Carácter literario en escena: Laurita, las tetas y una Bogotá en decadencia

Se presentó en el teatro La Mama de Bogotá Laurita y las tetas, analogías de sensaciones interiores de una mujer con cáncer de seno, entre la invención y la existencia narrada con su voz.

Imagen de la obra Laurita y las tetas, que se presentó en el teatro La Mama. Cortesía

Las palabras bien dichas entre labios y actos imaginados, la poética y la experiencia en una ciudad vil, llena de peligros y placeres tras ocultarse el sol y salir a la luz de la luna, el lado más oscuro de las calles sin presencia humana. Como espectador, los diálogos de esta historia se pierden entre las ramas de las visiones de una mente extasiada por los actos que en escena se vislumbran tras ser el cáncer de seno el asunto que mueve la historia, una escenificación que va más allá del padecimiento de una de las enfermedades más mortíferas en el mundo, que tras los ojos de una mujer, parece una ardua labor por manifestar lo que ocurre en el interior mientras se espera por la metamorfosis despiadada, siendo su entorno, las situaciones que examina con minucia para encontrarle gran sentido a la vida.

“Cuando era chica, a Cecilia cada vez que se subía a un carro le gustaba pegar la frente contra la ventana y desde ahí observar el desfile de la ciudad, desarmándose y reconstruyéndose al compás del movimiento…”, dice uno de los diálogos en escena construidos por el dramaturgo Juan Pablo Castro y dirigidos por el colombiano Juan Luna: ‘Laurita y las tetas’ que se presentó en su temporada de estreno en el Teatro la Mama con la actuación de Camila Valenzuela, Alexis Rojas, Iván Carvajal y Andrés Estrada.

La constante configuración de la realidad y el interés por historias que se encuentran debajo de una alcantarilla parecen llamar toda la atención de una mujer que intenta expresar tras la voz de una actriz la personificación de su sentir. Un espacio para viajar en el tiempo y en el espacio entre líneas trazadas dentro de una reunión en un apartamento juvenil en la ciudad de Bogotá, típica escena de unos amigos que se reúnen para hablar sobre sus proyectos y manifestar el apoyo y toda la atención a la situación que lo amerita.

“La narrativa literaria tiene un valor muy importante, son textos que no se quedan en un plano cotidiano, hiperrealista de algún modo, sino que nos permite viajar para acompañar a Laura en lo que ella está tratando de entender y de procesar”, explica el director de la obra quien considera que su atención estuvo fijada en la manera en el que el dramaturgo planteó la historia tras las palabras que en manera de diálogo logran ver la obra poética y hasta trágica en un campo de humor negro lleno del aire bohemio de una Bogotá contemporánea.

Laurita, una actriz joven que vive con su novio, un antropólogo entregado a la causa social, se entera de que tras una herencia familiar es posible que contraiga cáncer de seno y sin haber otro remedio, la obliga a quitarse estos miembros de su cuerpo. En medio de la noticia, Laura, atónita y perpleja, se encuentra en su apartamento con su novio y un amigo del pasado. Esta actriz convierte su acto vivencial en inspiración para desarrollar un relato radial, catarsis que se entrecruza con la aparición de un habitante de calle que logra colarse en el encuentro.

“En la obra, el texto le propone bastantes imágenes al espectador. El público admira la belleza del texto, de una Bogotá en decadencia, sin esperanza, pero que las palabras que se dicen son bellas y le dan otra connotación”, dice Camila Valenzuela y es que la interpretación es basada en hechos reales, un acontecimiento que el dramaturgo quiso poner en letras luego de encontrarse con tremenda experiencia, la sorpresa, una obra completamente alterna a la personificación de sentimientos encontrados y de la aceptación por parte de amigos y familiares a partir de la enfermedad que aquí aparece. Su creación fue pensada en un contexto argentino, pero que con ayuda de Juan Luna el director de la obra, lograron hacer una adaptación prodigiosa a la Bogotá actual. 

En este contexto, pasar desapercibido la situación de una ciudad cercada por la inseguridad y el inquieto paso del tiempo en espacios y encuentros ajenos, parece darle reflejo a un incidente empapado de miedo y desconcierto, es así que se entrecruzan tres voces: la de Laurita y su vida rutinaria, la de Cecilia, un personaje creado por Laurita dentro del desarrollo de su obra radial, y un habitante de calle que por su realidad, parece darle un nuevo sentido a la observación emotiva de la actriz en escena y que según el director: “El lugar que ofrece este habitante de calle es para Laura la posibilidad de tocar el fondo, de sentir una empatía, de ver que hay una oportunidad de aferrarse a algo y que tal vez la pueda comprender en lo que ella está sintiendo, todo se vuelve superficial en relación a lo que a Laura le está sucediendo”.

La aceptación y la confluencia con su entorno se revelan en actos de libertad  a los que se quería aferrar Laurita. Dicho en palabras de Camila Valenzuela, quien la interpreta, era como despojarse de las banalidades y acercarse a una situación despreocupada que le transmitía el habitante de calle, mientras Laurita se sentía cayendo en lo profundo de una catabasis, un descenso que finalmente encontraría la luz tras salir de una historia que la misma actriz inventaba en el radio teatro, con tal estremecimiento, como si el cuerpo contara su malestar y se despojara del gran tormento que le esperaba: metáforas poéticas contadas en escena.

 

 

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