tragan el dolor para afrontar la descarga que vendrá y el riff que tararearán hasta el navajazo siguiente. Lloramos a las putadas, a las putadas vamos saltando sobre las losas de cemento que los constructores licitaron y empañetaron a mitad de precio para dividirse la otra mitad con los licitadores y uno que otro concejal que se arrimó al multimillonario negocio, y a las putadas nos llenamos de lodo cada vez que pisamos una losa, o mejor, la única losa que parece bien construida. Lodo, losa, tajada, engaño, uno más, putada, y nuestros pasos para andar un camino de rock y llegar a un bar donde suene algo de rock.

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Y ahí donde suena el rock, Bogotá es más rock aún. Por el olor a perro mojado, por el vivo que se cuela en la fila, por el otro que empuja y se mete con una botella de aguardiente entre los cuatro sacos que se puso para encaletarla, por el que cree que el rock es poder irrespetar y por el otro que busca entre los incautos la oportunidad de revender y revender una boleta falsificada y por el de más allá, que a media voz va ofreciendo todo tipo de droga, generalmente sintética, generalmente mortal, sin que le importe mucho si mata, o incluso si muere. Ahí donde suena el rock, alguno va cantando en rumores “Dos tipos en un bar se toman las manos”, creyéndose Charly García, y tomándose él las manos y lo que pueda con otro tipo.

Hay noche. Hay rock. Hay otra Bogotá menos populosa, pero mucho más peligrosa, otra Bogotá de personajes que se despiertan para poblar la noche, como un coro de necesitados que va y vuelve y retorna cantando “I can’t get no, satisfaction, ’cause I try , and I try, and I try and I try”. Todos tratan, ninguno lo logra, y en su tratar parecen una infinita banda de necesitados cortados por la misma tijera, hechos a imagen y semejanza de un dios de la impotencia y el no futuro. Hay noche, hay rock, hay trago, hay droga, hay sexo, hay una necesidad imperiosa de que esa noche sea la última noche y de que no acabe jamás. “We don’t need no education”, cantan Pink Floyd y un infinito coro de niños con pantalones cortos, y el tan-tarantan-tan-tan-tan-tan-tan sale de los parlantes de decenas de bares y retumba entre los muros de esas decenas de bares.

Y mientras los niños repiten, sin cesar, como una letanía, los adultos se les suman. Hombres, mujeres, blancos, negros, amarillos, azules y rojos. Todos cantan, “We don’t need no education”, todos desfilan al mismo ritmo, tan-tarantan-tan-tan-tan-tan-tan, todos son, somos eso, un ladrillo en la pared, un ladrillo de un muro gigantesco que no se acaba jamás, un muro que divide, segrega, contamina, insulta, putea, rasga, hiere, duele, mata, desangra y sangra, “la gente se esconde, o apenas existe, se olvida del hombre, se olvida de Dios” (Charly García). Allá, ellos, los que dominan y deciden, sea como sea, los que imponen y roban, sea como sea, los que dictan las reglas del juego, y acá el resto, los rockeros de camiseta desteñida, jean gastado, tenis y chaqueta de falso cuero y de falso negro.

Allá, ellos, con un whisky en la mano, y acá el resto, con una caja de aguardiente y lo que se pueda, lo que haya, lo que nos embote, lo que nos haga olvidar, lo que nos triture y nos haga sentir like a rolling stone, y nos haga ser like a rolling stone, y cantar like a rolling stone, “How does it feel, How does it feel, To be on your own, With no direction home, A complete unknown, Just like a rolling stone?”, porque eso es Bogotá, esos somos en Bogotá, ocho millones de piedras rodantes, cada una bajando por una cuesta diferente hacia el mismo abismo, sin saberlo, sin ser conscientes de nada, embotados y en busca de más embotamiento, como cuando entramos a Transmilenio y ponemos Guns N’ Roses a todo lo que dan nuestra audífonos para hacer de cuenta que vamos a poguear y que en algún momento saldrá Slash a terminar de reventarnos desde las puertas del infierno.

Pero desde las puertas del infierno solo entran y salen más piedras rodantes, que se odian aunque de vez en cuando se sonrían. Los rockeros y los pichones de Slash pasan desapercibidos, muy a pesar de los bajos y las guitarras que llevan en la espalda. Van en busca de un nuevo sonido, de aprehender el ruido de la ciudad para volverlo música, gastarse treinta lucas todos los días en uno de los ensayaderos del Polo, del Virrey, de Chapinero, afinar y desafinar, y una noche tocar ante quinientos desposeídos, dejando unos pesos más en la entrada del bar para cuando aparezcan los policías con pretextos de códigos de policía. Que la música está muy duro, que hay droga, que vamos a hacer una redada, bueno, bueno, por doscientos mil arreglamos, pero ojo, que si siguen, tenemos que regresar, y regresan, claro. Regresan con el código de nuevo y por otros doscientos mil, o quinientos mil, porque ya está muy tarde, y regresarán al día siguiente y al día de más allá. Ellos también son parte del rock, aunque no lo oigan.

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

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