Carlos Rincón: "Ni el New Journalism ni García Márquez inventaron el periodismo literario"

El recuerdo de algunas de sus charlas en la Universidad Tecnológica de Pereira, evocan al intelectual Carlos Rincón, fallecido a finales del año pasado en Alemania.

Carlos Rincón, quien después de graduarse de filosofía de la Universidad Nacional, se radicó en Alemania oriental para realizar sus estudios doctorales en la Universidad de Leipzing. Cortesía

"Señorita: ¿quién le dijo a usted que las crónicas son periodismo?", me preguntó el profesor Carlos Rincón, un erudito bogotano, profesor emérito del Instituto Central para América Latina de la Freie Universität Berlin (Universidad Libre de Berlín), a quien el Doctorado en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira había invitado para dictar el seminario de Estudios Culturales y Literatura a mediados del 2016.  

La voz de su desconcierto resonó en el salón conocido por los estudiantes como “la palomera”, por ser el más alto del bloque de Bellas Artes. Esa sola pregunta bastó para desbaratar la exposición sobre lo documentable en el texto “Los funerales de la Mamá Grande”, de Gabriel García Márquez, que había preparando hacía más de un mes para aprobar el seminario.

Después vinieron otras disquisiciones por parte del profesor, como que las crónicas no eran un género periodístico, porque el periodismo era un oficio moderno y las crónicas eran tan antiguas como la necesidad humana de narrarlo todo.

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Yo, que por tener un pregrado en periodismo me sentía aventajada en el tema y creía que para lograr el propósito de la exposición debía relacionar a Gabriel García Marquez con el oficio que había significado para él una escuela de estilo, y vincularlo además, con los movimientos de Nuevo Periodismo Iberoaméricano y el New Journalist estadounidense, en realidad, me estaba quedando corta frente a lo que el profesor necesitaba de mi trabajo.

"Ni el New Journalism ni García Márquez inventaron el periodismo literario ¿dónde quedan los cronistas anteriores que ya embellecían el mundo, como Rubén Darío, José Martí, Gutierrez Nájera, donde queda Ricardo Palma, José Juanquín Lizardi?",  dijo con firmeza el profesor, y remató su arremetida aseverando que García Márquez había bebido toda esa tradición y la originalidad de su retórica se había influido del tono de absoluta curiosidad en el que estaban escritas las Crónicas de Indias, con la mirada de quien observa el mundo por primera vez.

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Ahí había terminado una acalorada discusión y por su puesto, mi exposición también, como lo deben de recordar mis compañeros.  Pero la cosa en realidad no concluyó en ese momento, pues ha pasado algo más de dos años de ese episodio, que tardé todo este tiempo en asimilar y que marcó el rumbo de mi tesis doctoral, que hoy pretende analizar ese tono de asombro que del relato testimonial dio su salto a la categoría artística.

Son infinitas las relaciones que ese seminario me ayudó a conjeturar, porque esa fue la mayor enseñanza que Rincón nos dejó a sus discípulos, pues su conocimiento no estaba en recitar teórias complejas, ni en momerizar tratados filosóficos, sino en seguir ese hilo invisible que une a todas las cosas del universo en un místico y perfecto atrapa sueños. Por eso estudiaba los textos de García Márquez desde el giro visual y los de Roberto Bolaño desde los postulados de descolonización.

Es increíble que una semana después de su muerte, se haya hablado tan poco de lo que significa para Colombia la pérdida de una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, de uno de los maestros más admirados de Latinoamérica, pero el profesor, donde quiera que esté, no creo se extrañe por eso, pues él más que nadie entendió la banalidad de la sociedad colombiana.

En wikipedia hay una biografía suya en alemán, no así en español. Alemania le abrió todo el pensamiento occidental y lo convirtió en el colombiano más prusista de sus hijos.

Queda en la academía mundial su murumullo sempiterno y en sus libros, la prueba de que la inmortalidad no es una imposibilidad humana como lo creía Borges, sino tan solo un engaño sensorial de la presencia.

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Nathalia Gómez Raigosa

Cultura

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