"Cada poema un paso hacia la muerte"

El escritor colombiano había obtenido el premio Cervantes en 2001.

Álvaro Mutis, en una imagen del 2004. / Archivo

Hace varios años, años difusos, como si hubieran sido atravesados por la bruma, Álvaro Mutis relataba la agonía de un poeta. En ella, Pouchkine, uno de sus personajes, que en últimas podía ser él, veía “la piel límpida y fresca de la mujer amada que le recuerda los orígenes de su infancia y su tierra natal, su tierra de milagros, de hazañas, de bosques infinitos de iglesias de cúpulas doradas”.

Mutis jamás dejó de soñar. Nunca dejó de ser un niño, y como niño, se inventaba personajes invisibles, sus dobles, sus álter egos. Maqroll el gaviero fue el más conocido. Nació por allá en el año de 1948, sin nombre, sin rumbo, sin claridad, en forma de poema. Era un narrador de aventuras que conducía un tren de tonos amarillos que sólo rodaba una vez al año. Luego se hizo nombre, y personaje, y hombre de novelas a partir de los 80. “Es una suerte que su compañero de sueños sea fundamentalmente razonable, por su filosofía de la existencia, por su humilde sumisión a los designios de un destino siempre imprevisible, de donde él destila un orgullo soberano”, decía de Maqroll, o de Mutis, el periódico Le Monde, y citaba un poema:

“Cada poema un pájaro que huye
Del sitio señalado por la plaga…
cada poema un paso hacia la muerte…
cada poema un estruendo
de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas…
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía”.

“Cada poema un paso hacia la muerte”. Álvaro Mutis comprendió la vida a través de la literatura y, a su vez, comprendió la muerte. La esperaba. La esperó desde siempre, “alimentado por la savia de su desdicha”. La esperó en el barrio de San Jerónimo, en Ciudad de México, rodeado por su eterna máquina de escribir Smith Corona, por sus libros y sus autores, que más que autores eran compañeros de viaje —Cèline, Machado, Mauriac, Apollinaire, Valery Larbaud, Residencia en la Neruda y Enrique Molina—, por sus retratos —Borges, una imagen de García Márquez en El Espectador—, por sus gatos, como señalaba Le Monde, y su mujer, Carmen Miracle.

Y rodeado por sus personajes y sus obras. Sus propuestas autobiográficas, como el Diario de Lecumberri; sus experimentaciones formales, como el atípico guión de La mansión de Araucaima, un relato gótico de tierra caliente. Y, sobre todo, por sus alternativas escriturales, como La muerte del estratega o El último rostro, textos con los que, según Mario Barrero Fajardo, uno de sus estudiosos, “Mutis ha emprendido la fuga hacia tiempos pretéritos, como los últimos años de la gestas de independencia americanas o las intrigas político-religiosas de Bizancio. No con la intención de recrear de manera fiel dichos períodos históricos, sino como evocaciones a través de las cuales ha cuestionado el mundo contemporáneo, respecto al que siempre ha sentido un profundo fastidio, pero en el que le correspondió vivir y escribir sus poemas, relatos y novelas. Un universo literario siempre en movimiento, de manera afín a la siguiente “sentencia de almanaque” que Maqroll escribió en las paredes de La Nieve del Almirante, tienda ubicada en lo alto de la cordillera en la que pasó una entrañable temporada en compañía de Flor Estévez: “Sigue los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla”.

 

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