Las botas de Hitler

Un calzado como este tiene que producir una vigorosa sensación de seguridad, y tal vez tuvo mucho qué ver con la soberbia irracional que caracterizó al dictador durante los escasos 12 años que duró el Reich.

En la foto precedente Hitler aparece vestido con el clásico uniforme de las SA (Tropas de asalto). Se trata del típico atuendo pardo del grupo paramilitar más tenebroso, criminal y violento de la Alemania nazi: camisa manga larga con bolsillos grandes abrochados, corbata, el emblemático cinturón, el brazalete con la Svástica dextrógira del nacionalsocialismo, y el tirante que fortalecía el porte del arma de cualquier miembro de la organización; en el caso de Hitler, una pistola Walther 7.65 (que no se ve), la misma con la que se suicidaría el 30 de abril de 1945 en su búnker del Reichstag, y como algo excepcional que muy pocos podían lucir en aquellos tiempos, la Cruz de Hierro de primera clase.

Está demostrado históricamente que la obtuvo de manera fraudulenta transformando, a través de papeleos y triquiñuelas burocráticas, la de segunda clase que le habían dado, la que siempre ostentó y que era su mayor orgullo. Podrían establecerse varios contrastes entre su imagen en primer plano (aunque evidentemente es un montaje con propósitos editoriales), y la de los otros individuos que hacen el trasfondo: insignias en los cuellos y diferentes distintivos en los bolsillos de las camisas, que no aparecen en el atuendo de Hitler… Pero, descontada la Cruz de Hierro, lo que introduce la mayor diferencia entre él y los demás, son las botas. Es de ellas que voy a hablar.

Evidentemente son botas de las llamadas ‘de media caña’, emblemáticas del uniforme de las SA. Tal vez debido al oscurecimiento provocado al trasladar la original a una nueva impresión, no se aprecia la discontinuidad entre la juntura de la suela y el cuerpo o caña. La observación de ese detalle hubiera permitido establecer si estaban hechas con una sola pieza de cuero, o si dichas partes eran discontinuas.

De cualquier manera, aunque hubiera sido así, se trata de un trabajo de alta filigrana marroquinera. La flexible suavidad del cuero se aprecia en toda su intensidad; se nota a leguas que es una de esas texturas que excitan el tacto: se sienten ganas de tocarlas, deseos de calzarlas; más que deseos, una sensación fetichista: la del sadomasoquismo que se desata por el contacto con la sensualidad lustrosa del cuero fino. De ese material están hechas las botas de Hitler.

Se puede apreciar abultadamente cómo pies y piernas encajan hasta la altura de las rodillas, de manera tan flexible, elástica y cómoda, que la única expresión que podría describir exactamente ese encastre es el lugar común de ‘la segunda piel’. En este caso, no me cabe la menor duda, una piel mejor que la de quien las calza. Baste recordar aquellas fotos del dictador con atuendo bávaro, o en pantalones cortos, luciendo sus lampiñas piernas de blancura lechosa y desteñida, para acordar en lo que acabo de decir. ¿Acaso al usarlas quiso modificarse física y mentalmente? No olvidemos que el magnífico e imponente abrigo militar con que aparece en otras tantas fotografías estaba hecho con la misma materia prima. Recuérdese también que antes de incursionar en la política quiso ser pintor y fracasó; arquitecto, y fracasó.

Así las cosas, ante tamaño perdedor, no veo nada descabellado en aplicarle la idea de que al engalanarse con un cuero de tan sutil y sofisticada textura industrial, quisiera parecerse a grandes personajes históricos que también lucieron exóticas pieles: Gengis Khan, Tamerlán, entre otros. Otro detalle que no debe pasarse por alto es la férrea solidez que aparentan: semejan la indestructible base metálica de un ídolo destinado a la eternidad, o al menos a vivir mil años. Esa firmeza monolítica, sólo comparable con la de las altísimas columnas de la entrada a su cancillería, no disminuye en nada la delicadeza de la elaboración, o hace que pierdan su armoniosa flexibilidad. El vínculo que unifica ese contraste entre apariencia sólida y flexibilidad real es su depurada factura, visible con solo observarlas, e introduce el equilibrio que armoniza dichos extremos.

Botas como esas tienen que producir una vigorosa y exultante sensación de invencible seguridad en quien las use. Pienso que tuvieron mucho que ver con la soberbia irracional, colindante con la esquizofrenia más desenfrenada que caracterizaron al dictador y sus ucases durante los escasos 12 años que duró el Reich que pretendía milenario, pero que fueron suficientes para destruir a la Europa de entonces desde su base hasta el techo. Además de todo lo que se ha dicho y se sabe sobre el agitador de cervecería que llegó a ser dictador de la nación europea más culta y desarrollada, política y económicamente durante la primera mitad de la pasada centuria, no es descabellado afirmar que con unas botas así hasta un ignorante como Hitler podía alcanzar tan alto designio. Menos mal que ciertos políticos colombianos no las utilizan.

* Escritor colombiano.

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