Carta de Yukio Mishima a Yasunari Kawabata (Extractos literarios) 

Espero que ande con buena salud a pesar del calor agobiante. 

En Tokio he organizado mi tiempo de modo mucho más estricto, y como me había parecido un sacrilegio en el estado mental en que me encontraba empezar sus dos obras, El bello Japón y yo (1) y Presencia y descubrimiento de lo bello (2) he venido pues a Shimoda (3), donde disfruto de la felicidad de leerlos sin apuro, bajo la dulzura de la brisa marina. 

Yukio Mishima, autor, entre otras obras, de "Confesiones de una máscara". Ilustración: María Camila Quiceno

                                 4 de agosto de 1969

El bello Japón y yo es un texto que deja en claro, con admirable lucidez, lo que constituye el nudo de su obra literaria, y pienso que todo lo que pudo haberse publicado en materia de “ensayos sobre Kawabata” será barrido para siempre. En el modo en que usted expone sus reflexiones hay una especie de magia que le permite, hablando de lo vano del esfuerzo, o incluso de su negación, imponer directamente las sensaciones al lector. Por otro lado, esta noción de negación –y es la primera vez que ocurre- usted la evoca en su esencia, en lo que tiene de luminoso y de portador de vid en términos fáciles de comprender para los occidentales, produciendo así una impresión análoga a la de su “Canción de Italia (4), una impresión que se prolonga también, me parece, en las primeras páginas de Presencia y descubrimiento de lo bello, cuando usted evoca la belleza de los vasos con reflejos resplandecientes. 

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En realidad, El bello Japón y yo se me presenta como una antología admirable y sin igual, en el sentido de que este texto capta y expone, de manera clara y concisa, lo que nadie hasta ahora había puesto a la luz de manera coherente: las íntimas corrientes azuladas que forman el agua profunda de la literatura japonesa. Entre las múltiples e interesantes citas que se suceden en su texto y que, falto de conocimientos suficientes, yo ignoraba, hay una que quedó grabada en mí y que no olvidaré: la de los Cuentos de Ise (5), que habla de “racimos de glicina de casi noventa centímetros”. Estos racimos, doblándose por su propio peso al punto de exceder las páginas de su ensayo, cubren con su floración el universo búdico e invaden nuestro mundo por su exuberancia, lo ocupan en silencio. 

Algunas páginas maravillosas dedicadas a los vasos, al comienzo de su conferencia sobre Presencia y descubrimiento de lo bello, habrán tenido fascinado, aunque sólo fuera por la frescura de la experiencia sensorial que de ellas se desprende, al público que había ido a oírlo hablar del Genji monogatari (6). Recuerdo esa pintura que hace Proust de una cocina, usted recuerda: el pasaje en que describe con los menores detalles un cuchillo cuya parte expuesta a los rayos del sol tiene el aspecto cambiante del terciopelo, o incluso de las gotas de rocío que, con sus tintes irisados, parecen fundirse en el aire. Al mismo tiempo, me parece interesante comprobar que usted, Kawabata, el autor de País de nieve, esté también relacionado con una forma de belleza luminosa, como si recordara la agudeza y el brillo de su juventud, en el sentido del movimiento “nuevas sensaciones” (7). Algunas páginas también me hicieron pensar en su relato “ilusiones de cristal” (8). 

Por otra parte, me impresionó, como ya le dije, cuando evoca temas en apariencia de una gracia extrema, cómo lanza a veces en los giros de una frase, ciertas reflexiones, en especial, sobre el lazo predestinado y aterrador que existe entre una literatura y su época, o sobre el uso inquietante que hace Kyoshi (9) del “bastón” al convertirlo en objeto de uno de sus poemas.

Pasando a otro tema, el otro día, cuando me propuso muy gentilmente escribir algo para mí obra que se representa en el Teatro Imperial, no acepté enseguida esta proposición, pero tengo la sensación de no haber sido lo bastante explícito sobre las razones de mi rechazo, y esto me preocupa. En realidad, mi reacción estaba ligada a circunstancias internas de este teatro, que terminaron por producir una reorganización del personal: ya hacía un tiempo que la actividad se había vuelto lenta y Kikuta Kazuo, responsable de esta situación, abandonó el cargo de director que ocupaba, para ser reemplazado en la primavera última, por uno de los administradores, Amamiya (encargado hasta ahora de estudios de cine); el proyecto de representar mi obra La terraza del rey leproso (10), que yo había defendido ante Kikuta, cayó en este período de transición. Ahora bien, el personal de Toho (11), tiene un terrible espíritu burocrático, y como temían que, si colaboran a la ligera en la realización del programa elaborado por Kikuta, y éste tuviera éxito, quedarían mal con Amamiya, pusieron todos sus esfuerzos en la primera obra prevista a partir del otoño por Amamiya: Los espectros de Yotsuya (12) (Con Miki Norihei en el papel de Iemon y Kyozuka Masako ¡¡¡en el de O-iwa!!!); ante esto, juzgaron muy ventajoso, por prudencia, deshacerse en quejas contra la programación de Kikuta que, según ellos, “no atraía público”. La terraza del rey leproso no tardó pagar los costos de este pequeño juego, circuló el rumor de que “las colectividades no reservaban entradas para un espectáculo con título tan malsano”, y la Toho, lejos de poner un mínimo esfuerzo para promocionar la obra, prefirió darla por muerta. 

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Con semejante clima, sabía bien, a pesar de la alegría que había dado su amable proposición, que la Toho no estaba dispuesta a recibirla con agrado, y temí que todo esto no le daría más que problemas, de ahí mi lacónica respuesta del otro día. Por otra parte, estaba tan furioso por el comportamiento del personal de la Toho, que no he puesto los pies en el teatro, ni siquiera para la última representación. No fue muy gentil para los actores, pero, en fin… 

Permaneceré aquí, en Shimoda, hasta el 16; el 17 vuelvo a las Fuerzas de Autodefensa, donde tengo la intención de quedarme hasta el 23 para verificar los resultados de un mes de entrenamiento al que han estado sometidos los estudiantes nuevamente reclutados. Hace cuatro años que, a pesar de las burlas, me dedico a preparar lenta, pero firmemente, la llegada del año 1970. La idea de que esto se pueda juzgar patético, me disgusta, prefiero incluso que se lo considere caricaturesco, pero por mi parte, es la primera vez en mi vida invierto tantos esfuerzos físicos y mentales, y tanto dinero, en un movimiento concreto. Quizás este año 1970 no sea más que una estúpida ilusión. Pero no me he lanzado a esta empresa apostando –aunque sólo tuviera una posibilidad en un millón- a que no resultara. Espero realmente que pueda estar presente en el desfile del 3 de noviembre (13).

Digo cosas cada vez más tontas, que seguramente le harán sonreír, pero de lo que tengo miedo no es de la muerte, sino de qué será del honor de mi familia después de mi muerte. Si alguna vez me sucediera algo, supongo que el mundo lo aprovecharía para sacar sus dientes, marcar mis menores defectos y hacer trizas mi reputación. Esto me da igual que si se burlaran de mi estando vivo, pero la idea de que se rían de mis hijos después de mi muerte me resulta insoportable. Seguramente usted es la única persona que puede preservarlos de esto, así pues se los entrego completamente para el futuro. 

Sin embargo, también es muy probable que todo esto no conduzca a nada, que todos estos esfuerzos y sudores se reduzcan a la nada, que todo quede en el cansancio del renunciamiento, por otra parte, para un espíritu dotado de sensatez, esta hipótesis es la que tiene más posibilidades de suceder (¡noventa por ciento, sin duda!), y no obstante, me rehúso a mirar esta realidad de frente. Es inevitable que algunos me acusen de huir de la realidad, debido a mi egoísmo, que las caras gordas de los realistas con anteojos. 

Espero tener la ocasión de verlo en el otoño.

Con mis respetuosos saludos, 

***

Utsukushii nihon no watakushi: se trata del texto del discurso pronunciado por Kawabata en Estocolmo en diciembre de 1968, en ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura. Publicado en diversos diarios japoneses el 16 de diciembre de 1968, luego fue editado por Kodansha en 1969. 

Bi no sonzai to hakken: en este breve ensayo sobre la estética japonesa tradicional, publicado en mayo de 1969, en el diario Mainichi Shimbun, y luego editado en julio del mismo año por Mainichi Shimbunsha, Kawabata retoma el texto de una conferencia que había pronunciado el 1º d emayo de 1969 en Honolulu, adonde había ido por invitación de la Universidad de Hawaii. 

Shimoda: véase supra nota 285 página 245. 

“Itaria no uta”: cuento publicado en enero de 1936 en la revista Kaizo, luego, en junio de 1937, fue incluido por ediciones Sogensha, en la recopilación País de nieve (Yukiguni). En un hospital de Tokio donde un médico, quemado gravemente por una explosión en un laboratorio, muere; su asistente, también herida con quemaduras, recuerda los proyectos que habían soñado juntos. La “canción de Italia” que empieza a tararear se convierte así en el símbolo de la serena voluntad de continuar viviendo a pesar de todo. 

Cuentos de Ise (Ise monogatari): esta obra, que data aproximadamente de la primera mitad del siglo X, inaugura el género uta monogatari, “relato poético” en el que se entrelazan tanka (poemas cortos de treinta y una sílabas) y textos en prosa. Cada una de las muy breves anécdotas de esta recopilación, sirve para valorar uno o más tanka, casi todas están dedicadas a las aventuras galantes de Ariwara no Narihira (825-880), célebre poeta y hombre de corte, que muy pronto se convirtió por sus proezas amorosas en un verdadero personaje de leyenda. 

Genji monogatari: compuesta en los primeros años del siglo XI por una dama de la corte imperial, Murasaki Shikibu, esta historia comprende cincuenta y cuatro capítulos que relatan la vida y los amores del príncipe Genji, y luego, las de su hijo Kaoru. La sutileza de sus análisis psicológicos, la vivaz pintura de la sociedad de la aristocracia de la época y la elegancia de su estilo, la convierten en una obra maestra de la literatura mundial. 

***

Prefacio de Diane de Margerie 

Traducción de Liliana Ponce 

Correspondencia (1945-1970). Buenos Aires. Emecé. 2003. Págs. 192-196. 

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