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Botero en China, segunda parte

Eduardo Márceles Daconte, experto en arte, habla de la importancia de la segunda fase de la gran exposición en Shanghái desde el 21 de enero hasta mayo de 2016.

La exposición “Botero en China”, en el Museo Nacional de China en Pekín, a un costado de la Plaza Tiananmen, testigo de las sangrientas manifestaciones prodemocracia a finales del siglo XX, estuvo a la vista desde el 20 de noviembre hasta el 2 de enero de 2015 con 96 de sus célebres pinturas divididas en seis categorías. En una segunda fase se exhiben en la plaza y el Museo de Arte de Shanghái, desde el 21 de enero hasta mayo de 2016, incluidas 55 pinturas y 10 esculturas de gran formato.

Esta exposición de Fernando Botero se agrega a una larguísima lista de exhibiciones de su obra alrededor del mundo. China era quizás el único país importante que faltaba sumar a una trayectoria que se ha caracterizado por suscitar torrentes de tinta y multitud de visitantes. Tal es su fama que es considerado el artista emblemático de Colombia, reconocido en el mundo entero por sus figuras voluminosas que exudan vigor físico y un sutil sentido del humor que las distingue de todos sus epígonos.

Su temática ha estado ligada de manera recurrente a Medellín, su tierra natal, y a sus raíces ancestrales, de donde extrae sus personajes típicos, animales domésticos, escenas costumbristas, bodegones, la tauromaquia, las diversiones populares y la violencia que azota a Colombia, casi siempre con un sustrato de crítica social. Su obra se caracteriza por sacar el mejor provecho de sus experiencias personales, así como de una visión cosmopolita fruto de su constante itinerancia por Nueva York, París, Pietrasanta (Italia) o Bogotá, a donde vuelve cada vez que la nostalgia levanta su triste faz.

El artista visual más famoso de Colombia nació en Medellín el 19 de abril de 1932. Aunque no creció en una atmósfera artística, desde niño demostró una inclinación hacia el dibujo. A los 16 años, cuando cursaba la escuela secundaria con una beca, empezó a hacer ilustraciones para el Suplemento Literario de El Colombiano, diario de Medellín, y participó en exposiciones con un grupo de amigos. Entre sus primeras influencias se cuentan los muralistas mexicanos Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Solo en 1948 tuvo acceso, a través de libros y revistas de arte, editados en Europa, a los impresionistas y la subyugante obra de Picasso. Uno de sus primeros trabajos se tituló Mujer llorando (1949), de un estilo expresionista que manifestaba un temperamento rebelde y angustiado por las conmociones sociopolíticas que azotaban al país, entre ellas el sangriento Bogotazo y la violencia subsiguiente que motivó el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, caudillo liberal y candidato a la Presidencia, el 9 de abril de 1948.

Sus ilustraciones no eran bien vistas por el rector del colegio, quien le hizo un llamado de atención al joven artista. En su defensa, Botero escribió un artículo que tituló “Picasso y el arte inconformista”, el cual motivó su inmediata expulsión del plantel. No se intimidó: por el contrario, escribió un segundo ensayo sobre la obra de Dalí, que tituló “Anatomía de un loco”. Tuvo que irse a estudiar a Marinilla, un municipio cercano a Medellín, pagando la matrícula con el dinero que ganaba como ilustrador. Cuando terminó el bachillerato se mudó a Bogotá, donde empezó a relacionarse con artistas más progresistas.

Su primera exposición tuvo lugar en 1951 en la galería de arte del fotógrafo Leo Matiz sobre la Avenida Jiménez de Quesada de Bogotá, con figuras alargadas y oscuras de carácter expresionista que exteriorizaban su admiración por los períodos azul y rosa de Picasso. Por una casualidad del destino, su exposición en la Marlborough Gallery de Nueva York el 10 de mayo de 2001 se inauguró el mismo día que la retrospectiva del famoso fotógrafo Matiz en la Westwood Gallery en Soho (Nueva York). Botero recuerda a Leo como “un personaje muy consciente de su papel de vedete y expresaba cosas extravagantes que para un artista joven resultaban muy próximas a las actitudes de un Salvador Dalí. Matiz sonaba mucho en la prensa y eso tornaba apasionante conocerlo. Era imposible no sentirse subyugado y seducido con la leyenda y los escándalos que Matiz había tenido en México con el pintor David Alfaro Siqueiros...”.

Para su segunda muestra, en 1952, Botero organizó un conjunto de obras sobre pescadores, vendedoras de frutas, paisajes tropicales, personajes anónimos, escenas de carnaval, músicos y jóvenes, en diversas técnicas (óleos, acuarelas, gouaches y dibujos a lápiz), realizados en su mayoría durante su permanencia en San Bernardo, Tolú y Coveñas, a orillas del mar Caribe, y también en Bogotá. A pesar de que en aquel momento el mercado del arte era precario, alcanzó a vender algunas obras. El mismo año, una de sus pinturas ganó el segundo premio en el IX Salón Nacional de Artistas y con estos ingresos realizó su sueño de viajar a Europa.

Tenía sólo 20 años cuando desembarcó en Barcelona (España), donde sabía que Picasso había vivido en su juventud. De ahí pasó a Madrid e ingresó en la famosa Academia de San Fernando. Su vida casi monástica transcurría entre la academia y sus visitas diarias al Museo del Prado, donde analizaba las pinturas de Goya y Velásquez, absorbiendo todo cuanto estos maestros tenían que ofrecer a un joven sediento de conocimiento. Después de dos semestres en la capital española, en 1953 se fue a París ?la meca de muchos artistas?, donde solía visitar el Museo del Louvre. De allí pasó a Florencia, cuna del arte renacentista italiano, y se matriculó en la Academia San Marcos. Descubrió en los pintores del Renacimiento su verdadera pasión, puesto que de inmediato se puso a reproducir algunos frescos de Giotto. Uno de los principales precursores del Renacimiento había alcanzado una síntesis estética que era capaz de estimular la sensualidad e imaginación táctil por sus formas masivas de sencillas fisonomías e imágenes robustas que ejercieron una positiva influencia en su concepción artística y en su posterior inclinación por la escultura.

Durante su estadía en Italia estudió de manera eficaz y disciplinada la pintura de Piero della Francesca, Masaccio y Paolo Uccelo, de quienes aprendió el equilibrio que existe entre forma y color. Ya en sus obras de 1953 se observaban las enseñanzas de Ucello, así como la sensación de misterio que se respira en la pintura de Giorgio de Chirico. Vuelve a Bogotá en 1955 con un equipaje lleno de ideas que se traducen en un trabajo que, no obstante su depurada técnica, suscita una crítica negativa de cara a la popularidad que ganaba día a día la pintura abstracta, pregonada como el último grito del mundo occidental. Decide entonces ganarse la vida como diseñador gráfico y diagramador de una revista local, esperando mejores tiempos, que no tardarían en llegar.

En su visita a México, en 1956, se encontró cara a cara con los muralistas que habían suscitado su admiración juvenil y con las masivas esculturas en piedra de lejanas civilizaciones aborígenes. En especial, respetó la individualidad de Rivera y su independencia de las corrientes internacionales originadas en Europa, y empezó también a valorar las artesanías populares de México y Colombia, que desde entonces decoran sus residencias. Empezó a vislumbrar la importancia del volumen en 1957 cuando pintó Bodegón con mandolina. Se dio cuenta entonces de que haciendo la boca más pequeña y desproporcionada en relación con su tamaño, el instrumento parecía voluminoso y sensual.

Cuando visitó Nueva York en 1957, con motivo de su exposición en la Unión Panamericana (hoy Museo de Arte de las Américas) en Washington, DC, tuvo la certeza de que allí estaba su destino. De regreso a Bogotá ingresó como profesor de pintura a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. En el X Salón Nacional de Artistas volvió a ganar el segundo premio, y al año siguiente se alzó con un primer premio que fue motivo de intensa polémica. Su obra empezaba a tener el reconocimiento que su talento merecía. Representó a Colombia en la V Bienal de São Paulo (Brasil, 1959) con su pintura Mona Lisa a los 12 años, simpática parodia de la famosa obra de Leonardo da Vinci, que causó sensación en la prensa y entre los asistentes a la exposición internacional

En 1960 se instaló en un pequeño apartamento de Greenwich Village (NY) y comenzó a familiarizarse con el expresionismo abstracto, aunque nunca sucumbió a sus cantos de sirena. Persistió en la figuración aun en medio de aquella hegemonía que significó para las artes visuales la Escuela de Nueva York. En su trasegar cotidiano conoció a Willem de Kooning, pintor emblemático de la tendencia que dominaba la escena artística por aquella época, en quien admiró la pincelada gestual y las figuras grotescas de inquietante expresividad, libre de ataduras académicas. Botero también se familiarizó con las obras de sus más significativos exponentes, tales como Jackson Pollock, Robert Motherwell y Franz Kline. Ese mismo año ganó en competida lid la beca Guggenheim.

El Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York tuvo el acierto de adquirir en 1961 una versión de Mona Lisa a los 12 años que exhibió cuando la obra original de Leonardo llegó al Metropolitan Museum of Art en 1963. A partir de entonces su fama y la aceptación de su obra empezaron a subir como la espuma. Su personalidad artística ha sido el fruto de numerosos experimentos mediante la repetición de imágenes que distorsionan la realidad e inflan sus cualidades físicas a través de cierta densidad cromática y volúmenes hiperbólicos.

Sus esculturas en bronce y resina fundida, texturizadas con pátina cromática, son reproducciones tridimensionales de los personajes de sus pinturas y han recorrido las principales ciudades del mundo, desde Les Champs Elisées en París hasta Park Avenue en Nueva York. Sin embargo, sólo empezó a esculpir en serio en 1973, aunque desde los años sesenta había hecho ensayos con plásticos de colores y madera prensada. Sus temas favoritos son los torsos (uno de ellos ?y quizás el más famoso? se encuentra en una plaza de Medellín y es conocido como La Gorda), los animales (perros, gatos, palomas, caballos), maternidad, soldados romanos, desnudos y figuras mitológicas.

Botero trabaja todos los días de la semana sin descanso y su producción es evidencia de su disciplina de hierro. “Amo la pintura sobre todas las cosas. Me ha dado todo lo que tengo. Me ha salvado de la pobreza, de la tristeza, de la desolación, de la tragedia. Pintando me olvido de mí, del pasado, de todo”, expresó en una entrevista. Su obra ha reflejado siempre sus raíces, la herencia cultural que traduce en sus temas preferidos. Pinta a Colombia y sus recuerdos de Medellín, pero más que la realidad objetiva, se trata de un país imaginario, el que se mira desde la distancia con la memoria nostálgica.

Para responder a las realidades del mundo contemporáneo, tanto de su país como de Estados Unidos o Europa, ha producido a través de su larga trayectoria desde una escalofriante serie que retrata la violencia generalizada que azota su país a causa de guerrillas, paramilitares y narcotraficantes, hasta las escandalosas torturas que soldados estadounidenses infligieron a prisioneros de guerra en Irak. Si bien sus más recientes series se titulan Las Santas (2015), una recreación de las mártires del santoral católico, y El Circo, con personajes que recuerda de su etapa juvenil, también ha explorado la sensualidad y el erotismo, la mitología griega y romana; el amor, la vida cotidiana, la naturaleza, los paisajes, las costumbres, el folclor colombiano, la muerte, la mujer y cierta crítica irónica a la política (o los políticos) de América Latina, así como bodegones y una reinterpretación de obras clásicas, los retratos y autorretratos, entre otras series que llevan la imborrable huella de su visión del mundo.

Ya no se interesa tanto en vender como en dejar para la posteridad su trabajo a buen recaudo. De hecho, donó a su país, a través del Banco de la República, en Bogotá, y el Museo de Antioquia, en Medellín, 130 obras de artistas famosos de su colección personal, 10 esculturas y numerosas pinturas suyas que estarán allí para que las generaciones futuras disfruten de su genio y su ejemplar generosidad.

* Escritor, curador de arte e investigador cultural. Su libro más reciente es la novela “El umbral de fuego”. [email protected]

 

 

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