Entre líneas

Cajita feliz

Este texto reflexiona sobre el provecho que podría obtenerse al arriesgarse a sacar los libros de los contextos habituales como las bibliotecas o la academia.

Cortesía

En Nueva Zelanda las Cajitas Felices de McDonald’s vienen con un libro de Roald Dahl en vez de un juguete de la serie o película del momento. La historia de Matilda o del Fantástico Señor Zorro en vez de un muñeco de plástico de Teen Titans. No extenderé la conversación a si una Cajita Feliz trae comida balanceada o no. Ese es otro tema para otros especialistas. Quiero concentrarme en las oportunidades que podríamos tener para que los libros hagan parte de nuestra cotidianidad desde que estamos pequeños. Libros en los parques, los buses, los restaurantes, los cafés (en otra oportunidad hablé del dispensador de cuentos en un café de California) y, por qué no, en las sorpresas de menús infantiles o en los huevos de chocolate.

Le sugerimos: 

¿De niña hubiera preferido de inmediato un libro a un juguete? Seguramente no. Yo adoraba los juguetes y, sí, los de la Cajita Feliz también. Pero tal vez si hubiera tenido la opción, a la tercera o a la quinta vez, la curiosidad me hubiera llevado a elegir el libro. Y una buena historia nos cambia el mundo: lo expande, lo cuestiona, lo recrea. En uno de sus libros, Dr. Seuss sugería que “entre más leas, más cosas vas a saber. Entre más sepas, más lugares vas a conocer”. Groucho Marx tenía otra frase que viene al caso: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, voy a otra habitación y leo un libro”.

¿Qué pasaría si en una fiesta infantil las sorpresas fueran libros infantiles de autores colombianos y no peces en una pecera mínima? ¿O si los padres no sucumbieran a prestarles a sus hijos el celular cada vez que estos hacen pataleta, sino que en su kit de emergencia tuvieran un álbum ilustrado? ¿Será que algún día en los restaurantes ampliarán su repertorio de crayones con algunos cuentos fantásticos?

También se puede optar por no dar regalos en absoluto o por recuperar el arte de no hacer nada. Una opción no necesariamente es mejor que la otra, pero un libro nunca será una mala opción. Si queremos que en Colombia se lea más y que los niños sueñen con otros futuros posibles, tenemos que crear oportunidades de conectar con la lectura. Así como en el amor, solo descubriremos con qué tipo de literatura tenemos química si tenemos al menos ese primer encuentro. Un involuntario amor a primera leída.

Hay iniciativas que hay que agradecer, como los paraderos de libros en los parques o las bibliotecas móviles que llegan a las veredas más apartadas de nuestro país. Pero también valdría la pena correr el riesgo de “descontextualizar” el libro; es decir, incluirlo en más espacios familiares y asociados con la diversión, y no solo en ámbitos académicos o en lugares esperados. Que las historias lleguen espontáneamente y que nos dejemos sorprender. Esa sería una verdadera “cajita feliz”.

845107

2019-03-15T07:26:07-05:00

article

2019-03-15T07:27:23-05:00

faraujo22_102

none

JULIANA MUÑOZ TORO

Cultura

Cajita feliz

12

2928

2940

 

últimas noticias

Borges o el laberinto de los espejos

La endemoniada gramática de Borges

Borges, el hombre que le dio forma a su tiempo

contenido-exclusivo

Borges, la ceguera y los negros