En busca de poetas

Con el patrocinio de algunas empresas privadas, el literato y abogado colombiano Eduardo Bechara emprendió un viaje por toda Suramérica buscando poetas inéditos o recién publicados. El objetivo es compilar dos nuevas antologías de poesía latinoamericana.

En la tumba de Vicente Huidobro. A la izquierda Eduardo Bechara, con Ricardo Jhalet, Libertad Manque y César Hidalgo. / Cortesía: Eduardo Bechara

“El invierno chileno, es más frío que el de Europa o Estados Unidos, y no por la temperatura exterior, sino porque Chile tiene un problema energético y la gente no tiene cómo calentar sus viviendas. El único recurso son las chimeneas o unas calderas que en realidad no calientan (¡y están acabando con los bosques de Chile!). Hace tanto frío que uno tiene que enroscarse como un caracol. Pero en un hostal de Puerto Varas, por defenderme del frío con las cobijas, terminé siendo atacado por unos chinches de cama. Al día siguiente tuve que ir a entrevistar a uno de los poetas. La rasquiña no es como ninguna otra en el mundo”.

Desde el 24 de enero de 2013 Eduardo Bechara ha estado viajando por todos los países suramericanos de habla hispana en busca de poetas inéditos o recién publicados para hacer dos antologías de poesía latinoamericana que rescaten un género tan dejado de lado en este mundo contemporáneo en el que pocos leen.

De Pavimentos Colombia, una de las empresas a las que acudió en busca de patrocinio, le respondieron: “Tu proyecto nos parece tremendamente quijotesco, pero algo muy bonito puede salir de ahí”.

El viaje empezó en la ciudad más al sur de América Latina, Ushuaia. En un primer recorrido visitó sobre todo Chile y algunas ciudades de la Patagonia argentina, pero el objetivo es recorrer Suramérica de sur a norte hasta llegar a La Guajira y terminar en Caracas.

Por tener dos libros publicados en Argentina, Bechara conocía a algunos intelectuales de ese país. A través de ellos y de Freddy Yezzed, un poeta colombiano que vive en Buenos Aires, conoció a Viviana Abnur, poeta porteña que conoce muy bien el panorama poético argentino. Se reunieron en el Café Británico, famoso porque grandes poetas y escritores lo frecuentaban (y además queda junto al parque Lezama, donde comienza Sobre héroes y tumbas). Abnur lo puso en contacto con Anahí Lazzaroni. Luego, en Río Grande, con Niní Bernardello y en Neuquén con Maqui Corbalán. “A su vez, Anahí Lazzaroni me dio el contacto de muchos otros poetas, entre ellos la leyenda patagónica Julio Mochi Leite. Lo llamé y me conectó con Alejandro Pinto. Él me dijo que cuando llegara a Río Grande fuéramos a comer. Allí me dio el nombre de Daniel Laiseca y otros poetas nuevos”.

En pocas palabras, Bechara ha pasado de la mano de un poeta a la de otro y a la de otro, en una gran cadena en la que el primero no conoce al último, pero todos tienen que ver al final. En el viaje, entonces, los poetas se multiplicaban y el tiempo en cada ciudad se alargaba. “En cada ciudad nacía un universo. Pero también ha sido agotador, porque he tenido que alojarme en cualquier hostal, comer lo que se me cruce, caminar por calles desconocidas y a veces peligrosas con los libros, los cuadernos, el computador portátil y una cámara de video. Además, he estado acostándome todos los días a las cuatro de la mañana (porque todos esos poetas son unos bohemios tomatrago) para levantarme a las ocho y seguir escribiendo. Podría afirmar que en lo que llevo del viaje he conocido a quinientos poetas o más”. Ha viajado como un mochilero, sin rumbo, pero sin la libertad y sin la levedad de quien simplemente viaja.

También va llevando un cuaderno de viaje en el que quedan registradas las anécdotas, las caracterizaciones de cada poeta y las descripciones de los paisajes sureños. En ese diario, además, hay una mezcla de géneros: crónica de viaje, entrevista periodística, poemas de los autores, juegos poéticos a partir de los poemas y filosofía, “porque cada poeta no sólo habla de su filosofía compositiva sino también de su filosofía de vida y su visión de mundo”.

El objetivo final es que una casa editorial grande publique a nivel suramericano el cuaderno de viaje y las dos antologías, aunque ya ha recibido propuestas de editoriales chilenas, argentinas y colombianas. Para la antología de poetas inéditos habrá además un concurso que premiará el mejor poema. Pero para eso falta mucho camino y aproximadamente tres años de viaje.

“Entre los poetas me volví una especie de personalidad, porque conocí a muchísimos y a muchos de los que encontraba en un lugar los reencontraba en otro. Entonces un par de novelistas, uno chileno y otro boliviano, escribieron a cuatro manos un cuento sobre Eduardo Bechara y sus clones. Pero eso, aunado al tema del ejército (recién graduado hice servicio militar en Colombia y por algún motivo ese dato terminó en la biografía de mi libro de poemas) fue gestando el rumor de que yo era agente de la CIA y que estaba haciendo ese viaje para espiar a todos los poetas de izquierda”.

La dictadura de Pinochet dejó miedo en la población chilena. Muchos de los poetas que Bechara entrevistó fueron torturados o tienen parientes desaparecidos. Muchas veces, entonces, lo miraban con sospecha. “Varios me hicieron esa pregunta cuando los entrevisté. Luego fue la Feria del Libro de Chile. Erick Pohlhammer, ‘el poeta de la alegría’, con el que creía haber entablado ya una especie de amistad, me invitó a tomar un café con otros dos novelistas después de la feria y volvió a preguntar, frente a los otros, ‘Eduardo, ¿eres espía de la CIA? Confiésalo’”.

La cosa empezó a volverse una suerte de tribunal. Al parecer era poco creíble lo que Bechara pretendía hacer allí. Así las cosas hayan cambiado en Chile, el miedo y la paranoia permanecen y parecía más probable que fuera un agente encubierto en busca de izquierdistas que un literato en busca de poetas.

 

 

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