Este año no se festeja en las calles

Carnaval de Barranquilla, tesoro atravesado por múltiples tensiones

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A propósito de la tradicional fiesta de la capital de Atlántico, virtual en 2021, publicamos el fragmento de un reciente ensayo del director general de la Fundación Gabo.

El máximo logro de la cultura popular barranquillera es su fiesta pública tradicional. En ella la pobreza y la desigualdad seculares se transmutan en riqueza cultural. El carnaval ha proporcionado sentido de pertenencia y convertido en acervo colectivo tradiciones folclóricas de raíces triétnicas provenientes de diversos puntos del Caribe colombiano, transmitidas por generaciones en el seno de familias de los sectores populares. En un país tan afectado por la violencia, esta fiesta se ha mantenido como espacio de convivencia pacífica y diversidad cultural.

Como dice el himno de la ciudad, “Barranquilla sabe cantar y sobre el yunque martillar”. Los barranquilleros aprendieron a trabajar y bailar con igual intensidad, y supieron tropicalizar esta celebración de matriz europea como factor de identidad colectiva, hasta convertir el carnaval en punto de encuentro anual y ritual de toda la comunidad. Son escasas las urbes del mundo que gozan del privilegio de mantener viva una fiesta pública masiva de linaje tan antiguo. Por ello el Carnaval de Barranquilla atrae cada año a miles de turistas y ha sido reconocido por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad que debe ser cuidado. (Carnaval 2021: desde la casa y bajo toque de queda).

Esta maravillosa fiesta popular, la mayor de Colombia, está atravesada por múltiples tensiones, que comentaremos en este capítulo. Pero en materia de carnavales, como dice el lema popular del Carnaval de Barranquilla, “quien lo vive es quien lo goza”, y yo añado que “quien lo vive es quien lo entiende”. Por eso, permítanme comenzar con mi testimonio personal de cómo me adentré en la vivencia y el conocimiento de nuestro carnaval.

De niño recuerdo que mis padres gozaban principalmente las fiestas de comparsas del club social, el Country Club, que después de prolongados ensayos culminaban en fiestas espectaculares, y para terminar la temporada nos llevaban a ver desde la barrera el desfile popular de la Batalla de Flores el sábado de carnaval, con sus carrozas, cumbiambas y congos, que siempre me impresionaron. (Así se festeja el carnaval 2021 a través de las redes sociales).

Después de esa dosis reducida de carnaval, el domingo bien temprano salíamos a hacer la cola del ferri para cruzar el río Magdalena y viajar con el propósito de quedarnos hasta el martes en la casa familiar de El Rodadero, en Santa Marta. Vivía yo en esa época el carnaval de lejos, con un sentimiento de extrañeza.

Retorné a vivir a Barranquilla a fines de 1981, después de concluir en Bogotá mis estudios de Derecho en la Universidad Javeriana y de hacer un año de prácticas profesionales en la capital. Comencé a trabajar en la Cámara de Comercio y a relacionarme los fines de semana en las tertulias nocturnas de Lagoven, Bárbaro y la primera sede de La Troja en la avenida Olaya Herrera, con un grupo de amigos, mayores que yo pero muy interesantes, con los cuales compartía la curiosidad intelectual, el ímpetu de celebrar la vida a tope y pasiones que afortunadamente me siguen nutriendo, como el cine y los libros.

Recuerdo que empecé a hablar sobre el carnaval y su trascendencia para nuestra comunidad y su identidad colectiva con las investigadoras Margarita Abello Villalba y Mirtha Buelvas Aldana, dedicadas en esa época a hacer pesquisas antropológicas de campo sobre los grupos folclóricos; con el arquitecto Braulio de Castro, compañero de aficiones como el cineclubismo, la gastronomía y la buena música; con la periodista Lola Salcedo Castañeda, quien nos jalaba a aventurar en zonas más remotas de la ciudad, como La Cien en Rebolo; con la comunicadora Vilma Gutiérrez de Piñeres Abello, quien manejaba los medios de la Universidad del Norte, y con mi compañera de trabajo, la arquitecta Carmen Arévalo, quien se ocupaba de los temas de urbanismo en la Cámara de Comercio de Barranquilla.

Con ellos y otros amigos —varios de los cuales ya han fallecido— desfilamos por primera vez en la Batalla de Flores de 1982 en una comparsa que lideraron como capitanes los profesores de la Universidad del Atlántico: Rafael Bassi y su esposa Chila Arévalo, a la que bautizamos “Disfrázate como quieras”. Miembros conspicuos de esta comparsa han sido algunos de los expositores de estos dos días, como Alberto Abello Vives y Ernesto Bassi Arévalo, quienes empezaron a desfilar antes de aprender a caminar.

Para mí, lanzarme a la calle con la comparsa representó una oportunidad no solo de disfrutar, sino de aprender en la práctica el valor social y cultural de nuestra fiesta pública, y fue una experiencia decisiva para conocer y comprender a fondo mi ciudad, en momentos en que tratábamos de estructurar proyectos de impacto desde la Cámara de Comercio de Barranquilla, donde yo era asistente de la dirección ejecutiva y secretario general del Comité Intergremial del Atlántico. Recuerdo ahora el titular de la primera entrevista que me publicó, en página entera, el diario El Heraldo en 1982: “El carnaval es la paz, dice secretario del Intergremial”.

Rápidamente, con los amigos, me di cuenta de que más allá del deslumbramiento inicial había que actuar, porque ese sabroso carnaval, que apenas empezaba a gozar y conocer, ya daba señales de venirse a menos y era una maravilla que no podíamos darnos el lujo de perder. La llamada Corporación Autónoma Permanente del Carnaval de Barranquilla, una entidad pública municipal que no era autónoma ni permanente, evidentemente no era capaz de manejar bien la fiesta y estaba afectada de los consabidos males de la incompetencia administrativa, la politiquería y la corrupción.

Al año siguiente, 1983, contando con el apoyo del director ejecutivo Arturo Sarabia Better, organizamos en la Cámara de Comercio un gran foro sobre el Carnaval de Barranquilla, con la participación de todos los sectores de la ciudad, en especial los líderes populares, a quienes les dimos la máxima importancia. Nos acompañaron, entre otros, Ubaldo Mendoza, Enrique Salcedo y Édgar Blanco.

De ese primer foro ciudadano salió una serie de recomendaciones para trabajar por un nuevo modelo de organización de las fiestas y un compromiso sin precedentes con el carnaval por parte de la Cámara de Comercio como institución representativa del sector privado de Barranquilla. En 1984 repetimos el foro y además creamos el Premio de la Tradición, que fue entregado durante varios años por esa institución. Además, me involucré personalmente en apoyar el proceso de formalizar la Asociación de Grupos Folclóricos del Atlántico, para la cual redacté los estatutos, tramité su personería jurídica ante la Gobernación del Atlántico y conseguí un aporte en dinero de la Cámara de Comercio como capital inicial.

Pocos años después un caso de fraude de boletería terminó por enterrar a la Corporación Autónoma Permanente en un contexto más amplio de crisis de la ciudad y su sector público, pero la semilla sembrada empezaba a dar frutos y la toma de conciencia colectiva se extendía con el compromiso de líderes empresariales como León Caridi Anav y Pablo Gabriel Obregón Santo Domingo. En 1992 se constituyó una sociedad de economía mixta con la participación como socios del sector privado de dos entidades sin ánimo de lucro con liderazgo cívico: la Cámara de Comercio y la Fundación Mario Santo Domingo. La nueva empresa, bautizada Carnaval SA, recibió formalmente del municipio de Barranquilla una concesión y el mandato de generar ingresos para administrar la fiesta como patrimonio colectivo.

En esa época yo estaba a cargo de la gerencia del canal regional Telecaribe y le apostamos con fuerza a las transmisiones de calidad de los eventos del carnaval, así como al apoyo a diversos procesos festivos, e incluso a organizar unas memorables fiestas de disfraces en las que presentábamos las mejores orquestas del Caribe.

Posteriormente, en 2001, fui representante del alcalde de Barranquilla en la junta directiva de la organización del carnaval durante un año, posición que retomé en 2009 como representante de la Cámara de Comercio de la ciudad. Además, he colaborado desde 2002 en el comité cultural que asesora a las directoras de la institución, al lado de compañeros esclarecidos como Mirtha Buelvas Aldana y Ariel Castillo.

Pero como dije, además de hablar sobre carnaval, quien lo vive, o sea quien lo desfila, quien lo baila, es quien en realidad lo puede gozar y comprender a fondo. En la comparsa “Disfrázate como quieras” he vivido 35 años continuos de involucramiento con el carnaval de mi tierra, lo cual ha sido fundamental en mi experiencia vital y profesional, no solo como carnavalero, sino también en el plano institucional, en la reflexión cultural, política y estratégica sobre la ciudad y el Caribe colombiano, y en la preocupación por la salvaguardia de este patrimonio colectivo, que considero permanentemente amenazado. Reconocí que por la fuerza de las circunstancias, pero también por el amor y entusiasmo de varias generaciones de carnavaleros, la fiesta popular ha tenido que adaptarse a los retos del crecimiento de la urbe, y sigue beneficiando a esta comunidad en múltiples dimensiones del desarrollo humano, como factor de cohesión social, pertenencia ciudadana e identidad cultural.

Sin la inspiración y el contexto de mi grupo de carnaval, el conocimiento adquirido no hubiera sido igual. Además de convertirse en un espacio de amistad y encuentro ritual de barranquilleros de distintos sectores —profesionales, periodistas, académicos, artistas, empresarios, rumberos viejos y nuevos—, desarrollamos con el tiempo una capacidad de convocatoria carnavalera nacional e internacional, como por ejemplo con los periodistas e intelectuales de numerosos países que nos han acompañado a carnavalear desde que asumí en 1995, por solicitud de Gabriel García Márquez, la dirección general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

En “Disfrázate como quieras” mis amigos y yo aprendimos a jugar el carnaval como fiesta pública, amar su raíz popular, comportarnos como los mejores anfitriones del mundo, entender nuestra fiesta como verdadero patrimonio cultural; por lo tanto, no es casual que varios de los integrantes hayan sido expertos e investigadores claves en las tareas de sustentar la solicitud de declaratoria de patrimonio y de asesorar a las instituciones en el manejo participativo de la fiesta.

En estas tres décadas y media, aprendí que una característica histórica de Colombia ha sido la extraordinaria vitalidad de una cultura popular fuerte y diversa, afincada en bases regionales muy diferenciadas, que son escenarios de una gran diversidad cultural, solo comparable a la rica biodiversidad de sus especies naturales. En este país de grandes concentraciones urbanas que es la Colombia cada vez más globalizada del siglo XXI, he podido observar también cómo en el dominio de la cultura hay una transición de la primacía de lo popular y tradicional hacia la profesionalización y mercantilización del sector, en el escenario de las llamadas industrias creativas.

El hecho es que en las últimas dos décadas, especialmente, se ha producido una extraordinaria expansión del campo de la cultura en Colombia, por la concurrencia de varios factores: el crecimiento de las industrias culturales y su repercusión en las economías locales, la revalorización de las culturas populares como patrimonio cultural inmaterial, el reconocimiento político y académico a la necesidad e importancia de la dimensión cultural dentro de las políticas públicas y las estrategias del desarrollo, y, lo más interesante, la apropiación y participación por parte de distintos públicos, especialmente de los jóvenes, en múltiples procesos de creación, consumo y comunicación cultural, que son favorecidos por los sistemas educativos, la urbanización y la masificación de internet.

En estas décadas, he tomado conciencia de que nuestro carnaval popular es un verdadero tesoro. El carnaval es una de las fiestas más antiguas del mundo occidental. Derivado de las Saturnales romanas, se sincretizó en el calendario cristiano de los países de Europa y fue trasplantado al Nuevo Mundo por los colonizadores castellanos y portugueses. En el siglo XXI son escasas las ciudades del mundo que gozan del privilegio de tener todavía sus carnavales vivos: pocos fueron los lugares de Europa y América en los que estas fiestas sobrevivieron a los embates de los restrictivos modelos de conducta colectiva impuestos en la era moderna por las ideologías de la sociedad industrial y diversas formas de conservadurismo religioso. Barranquilla se precia, con legítimo orgullo, de mantener hasta hoy su carnaval de raíces triétnicas, que ha integrado en su seno las contribuciones folclóricas de todo el Caribe colombiano, así como la diversidad cultural y movilidad social de una ciudad abierta al mundo y fortalecida con aportes migratorios de varios continentes.

En Barranquilla, los carnavales se extendieron y consolidaron en directa proporción a la expansión económica y demográfica de esta ciudad republicana, que creció con rapidez desde la segunda mitad del siglo XIX, gracias al dinamismo portuario y comercial que logró por servir como punto de conexión del río Magdalena con el mar Caribe. Su población, compuesta por gente de diversos orígenes, se apropió con fervor de esta fiesta permisiva de sabor popular y remoto ancestro pagano, en la que todos encontrarían espacio para proyectar sus identidades, tanto los inmigrantes internos, portadores de las tradiciones folclóricas y la herencia cultural de las provincias de Cartagena, Santa Marta, las poblaciones ribereñas y otras áreas de la región circundante, como aquellos provenientes de países europeos y árabes, quienes se integraron a la gran fiesta con su bagaje cultural, no solo en los recintos cerrados de los clubes sociales, sino en el fragor de las calles arenosas.

El espíritu del Carnaval, con sus ingredientes de alegría y sociabilidad, no se limita a la temporada de festejos públicos, sino que permea el imaginario colectivo y el modo de ser de los barranquilleros. El Carnaval se ha convertido en referente fundamental para la vida cotidiana de los barranquilleros a lo largo de todo el año. Es, por ejemplo, el tema que más ha inspirado a escritores, cineastas, artistas plásticos y fotógrafos.

Por la misma razón, es tema reiterado de debate público, tanto por motivos banales como trascendentales. Y es que la evolución del Carnaval de Barranquilla ha estado sujeta a múltiples tensiones en el transcurso de su historia. Piénsese, por ejemplo, en el impacto que ha tenido en esta celebración la transformación de la geografía urbana y la dinámica de cambios sociales y demográficos que han hecho que la ciudad alcance su actual dimensión metropolitana, con más de dos millones de habitantes distribuidos en el área que componen, no solo el distrito de Barranquilla, sino los municipios contiguos de Soledad, Malambo, Puerto Colombia y Galapa.

De una sociedad pequeña y provinciana, caracterizada por la proximidad en la vida de familia y de barrio, con un ritmo apacible que permitía encuentros festivos informales y cara a cara, pasamos a la sociedad actual más compleja y urbanizada, con un sentido del tiempo mucho más rápido y exigente, y con mayor preponderancia en las relaciones sociales de los ámbitos de estudio y trabajo que de los vecinales.

La fiesta, con sus presentaciones masivas en desfiles, está ahora condicionada inevitablemente por las distancias y el transporte, los retos logísticos de una celebración a la que concurren cientos de miles como espectadores, los controles policivos de seguridad y prevención y las exigencias de las transmisiones de televisión, por mencionar solo algunos factores. Desde el punto de vista económico, el evento se ha transformado en un gran negocio que genera muchos empleos y moviliza miles de millones de pesos en publicidad, actos de relaciones públicas, servicios musicales, entradas a palcos y espectáculos, hoteles, consumo de licor y comida, confección de vestuario, disfraces y artesanías. A su vez, los costos de acceso a estos espacios son cada vez más altos, lo que desestimula poco a poco la participación popular.

La evolución del Carnaval de Barranquilla, vista en función de contextos urbanos y sociales que se modifican, implica la necesidad de asumir esta fiesta como un fenómeno dinámico, con enormes retos de adaptación y orientación estratégica en la era de la globalización. Hay, por ejemplo, tendencias que pugnan por una fiesta participativa, relajada y descentralizada, y otras que la desean más mediática —es decir, regulada, cronometrada y concentrada—, con miras a proyectarla al mundo como evento de interés global. Es necesario buscar un aprovechamiento sostenible del creciente turismo receptivo nacional e internacional, que hace que la fiesta ya no solo sea de los locales. Al mismo tiempo, se debe garantizar el acceso mayoritario a los espectáculos y servicios del carnaval a costos razonables, pero el aumento de la demanda y la escasez de espacios apropiados presionan el alza de los precios y debilitan la participación ciudadana, lo cual constituye una amenaza a tener en cuenta.

En otro frente, se reclama que las autoridades se comprometan seriamente con el apoyo a programas de investigación cultural y pedagogía social, al igual que con la adopción de políticas públicas, proyectos y fuentes de financiamiento no comercial, para cumplir la obligación de preservar y proteger un legado que ha sido reconocido formalmente como patrimonio nacional y universal, incluyendo estrategias de desarrollo social y productivo a favor del sector de actores tradicionales del carnaval, a la vez que incentivos a la creatividad y la innovación carnavalera.

Uno de los temas que más se ha debatido es el modelo de gestión. El carnaval de antaño, el de la ciudad pequeña, solía ser organizado por juntas de notables y funcionarios y luego por una corporación de carácter municipal, pero el sistema de manejo público se volvió incapaz y la fiesta daba señales de haberse venido a menos, dividida entre los clubes de la élite y la celebración popular de la calle.

Como conté, desde mediados de los años 80 convocamos, en la Cámara de Comercio de Barranquilla, foros ciudadanos para debatir el esquema de manejo y las alternativas a seguir para rescatar las tradiciones y fortalecer el Carnaval de Barranquilla. Al mismo tiempo, se produjo la emergencia reivindicativa de los grupos folclóricos de base que se asociaron —y a los que apoyamos también desde la Cámara de Comercio— para defender sus intereses concretos y reclamar un reconocimiento proporcional a su importante contribución.

Organizar el carnaval en un área metropolitana de casi dos millones de habitantes es un proceso muy complejo. La organización especializada, creada en 1991 como resultado del proceso de consulta ciudadana y búsqueda de soluciones, no tiene en la práctica ánimo de lucro, aunque surgió inicialmente como sociedad anónima de economía mixta, sustituida luego por una fundación y después de un revés jurídico ha retornado a ser una sociedad por acciones simplificada (SAS).

La organización del Carnaval de Barranquilla trabaja todo el año en función del proceso festivo y no cabe duda de que ha conseguido mejorar y profesionalizar su planeación, la consecución de recursos y la gestión organizativa. Además, mantiene abiertos los canales de diálogo y concertación con los grupos de interés que se preocupan por el carnaval y cuenta en su junta directiva con representación de la Alcaldía, que la preside, los grupos folclóricos y las organizaciones privadas sin ánimo de lucro, que han aportado capital económico y apoyo institucional: la Fundación Mario Santo Domingo y la Cámara de Comercio de Barranquilla. Los procesos de consulta permanente dan lugar a numerosos comités de trabajo y reuniones asamblearias con el sector de grupos y hacedores de carnaval, además de su representación directa en la junta directiva.

La institución se ha fijado como misión gestionar, desde un modelo de alianza público-privada-popular, el fortalecimiento del carnaval como proyecto anual de interés colectivo de la ciudadanía barranquillera, teniendo en cuenta su naturaleza pública y de patrimonio cultural. Se trata de impulsar el carnaval como fiesta participativa, urbana, contemporánea y democrática, con importante impacto económico, por lo cual esta entidad no debe concebirse como mera operadora de eventos, sino como colaboradora estratégica de la Alcaldía y los otros niveles estatales, tanto para preparar y ejecutar las actividades de la programación central del carnaval, como para servir de nodo coordinador de una compleja trama de responsabilidades organizativas, distribuidas y compartidas entre diversos actores estatales, empresariales y de la sociedad civil organizada.

Carnaval SAS se ocupa de diversas actuaciones con trascendencia social y cultural, como apoyar a los grupos folclóricos, contribuir a las políticas públicas de protección y cuidado del carnaval e impulsar proyectos de formación y divulgación. En octubre de 2018, por ejemplo, se realizó en Barranquilla un encuentro internacional de carnavales del Caribe con el fin de examinar casos, intercambiar ideas y experiencias, y debatir propuestas sobre la relación entre el carnaval como patrimonio cultural que se debe salvaguardar, y su aprovechamiento como activo social, económico y de propiedad intelectual para las industrias creativas y turística. También se revisó el estado actual de las investigaciones y la generación del conocimiento sobre los carnavales del Caribe. En materia de formación cabe destacar el trabajo que hacen el sistema de las casas de la cultura y la Escuela Distrital de Artes.

Sin embargo, la organización del carnaval es cuestionada porque se le atribuye un sesgo comercial. Sin duda, aunque no se reparten utilidades, es alta la presión por generar ingresos, ya que los aportes estatales son mínimos. Por ejemplo, del presupuesto para la organización de la fiesta en 2016 ejecutado por Carnaval SAS, que fue de $13.476 millones, menos del 10 % corresponde a aportes públicos, mientras que el 90 % se dividió por partes iguales entre boletería y gestión comercial (publicidad y patrocinios). Hay una preocupación real por las amenazas de la excesiva comercialización, pero por otra parte se ha avanzado gradualmente en la descontaminación comercial, mediante el ordenamiento y la disciplina de la propaganda y anuncios comerciales en los desfiles y eventos masivos del carnaval.

Para Barranquilla, la satisfacción de celebrar anualmente uno de los pocos carnavales que subsisten en el mundo es mayor por el reconocimiento mundial de la Unesco, que lo proclamó en 2003 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, y lo inscribió en 2008 en la lista representativa de la cultura inmaterial de la humanidad. Esa declaración, gestionada por la organización del carnaval con el apoyo del Gobierno nacional, ha servido para crear conciencia, pero solo en 2017 se tradujo en un plan de salvaguarda oficialmente adoptado. La patrimonialización ha tenido sus pros y contras, puesto que ha generado una extraña ortodoxia tradicionalista sobre lo que debería ser el carnaval y una especie de sindicalización interesada de la tradición.

Lo importante es no olvidar jamás la advertencia fundamental que entraña la declaratoria de patrimonio: el carnaval es un tesoro cultural frágil, al cual hay que cuidar y promover incansablemente para que no se menoscabe o se extinga, como miles de carnavales y festejos populares que alguna vez existieron en la faz de la Tierra. El Carnaval de Barranquilla es un verdadero tesoro de nuestra comunidad. Su pasado y su presente le auguran un futuro promisorio, siempre y cuando sepamos valorarlo, asumir y tratar de resolver sus múltiples tensiones, y cuidarlo y estimularlo como patrimonio cultural dinámico y participativo.

* El fragmento publicado hace parte del libro Veinte años de estudios sobre el Caribe colombiano, editado en 2020 como parte de la Colección de Economía Regional del Banco de la República y que se publicó bajo la edición de Jaime Bonet Morón y el investigador Gerson Pérez Valbuena.

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