Carnaval de Barranquilla: del caos y la alegría

Cuatro días para dejar fluir el egoísmo, abrazar el placer, vivir la dicha del desorden y escapar de lo ordinario.

Una de las imágenes que dejó la celebración de esta edición del Carnaval de Barranquilla.

Desde el sábado hasta el martes, antes del Miércoles de Ceniza, lo ordinario pasa a un segundo plano. Parece que en Barranquilla, todos los años durante estos días, alguien juega “Jumanji”. No pasa nada catastrófico, pero sí reina un desorden generado por el afán de la gente que anhela envolverse en la tradición de lo extraordinario. A eso, caos y alegría, se le llama Carnaval. Lea también: “El Cañonazo”, la historia misma del Carnaval.

Uno se encuentra fácilmente con un tigre, un gorila y un torito caminando en cualquier calle. El ruido que genera el tráfico vehicular en una ciudad con muchas vías cerradas, se une al alto volumen de la música, que es distinta en cada cuadra. La gente sale disfrazada o vestida de colores y con un montón de perendengues, bajo la premisa “entre más, mejor”. Las calles se convierten en pistas de baile, abundan los extranjeros, el sol se hace sentir con mayor inclemencia y la brisa despeina todo lo que quiere. Puede leer: "Yo lo que tengo es pura tradición": Manuela Torres, cantora de Basan Tambó.

Donde se arme un tumulto de gente, ahí llegan los que venden chuzos, arepas, raspao, bolis, bebidas, algodón de azúcar, espumas, maicena y perendengues de Carnaval. Donde prendan un picó o pongan una tarima, ahí llega el tumulto de gente.  
Las casas de quienes dirigen las danzas, comparsas o colectivos de disfraces, se llenan de personas caminando por todos lados buscando “mi falda”, “el tocado”, “el machete”, “mis zapatos”, esperando el turno para maquillarse, contestando llamadas, tomándose fotos o diciendo “¿y Juan si viene?”, “María se enfermó”, “el bus nada que llega”. Luego los ve uno aparatosos, intentando meter un grupo de millo o una papayera en un bus, junto a unas 50 personas, además de un carrito de supermercado donde llevan las bebidas para el desfile y unas pancartas. Todo ello, con una canción de Carnaval de fondo, saludos gritados y la ‘mamadera de gallo’ entre los miembros del grupo. 

En los desfiles, el punto de concentración de los actores del Carnaval parece el rodaje de una película con personajes de todo tipo: cumbiamberos, congos, monocucos, marimondas, animales, toritos, garabatos, diablos, pájaros, zanqueros, descabezados, farotas, indios, negritos, políticos, cantantes, entre tantos otros. Todos esperando, y a veces peleando, por ser el siguiente en el recorrido.

Unas cuadras más allá, el caos va por cuenta de las personas que caminan en todas direcciones, buscando un buen sitio donde disfrutar el desfile, regateando los precios del alquiler de una silla o de la entrada a un palco. Y si de bailes y conciertos se trata, pobres quienes tienen que poner orden en medio del desorden que caracteriza la fiesta.

Abrazada al caos está la alegría, pues todo ese desorden no es sino para pasar un buen rato. Es como aguantarse una fila de dos días para entrar al concierto de la banda favorita, solo que aquí la idea es entrar a la fiesta en la que todo se vale, mientras no haya heridos. Quiere ser un negrito, hágalo. Bailar como una licuadora o como un robot, está bien. Beber, adelante. Hacer que los extranjeros digan groserías en español, bueno. Llegar de otro país, ir a una fiesta y hacer el trensito, ¿por qué no? Pagar un palco y no bailar, problema suyo. Disfrazarse o no hacerlo, como quiera. “Hay que aprovechar”, se oye decir.

Los desconocidos se hablan sin preguntarse el nombre, se ‘maman gallo’, bailan juntos, se toman fotos, no importa saber quién es el otro, qué hace, de dónde viene. Estos días se curan todos los dolores y se olvidan los problemas, propios y ajenos. Da igual si al final terminan por multiplicarse, carpe diem. Ya habrá tiempo de preocuparse.

Es un trance egoísta en el que no importa lo que haya pasado o lo que pasará, sino el goce que se pueda sentir. El caos que se tenga que vivir, antes, durante y después de la fiesta, está bien si es para fines del placer. Es un escape al verdadero caos de la vida. Un momento de puro egoísmo y derroche del que nadie se sentirá culpable.

Y no hay por qué sentirse culpables. Está bien desatar el egoísta que se lleva dentro, disfrutar, vivir el caos. Uno de colores, de tambores y 'mamadera de gallo'. Uno donde el cansancio se aplaza hasta el miércoles y donde todos se unen con el mismo fin. Uno parecido a la celebración del gol de la selección Colombia, donde se abraza al que se tenga al lado, no importa quien sea. Donde reina la alegría de saberse libres de la normalidad, de las excesivas reglas, de los prejuicios, de lo destructivo del ser humano. 

“Hay que aprovechar”, dirán, antes de que todo eso y la alegría que lo acompaña se vayan el martes con un tal Joselito. Aquel humano que está dentro de todos, quien planea y va formando el caos desde noviembre, ataca el sábado y lucha hasta el martes, día en que muere. Y lo entierran, y lo lloran, y se acaba, y al día siguiente todos saben que la normalidad ganó la batalla. Pero no la guerra, pues el otro año hace otro intento.