En busca del último trofeo

Crónica sobre José Miguel Cárdenas, un torero colombiano que triunfó en la España de los 60 y terminó dedicándose a la literatura.

José Miguel Cárdenas en uno de sus frecuentes enfrentamientos con los toros. Valor y locura. / Archivo personal

“Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir, un poco, ¿eh? Gracias”. Estas fueron las últimas palabras que dijo al salir del apartamento y bajar por las escaleras, aquel verano de 2009. Luego levantó el brazo derecho para despedirse con una vaga expresión de camaleón verde-gris en los ojos.

Sobre la mesa quedaban dos ejemplares de su novela, que por fin salía a la luz, pero que al verla así, con carátula a color y en papel mate con aquellas legendarias pirámides de fondo, parecía cobrar nueva vida. Abrí uno de ellos para comprobar su rúbrica y me lo imaginé como en sus mejores tiempos, cuando ante la imposibilidad de obtener un contrato, decidió apostarse por 18 días en la puerta de la Monumental de Barcelona leyendo a Dante, a Milton, o citando a Cervantes para llamar la atención de los periodistas. Por fin, logró en pocos días lo que ningún otro había logrado: salir en hombros por la puerta grande, después de recibir al toro a “porta Gayola de espaldas”, y rendir al público con sus verónicas mirando el tendido. Era un Jueves de la Ascensión en abril de 1960. Y a la siguiente semana volvió a triunfar y así, por seis tardes consecutivas.

Y se escuchó su nombre en todas las plazas. Se habló de la singularidad de su estilo tremendista, de su arrojo y valentía; de su personalidad un tanto excéntrica, de su afición por las letras. Y apareció con un nuevo lance de rodillas, sentado con su muleta y dándole la espalda al toro; rozando con su pecho los pitones o con la cabeza rapada mirándolo fijamente a los ojos. El genio rebelde del toreo, le decían. “El diestro colombiano recibe la ovación del público que delira en los tendidos”, “3 rabos, 1 pata, 2 horas a hombros por las calles”, rezaban los titulares después de torear en Las Ventas de Madrid, el Coliseo Romano de Arlés, la Monumental de Barcelona, la San Feliú de Gerona, o en Palma de Mallorca.

Recordé las fotografías en blanco y negro que me había obsequiado antes de partir. Y admiré la estampa de su traje de luces junto a María Teresa Peris, una anciana gorda de lentes negros y abrigo a la que llamaban la “abuela de los toreros”. Pero sobre todo, aquella foto donde sonreía haciendo unas declaraciones frente a un megáfono, con su camisa blanca arremangada y un sencillo cinturón al cinto: sacaba ligeramente el pecho y su mano izquierda sujetaba la sencilla boina blanca con el dedo pulgar entre el bolsillo del pantalón.

Pero a su edad, pensé, ya no se busca la fama. ¿En realidad sólo quería dejar consignado el testimonio de sus experiencias esotéricas como estudioso de faraones y egipcios? ¿Era por eso que lo apodaron también como el Gandhi del toreo?

Iba y venía del otro lado del Atlántico cargado de anécdotas que contaba con aquel acento ganado por más de 50 años de vivir en España, con aquella malicia indígena que siempre lo acompañaba. A veces lo sorprendía espiando los nudos de su memoria, como cuando quiso ser boxeador o fue pintor de brocha gorda. O como cuando presentó su espectáculo “El Bombero Torero”, atrayendo a la gente en las plazas de provincia. O también cuando alternó en la Santamaría con la gran torera siria Amina Assis, y fue sobresaliente de espada de Garza al lado de El Vizcaíno, en Cartagena. Por eso, a los veinte años decidió irse a España en busca de la gloria y el triunfo. Así llegó su oportunidad una tarde en La Ventas cuando toreaba Victoriano Posada, y se lanzó al ruedo como espontáneo. “El toro lo embistió, la mano derecho se corrió suavemente y la gente aplaudió. Sin embargo, los guardias civiles lo sacaron y alguien pagó la multa. Al poco tiempo, ya estaba en todas las plazas, para tomar la alternativa finalmente en Barcelona.

Cierta tarde que estábamos frente a una calle del viejo barrio de La Candelaria, recordaba la imagen de las vacas flotando con la mirada al cielo en medio del río Bogotá embravecido, y de pronto me dijo: “Voy a volver a torear”. Me quedé estupefacta. Al comprender mi asombro, agregó: “Cuando se me vino aquel novillo por primera vez, sentí miedo, un terror indescriptible. Así quedé cautivo en sus brazos, sin poder quitármela de encima”. Ella, la muerte —comprendí— era su permanente conquista, su amante sempiterna. Y la espiaba desde cualquier ángulo. La sentía venir en los sueños cuando despertaba con un sudor frío sobre la frente o la sentía rodar como arena fina sobre su espalda.

Por eso aquella mañana, cuando se despidió, pensé que ya no volvería a verlo. Y que aquel fingido permiso para morir, era otro más de sus sarcasmos hacia un mundo mezquino que casi siempre se olvida de los hombres grandes. Ahora, de nuevo, ¿lo arriesgaría todo en una plaza? A lo sumo, arriesgaría algunos centavos con aquella novela para tentar la suerte.

No he sabido si tuvo éxito con su novela. Pero a sus 77 años, José Miguel Cárdenas, el torero, me revelaba su verdadera historia, esperando tal vez ganarse el último trofeo.