Carta abierta a un hincha violento

Esta carta va para usted, que es un hincha violento.

Ilustración: Vigo

Nada de que es un delincuente disfrazado de hincha; no, ningún disfraz, usted es hincha de fútbol, ama a mi equipo, se hace matar por él y también mata. Va al estadio con frecuencia. Agita la bandera. Besa la camiseta. Desgarra su garganta cantando uno de mis goles. Se parcha con otros a repasar las jugadas. Grita de emoción cuando ganamos y se le destroza el alma cuando hemos perdido. Bebe. Mete droga en nombre del fútbol. Es un hincha. Sólo que de una raza distinta, una raza enferma.

Pero, repito, no es usted un delincuente disfrazado de hincha, es un hincha y punto. Delincuente también, claro, pero eso no le quita lo hincha. Lo digo porque, a raíz de las últimas muertes, a raíz de la gente que usted mató, todos quieren salir para defender al fútbol, para defender a los hinchas que gozan con el fútbol, los que ríen, lloran, sufren, gritan, cantan los goles pero no matan, ni siquiera se muelen a trompadas con otro porque el equipo ganó o perdió, por defenderlos a ellos, digo, salen a decir que usted no es un hincha, que es un simple matón al que le gusta ponerse la camiseta de uno u otro equipo para camuflarse y hacer sus fechorías. Qué va. Embustes que sólo sirven para que los dirigentes, la sociedad, los gobernantes y los educadores evadan responsabilidades. Usted no, qué responsabilidades va a tener usted si sólo sabe de fútbol, de goles, alineaciones y muerte.

Se priva usted, eso sí, de disfrutar el fútbol. Olvidó en el camino que este deporte se inventó para que todos nos queramos más. O juguemos a despreciarnos, pero despreciarnos de mentiras. No conoce usted el placer de llamar a los amigos por teléfono para gozárselos cuando el equipo de ellos ha perdido. Cuando no clasificaron. Cuando estuvieron a punto y no lo lograron. Cuando otra vez se les escapó el título. Cuando están muy cerca de descender a la categoría B. No sabe usted la delicia que es jugar a quitarles la sonrisa de la cara repitiendo hasta el agotamiento que si ganaron fue por pura arepa. Desconoce lo mucho que les atormentaría ver cómo titila el celular con su nombre cada vez que les meten un gol. Sabrían que usted llama para reírse de ellos, porque esa es su forma de vivir el fútbol, porque eso lo hace feliz, porque es su forma de quererlos, de decirles que aunque sean de equipos diferentes se regocija al compartir esa pasión “desmedida” por el fútbol. Porque ahí, en medio de las burlas, se puede camuflar el afecto por ese otro que se nos parece tanto. Tal vez tampoco sepa lo que es invitarlos a tomarse algo sólo para repetir como un sirirí que su equipo es mejor y después salir de ahí ebrios, abrazados, cansados de decir lo mismo una y otra vez.

De todo eso se priva usted, hincha violento. Usted sólo sabe de riñas. De correr como un desquiciado para evadir a la policía después de dejar a ese otro, que se le parecía tanto, muerto de por vida. De ver en el noticiero la indignación de un país por los desmanes que usted hizo en la ciudad o en la estación de buses. Y de fútbol, claro, usted también sabe de fútbol. Pero sabe tanto de lo otro que hasta se nos olvida que todo esto usted lo hace por el fútbol, por ese equipo que dice querer más que a usted mismo. Porque lo que todos vemos es un perro rabioso que enseña sus colmillos y luego se abalanza sobre ese otro que viste la camiseta de un equipo diferente al suyo. Ya ni siquiera se trata de peleas, de discusiones que de lo calientes terminan en desgracia; no, ahora sí que usted tocó fondo y por ahí derecho lo tocamos todos, pues con sólo ver a ese otro, en su cabeza se activa una neurona macabra y corre a hacerle daño, sin importar que aquel sólo esté en una tienda de compras o esperando el bus para llegar a esa casa donde todos se cansarán de esperarlo.

Desde que era niño siempre soñé con ser un futbolista famoso. Pasaba toda la noche imaginando todos los goles que haría; goles de cabeza, de tiro libre, chalacas, chilenas, jugadas magistrales en las que burlaba a todos los defensas, encaraba al arquero y luego metía el balón mientras una tribuna enmudecía y la otra estallaba en un sólo grito. Entonces yo corría hacía allá, hacia donde estaba esa masa con miles de puntitos saltando emocionados; mientras avanzaba me quitaba la camiseta y la agitaba en mi mano. Así eran mis sueños. Y eso lo recordé la semana pasada en el momento en que metí el gol que pensé nos daría el triunfo. Porque, claro, en ese momento no sabía que el canario Ulloa, quien como yo soñó de niño con lo mismo, esa tarde estaría inspirado y metería otros dos casi seguidos. En ese momento, repito, no sabía eso, entonces yo corría jubiloso como si de esa carrera dependiera mi vida. Mis compañeros corrían detrás de mí para abrazarme, pero yo no quería que me detuvieran porque lo que buscaba era mi tribuna, mis hinchas, los que me acompañaron tantas noches durante mi infancia. Con ellos quería celebrar mi gol. Quería aferrarme a la malla y ver cómo se deshacía la masa en las gradas para acercarse como enloquecidos muñequitos hacia mí. Con ellos quería compartir ese momento; no con usted, hincha violento, así usted también brincara ahí mismo con el corazón a punto de salir por su garganta.

Con esa gente que vive mi pasión de otra manera quería cantar el gol. Porque a diferencia de usted, que besa la camiseta, que dice morir por nosotros, que se llena de orgullo, a mí, ni a ninguno de mis compañeros, nos enorgullece que usted agite nuestra bandera o vista la camiseta. No nos gusta que lo haga. Nos da tristeza. Una tristeza que cada vez que usted hace algo malo se viste de vergüenza. Usted asegura que nos ama, pero nosotros no lo amamos. Eso lo tenemos claro. Porque no es por usted, que mató a ese otro hincha que gritaba emocionado cuando el canario con sus gambetas selló nuestra derrota, que brincaba feliz sin saber que unas horas después lo esperaría la muerte, no es por usted, repito, que nos levantamos cada mañana a entrenar, a seguir las instrucciones del profe, a repasar la estrategia, a probar cientos de veces la misma jugada. Se nos estropea el orgullo cuando usted porta nuestra camiseta. Esa tarde mi compañero Villegas pudo haber evitado la tragedia, claro; me refiero a ese momento en que estrelló el balón contra el palo, a ese instante en que llevó sus manos a la cabeza, con la mirada fija e impotente en el arco rival, con ese grito de gol encajonado en los pulmones, sin intuir que esa misma noche a una madre también se le quedaría de por vida un dolor punzante atorado en el pecho.

Tal vez ese otro que murió por sus manos podría haberse abrazado con usted en un bar cualquiera el próximo mes cuando, convocado ahora por la selección de Colombia, yo meta ese gol con el que siempre he soñado. El gol que nos dará la clasificación al Mundial. Tal vez hubiesen brindado, reído y llorado. Otras serían las circunstancias. Ya no se puede. A ese bar irá usted e irán otros, pero no él. Más adelante, cuando usted tenga un hijo, tal vez entienda de lo que le hablo. Tal vez cuando vea cómo él heredó su pasión y una tarde de tantas salga con sus amigos a celebrar una victoria, usted recuerde a ese otro al que se le acabó la vida por un gol, una victoria o derrota que ya nadie recordará. Sólo usted, claro; porque estoy seguro de que no la olvidará jamás.

Morir por un partido de fútbol es tan absurdo como morir por defender el reparto de una película de cine, o la trama de una novela, o una discusión alrededor de un reality, o porque alguien es mejor que nosotros en sudoku. Usted y yo tenemos maneras diferentes de dar la vida por este deporte. Yo doy la mía en la cancha; usted ofrece la suya y roba la de otros en la calle.

Como le dije al principio, esta carta es para usted, hincha violento. Esta carta. No mis goles. Ni mis triunfos. Ni mi fútbol. Ni mi hinchada. Ni mi equipo. Por ahora nada de eso es para usted. Tal vez más adelante todo cambie. El día que usted vuelva a entender el fútbol como algún día lo hizo. Cuando recuerde la emoción genuina que lo embargó la primera vez que fue al estadio con papá o con su mejor amigo. Cuando vuelva a su mente la primera vez en que jugó un picadito soñando ser algún día alguien grande y no el mismísimo demonio. El día que pueda abrazarse con todo aquel que ame este deporte. El día que vuelva a sentir un fervor sano por esto que cada ocho días nos arregla la vida. El día que vuelva a ser un hincha de verdad. El día que usted, si así lo quiere, se deje querer.

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