¡Bravo por la 'Octava'!

El estreno de una obra señera de Gustav Mahler. El compositor austriaco, de origen bohemio, demostró que, en Bogotá, se pueden plantear proyectos musicales de gran calado.

El sábado pasado, a la salida del Jorge Eliécer Gaitán, una viejecita que se apoyaba en otra señora, acaso conmovida por la efectista repetición del final de la Octava sinfonía con que el maestro Enrique Diemecke obsequió a un público delirante, le susurró a su compañera: “Nunca había escuchado nada igual”. La dama tenía razón: el estreno de una obra que se había ido convirtiendo en un mito dejó a la muchedumbre estupefacta y al final se produjo una de esas ovaciones largas y nada gratuitas, con la cual cerca de 1.600 asistentes le rindieron homenaje a una orquesta patrimonio de la ciudad y factótum de la singular puesta en escena; a los miembros de la Sinfónica Nacional, que aumentaron la planta de la Filarmónica; a los coros Santa Cecilia, de la Ópera, de voces blancas de la Fundación Música en los Templos y al infantil Crescendo; a ocho solistas; al director titular de la orquesta, y, sobre todo, al genio de Mahler, de cuyo fallecimiento se conmemoran en este 2011 cien años.

Si hubiera que buscar un sustantivo que expresara lo que fue la solvente versión de una obra compleja, quizás ‘fluidez’ resultaría apropiado, a pesar de que en los primeros minutos se notó un cierto apocamiento, tanto de los coros como del acople orquestal, que causó alguna perplejidad. No obstante, esa cortedad ante una obra de proporciones mayúsculas no tardó en darle paso a una certidumbre que trajo momentos de gran belleza y otros que rayaron en lo sublime. Al final del ‘Veni, creator spiritus’, que bosqueja la primera gran parábola alrededor de la exoneración mediante el espíritu del amor, en los asistentes se notaba una sensación entre conmoción, por la fuerza del contenido, y placidez, merced al notorio ajuste coral y al eficiente lecho sonoro que había conseguido forjar la orquesta. El ‘Gloria Patri Domino’, con que finaliza el segmento, resultó de gran firmeza, con la consiguiente hondura comunicativa, y puso en evidencia que el compromiso iba camino de convertirse en un éxito.

En la segunda parte, concebida como una gran síntesis entre la ópera y el oratorio, al darle cabida a la última escena del Fausto de Goethe, el extenso preludio orquestal con ribetes wagnerianos, rico en sutilezas y en contrastes, que le da paso a las arias del ‘Pater ecstaticus’ y del ‘Pater profundo’, mostró a una orquesta segura, con agudeza melódica cuando lo requerían ciertos pasajes y capaz, al mismo tiempo, de una fuerza expresiva de innegable poder atmosférico. Hay que destacar la calidad que, a esas alturas, mostraba la complicada armazón coral y las hermosas intervenciones del barítono Antonio Torres y del bajo Valeriano Lanchas y, por supuesto, las limpias de las sopranos Petia Dimitrova, Laura de Souza y Beatriz Mora, que establecieron momentos de gran ternura, coherentes con el peso que, a lo largo de la sinfonía, le da el autor al eterno femenino y a la estrecha relación que guarda tanto con el arrepentimiento como con la redención. Las mezzosopranos Kismara Pessatti y Carla López, correctas en sus respectivas intervenciones, equilibraron con nivel los fragmentos de conjunto.

Párrafo aparte merece el tenor Carlo Scibelli. Reemplazó, en el último minuto, al solista anunciado y se le midió al encargo poco después de haber aterrizado, tras un viaje de más de diez horas, y casi sin ningún ensayo. Un auténtico tour de force del que salió bien librado y gracias al cual no fue preciso aplazar uno de los estrenos más esperados en la historia de la orquesta.

Más allá del espectáculo visual y auditivo, por el impacto que producen cerca de medio millar de intérpretes, hay que poner énfasis en lo minucioso de un ensamble nada fácil. Diemecke tuvo a su cargo el ajuste de varios grupos, de orígenes distintos y cuyos ensayos habían sido independientes hasta la última semana. Su talento y experiencia como director lo hicieron posible, y consiguió darle a la presentación el conmovedor acento místico planteado por el compositor. Él fue el gran triunfador de una puesta en escena inolvidable, tanto por las dificultades inherentes a la estructura como por el resultado. Hay que mencionar, sin embargo, al equipo administrativo de la orquesta que, encabezado por María Claudia Parias, produjo, a su turno, uno de los proyectos musicales más ambiciosos de los últimos años y que, con la colaboración de las entidades citadas, demostró que se pueden llevar a cabo programas culturales de gran eslora. En el momento que vive el país, presentar una sinfonía como la Octava, cuyo hilo conductor es el arrepentimiento y el perdón, no sólo establece una bella metáfora sino que equivale a dar un alarido de esperanza.

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