Borges y Francia

Mientras el autor argentino se asomó con juicio crítico a los escritores franceses de su tiempo, los intelectuales europeos, por lo general, han desconocido los aportes de la literatura latinoamericana.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 - Ginebra, 14 de junio de 1986.)

Borges definió, en varias ocasiones, la tarea intelectual que tenían los escritores latinoamericanos de su tiempo. Esta consistió en la obligación que el escritor tiene de descifrar su tradición en el ir y venir de los diversos mundos mentales que confluyen en América. En su ensayo “El escritor argentino y su tradición”, de 1932, Borges abordó este asunto con una claridad que hoy día sigue sirviendo como paradigma en la discusión, a veces pueril, que se da entre los escritores latinoamericanos sobre lo regional y lo universal, o sobre el color local y el matiz cosmopolita. Allí Borges dice: “Creo que los argentinos, los escritores sudamericanos en general, podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas”. Esta amplitud de referencias, presentes en la obra de Borges, obedece a la convicción de que su tradición es la cultura occidental y, más todavía, el universo. Resultado de ello es que él tuvo una visión más cabal de occidente, circunstancia que no se ha presentado en la geografía literaria de Europa. La universalidad de Borges es irrefutable, mientras que muchos europeos siguen padeciendo una suerte de narcisismo de provincia. De ahí que en la obra de Borges aparezca el hombre inmerso en un complejísimo mapa de identidades. De ahí, también, que su invención y reflexión crítica abarquen obras y autores de diversas culturas, no solo de Europa, sino de Asia y África. El caso del autor de Ficciones es, pues, encomiable y debería ponerse como espejo ante el caso de los escritores contemporáneos.  (Vea Un recuerdo de Borges)

En este sentido, la relación de Borges y Francia es ejemplar. Mientras Borges se asomó con juicio crítico a autores franceses de su tiempo -y ahí están, verbi gracia, los reveladores prólogos a El cementerio marino de Paul Valéry, a El secreto profesional y otro textos de Jean Cocteau, a Un bárbaro en Asia de Henri Michaux, y a Los monederos falsos de André Gide; ahí están, igualmente, las “biografías sintéticas” de la revista El hogar dedicadas a Henri Barbuse, Romain Rolland y Julien Green; o la inolvidable vindicación de Bouvard et Pécuchet de Flaubert-, los autores franceses, por lo general, han desconocido los aportes de la literatura latinoamericana. Alejo Carpentier se sorprendía de este comportamiento que mucho tiene que ver con la arrogancia intelectual del escritor galo frente a las literaturas, para ellos, siempre periféricas del mundo. En “Gide y la América Latina”, un artículo de 1951, Carpentier señalaba la ignorancia que siempre mostró esa “conciencia de la Francia y la Europa de la primera mitad del siglo XX” frente al mundo latinoamericano. Apenas una referencia en su longevo Journal, y un poco escéptica, a la novela Jubiabá de Jorge Amado. Pero esta actitud no solo es de esos años en que la literatura latinoamericana no había hecho su triunfal entrada al mundo editorial europeo. También corresponde a la actualidad. Uno de los casos más visibles acaso sea el de Michel Houllebecq, esa suerte de “conciencia” de la degradación del mundo francés de hoy. Houellebecq escribió un ensayo “Sortir du XXe siècle”, que es un balance de lo que él considera lo más importante de la literatura del siglo XX. La conclusión es discutible, por supuesto, y adolece de una formidable ignorancia del panorama de las literaturas del mundo. Houellebecq cree que lo único salvable en el desértico horizonte literario del siglo XX es una cierta literatura de ciencia ficción que, de hecho, tiene que ver mucho con lo fantástico. El texto es irreverente, como corresponde a Houellebecq, y quizás por ello se le aprecia en ciertos círculos literarios. Pero la aproximación a lo fantástico que se hace en este ensayo, desconociendo los aportes de Borges y de la literatura del Río de La Plata frente al tema, es prueba de una inopia flagrante. El otro caso, digno de mencionar, es la ausencia de Borges en la obra ensayística, de tipo libresca y bibliófila, de Pascal Quignard. No deja de ser incómodo, por no decir sospechoso, que Quignard, cuya obra dialoga tanto con la del argentino, no haga una sola mención de Borges cuando se pone a elucubrar sobre la ceguera y la literatura. Hay tal vez muchos ciegos en la historia de las letras, pero a estas alturas pasar por alto Borges es, simplemente, como olvidarse de Homero. Y esto sí que lo entendió Umberto Eco en El nombre de la Rosa, novela en la que el autor de “la biblioteca de Babel” es homenajeado, y quizás cuestionado, a través del ciego bibliotecario Jorge de Burgos. (Vea El laberinto de los espejos)

Con todo, no es convincente poner en boca de Borges la fórmula de Baltasar Espinosa, el protagonista de “El evangelio según Marcos”, que dice venerar a Francia y menospreciar a los franceses. Lo cierto, sin embargo, es que Borges afirma, en varios apartes de su obra, que Francia es el país más literario del mundo. En el poema “A Francia” se sienten las dimensiones de la veneración por la literatura de ese país. Borges en esos versos confiesa que en el momento de su “grata muerte” no dirá la tarde y la luna, sino que dirá Verlaine; no dirá el mar y la cosmogonía, sino que pronunciará el nombre de Hugo; no dirá amistad, sino que dirá Montaigne. Y no es desdeñable recordar que una figura como Paul Valéry, ese destello del burgués crepúsculo de Europa, fue para Borges un ejemplo, por no decir una presencia literaria que lo reflejaba. Pues la frase con que Borges finaliza su ensayo “Valéry como símbolo” – ese “hombre que, en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”-, no es más que una manera en que el argentino juega a autodefinirse. (Vea Borges, nuestro profesor)

En fin, el reconocimiento del establecimiento literario francés de la obra de Borges es lento, insular al comienzo, pero firme. Inicia con la recepción calurosa que Valéry Larbaud, en 1925, le da a los ensayos de Inquisiciones. Continúa con las reflexiones que Maurice Blanchot otorga a la noción de infinito en “Le livre à venir” de 1959. Continúa con la traducción y el prefacio que realiza Roger Caillois de Historia universal de la infamia en 1964. Sigue con la inquietante risa de Michel Foucault que le provoca el cuento “Pierre Ménard, autor del Quijote”, y del cual escribe algunas páginas importantes de Las palabras y las cosas, de 1966. Y culmina con el ensayo “Borges o el vidente” que Marguerite Yourcenar le dedica en 1987, poco antes de morir. Por fortuna, este establecimiento francés, representado por la Biblioteca de la Pléiade, invitó a Borges a su colección. Él, antes de morir, preparó con la diligencia que lo caracterizaba, la edición crítica en dos volúmenes que publicó la editorial Gallimard bajo la coordinación de Jean-Pierre Bernès. Las notas de estas Oeuvres complètes son magníficas, minuciosas, siempre reveladoras. Dicen que Borges se sentía feliz al saber que su humilde obra tendría el privilegio de compartir el espacio de La Pléiade con autores como Montaigne, Víctor Hugo y Paul Valéry. Para él resultaba más esperanzador estar en esta colección que en el tinglado del Nobel de Literatura en donde aparece, con sospechosa frecuencia, escritores de segundo orden. (Vea El sueño que Borges dejó en Colombia)

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