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Carolina Rudas: Entre las letras y los cascos azules

Por medio de la maestría en “Escrituras Creativas” de la Universidad Nacional, Carolina Rudas produjo su primera novela: "Del fuego, el humo", publicada por la editorial Panamericana.

Carolina Rudas en alguna clase de "La danza de los 5 ritmos". Actualmente es maestra de este arte. Cortesía

En 2005 dejó Colombia, dejó atrás un conflicto de más de cincuenta años para llegar a otro en Timor Oriental, más joven, pero ajeno a su conocimiento y a su ADN, o eso pensó al principio. En los dos países hubo asesinatos, incumplimientos de los distintos victimarios, diferentes víctimas con las mismas historias, al fin y al cabo, se vivía lo mismo en un contexto diferente, se peleaba lo mismo: La tierra y su restitución.

Carolina Rudas estudió Ciencias Políticas y Biología en Los Andes. Su obra está basada en la experiencia como asesora en derechos humanos en Timor Oriental, una isla situada en el sudeste asiático, la cual estuvo 25 años en una guerra civil. 

Esta isla, primero, fue colonia portuguesa desde mediados del siglo XVI hasta 1975. Cuando terminó la dictadura de António de Oliveira Salazar en Portugal, diferentes partidos políticos de Timor Oriental se unieron para así declararse independientes. A los pocos meses, tropas de Indonesia invadieron su territorio. En 1999 la ONU hizo presencia hasta el 2002. Durante este lapso la ONU tuvo el papel de “Estado” y promovió el cese de la guerra civil. 

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Luego de trabajar en diferentes departamentos colombianos inundados por la violencia, la ONU le ofreció participar como Oficial de Derechos Humanos en Timor Oriental. Rudas llegó al Posconflicto.

"Del fuego, el humo" entrelaza la ficción y la realidad. Esta novela se construyó y reconstruyó por medio de los correos electrónicos que le mandó a sus amigos y familia, y por la “voz” del personaje de Tomás Quijano, un escritor colombiano exiliado en Nueva York, completamente alcohólico, quien creía haber perdido su habilidad para escribir, o eso que llamamos inspiración.

Para la autora, escribir esta novela fue un proceso de edificación, donde hasta el día de hoy han estado presentes la duda, la imaginación y los recuerdos borrosos, aguados y momentáneos. “Cuando releo la novela no estoy segura de lo que viví y de lo que creé”, comentó para esta entrevista.

Mientras narraba su historia, yo solo recordaba los titulares de las noticias sobre el conflicto armado en Colombia. Sentía que su voz me envolvía y me llevaba a los lugares más profundos y desgarradores de Colombia. Empecé a mezclar los rasgos físicos de los colombianos con las personas de Timor Oriental. Me imaginé a un campesino colombiano peleando por sus tierras en las playas de aquella isla.

Volví a concentrarme solo en Timor Oriental y en la novela. La ONU le asignó una casa, apenas para ella. Estaba ubicada en un barrio donde sobresalían los niños y las mujeres. En diferentes ocasiones entraron a su casa a buscar información y la dejaron destrozada. La última vez que estuvo allí vio cómo el fuego se iba alimentando poco a poco de los muebles que se habían convertido en su compañía, en los confidentes perfectos de las largas borracheras.

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Esta isla no tenía una lengua clara, autóctona y mucho menos un lenguaje escrito. Para ella fue difícil aprender esta lengua influenciada por portugueses, por las personas nativas y por los indonesios. Terminó hablando su idioma.

Su primer trabajo fue organizar las “escrituras”, investigar a quién pertenecía cada una. Entre más leía -y me iba contando-, se sentía, -me sentía- más identificada. Cada circunstancia, cada papel, cada intento fallido de hablar con el gobierno y Estado, formado por el modelo de la ONU, la hacían pensar en Colombia.

Carolina Rudas, o Sara Mora, la protagonista -no lo sé, también las confundí-, empezó a darse cuenta de que como en Colombia, en Timor Oriental había políticos interesados en las tierras y no querían que se supiera quiénes eran los verdaderos dueños. Estos campesinos habían sido desplazados y en el mejor de los casos los timorenses habían abandonado sus casas.

Cuando los gobernadores supieron de lo que Rudas tenía en su poder decidieron cambiarla de puesto. Empezó a trabajar en la oficina de Naciones Unidas para los derechos humanos y trabajar con las víctimas. Organizar a las personas que se encontraban en los campamentos de los desplazados y todo lo que esto conlleva. 

Antes de volver a Colombia estuvo un tiempo en New York, perdida para todos, hasta para ella misma. El conflicto colombiano y el posconflicto timorense la asqueó, la sumergió en una situación de incertidumbre. Esta sensación se definió en solo comer papaya. Durante unos años solo se alimentó de esta fruta y llegó a pesar 45 kilos. 

En Nueva York conoció "La danza de los cinco ritmos". Esta danza se basa en utilizar este arte para llegar a explorar y conocer el interior de la persona. Conocer su mapa físico, emocional e intelectual. Un gran porcentaje de su catarsis la hizo por medio de esta danza. “Para poder escribir la novela tuve que bailar. Antes de sentarme al frente del computador organizaba el espacio, bailaba, y cuando terminaba, ahí mismo me ponía a escribir. Para mí es una danza libre, pero con una estructura que te da un espacio para la verdadera libertad”.

Luego de lo que experimentó, habla sin pausas, sin tapujos, sobre la actualidad a la que se está enfrentando Colombia, “Al dialogar con las cabecillas de la guerrilla y desmovilizar una gran parte, nos encontramos con todos estos asesinatos que no sabemos quiénes son, a qué bando pertenecen y de quiénes son las órdenes. Este es el verdadero posconflicto, nos demoraremos varios años en entenderlo y en desarrollarlo”.

 

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Laura Valeria López Guzmán / @Lauravalerialo

Cultura

Carolina Rudas: Entre las letras y los cascos azules

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Una narrativa para detenerse