'Boyhood', momentos de una vida

La película de Richard Linklater sorprendió en 2014 por su inusual producción. </p><br><div class="block-title-gray"><a href="http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cine/grandes-apuestas... a: ´Las grandes apuestas de los Óscar'</a></div><br>

El actor Chris Pine y la presidenta de los Premios de la Academia anunciando ‘Boyhood’ como nominada a mejor película, ayer en Beverly Hills, California. / AFP

En mayo de 2002, el director Richard Linklater anunció que empezaría a rodar una película en su ciudad natal, Houston. Su plan era reunir el reparto y el equipo durante unas semanas anualmente, por 12 años consecutivos. Según el portal Starplus.com, Linklater afirmó que siempre había querido contar la historia de una relación entre padres e hijos que siguiera al chico desde primero de primaria hasta el ingreso a la universidad. “El dilema es que esos niños cambian demasiado, es imposible cubrir todo ese terreno. Estoy totalmente dispuesto a adaptar la historia a lo que sea que el protagonista esté viviendo en cada momento de la filmación”. IFC, la distribuidora de la película, estableció un presupuesto de US$200.000 anuales o 2,4 millones por los 12 años de filmación.

Linklater contrató a Ellar Coltrane, de siete años, para el papel del niño, Mason. A pesar de que el reparto no pudo firmar contrato, debido a la ley californiana De Havilland, que establece que es ilegal contratar a alguien para el rodaje de una película por más de siete años de trabajo, el rodaje empezó en el verano de 2002, sin un guión terminado. Linklater preparó la dirección general de la película, los datos e instrucciones generales para cada personaje y el final de la película, pero escribía el guión del año siguiente después de revisar la filmación del año inmediatamente anterior, incorporando los cambios que veía en cada personaje. Todos los actores mayores participaron en el proceso de escritura, contribuyendo con sus propias experiencias de vida. El personaje de Ethan Hawke está basado en su padre y en el del director, y el papel de Patricia Arquette está basado en su propia madre, que retomó su carrera universitaria años después de dejarla. Por eso esta película, de alguna manera extraña, es la vida misma de los actores que participaron, una especie de simbiosis entre ficción y realidad.

“La gente cree que yo le preguntaba a Ellar qué había hecho en la escuela tal día o tal otro, para crear una escena basada en eso. Pero en realidad el tiempo que pasamos juntos estuvo más enfocado en averiguar qué estaba pasando en su vida, qué preocupaciones tenía”, le dijo Linklater a Christopher McKittrick, de la revista de cine Creative Screenwriting. En base a ello se construían las escenas, cuyos guiones, a veces, se terminaban de escribir la noche anterior al rodaje. Así, el equipo se reunía anualmente por tres o cuatro días y esperaban al próximo año para volverse a ver y volver a rodar.

Como dice Peter Bradshaw, de The Guardian, Linklater “tomó al niño y nos entregó al hombre”. Boyhood es un experimento cinematográfico hecho en 12 años, pero en tan sólo 39 días de rodaje. La cinta reproduce un universo paralelo al de los actores, que se va dando a medida que todos van envejeciendo. Se trata de un universo realista, creado a imagen y semejanza de la vida misma. Las vidas de los personajes, el proceso de creación y composición, existen en medio de las vidas reales de los actores. Boyhood, entonces, cuenta la historia de un joven. Sin más. Es una historia sencilla, plana, pero conmovedora por ser tan parecida a la vida.

A diferencia de lo que se puede hacer en literatura, hacer crecer un personaje en el cine significa cambiar su rostro. Cuando leemos una novela larga, le ponemos cualquier cara, la que queramos, a los personajes. En cine, en cambio, la imagen se nos impone y nosotros la recibimos, para quererla o despreciarla. El rostro del personaje es prestado, se lo cede un actor. Si es una película biográfica, por ejemplo, damos por hecho que ese personaje que va creciendo tendrá más de una cara, tal vez dos, o tres, o cuatro. Jamás un personaje, en términos físicos, había sido el mismo todas las veces, por años. Eso es lo que más sorprende de Boyhood. Sus personajes crecen como crecemos todos, y los actores son siempre los mismos, le prestaron a Richard Linklater su cuerpo, sus voces, sus rostros, sus gestos, por doce años de sus vidas.

“Hacer una escena con un niño de siete años, cuando está hablando de por qué se mueren los mapaches, y a los 12 años, cuando habla de videojuegos, y a los 17, cuando me pregunta sobre chicas, y oír todo eso del mismo actor —ver cómo su voz y su cuerpo cambian— es un poco como una fotografía de un ser humano, tomada a lo largo del tiempo”, le dijo Hawke en 2013 a Kevin Jagernauth, del blog The Playlist.

El resultado es que este filme se parece a la vida más que al cine. Y no sólo por ese detalle, por evidenciar el crecimiento real, biológico, sino también porque el argumento es la vida misma, la experiencia de crecer, de cambiar, de convertirse en otro, hasta que el nido queda vacío y aparece, con toda la fuerza del peso de los años, la conciencia del vacío de la existencia. La repetición. Un modelo de vida que se ha impuesto.

 

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