Cartagena Festival de Música: la historia de un sueño

Julia y Víctor Salvi sabían de música y ese conocimiento fue el camino para construir una absoluta transformación cultural y social.

Julia Salvi y Fidel Cano durante el conversatorio “Diez años de Festival”, ayer en el hotel Santa Clara. / Wilfredo Amaya

En el décimo aniversario del Cartagena Festival Internacional de Música, no puedo dejar de pensar en aquella tarde lluviosa de habrá de ser unos once años cuando Julia y Víctor Salvi entraron a las oficinas de El Espectador con una decisión tomada.

Porque no llegaron ese día a pedir opiniones, ni siquiera apoyo, no. Iban a compartirnos lo que iban a emprender, sí o sí.

Quienes los escuchamos aquella tarde quedamos cautivados por lo que nos pareció más un sueño que un proyecto, pero además un sueño que lucía más bien irrealizable, con altas probabilidades de fracasar. Y, sin embargo, supimos de inmediato que queríamos estar a su lado para siempre. Era una idea tan afín, tan parecida en sus propósitos y compromiso a El Espectador, que esa unión era apenas natural, como lo ha sido en estos diez años.

Cartagena en época de vacaciones y celebraciones de comienzo de año, que allí —como en casi toda Colombia— son sinónimo de bullicio, baile, licor y, no pocas veces, trompadas, no parecía el mejor escenario para imponer un festival de música, de música culta, de alcance universal. Menos lo parecía que esta música de primer nivel mundial, elitista por lo mismo, pudiera servir como instrumento de integración social en una de las sociedades más desiguales de un país tan desigual como Colombia.

Pero esta gente del Festival se las trae. Y en esas condiciones nada favorables han dado un ejemplo de tenacidad y un mensaje de optimismo al país sobre cómo sí se puede transformar a una sociedad, cuando se quiere y se tienen claras las metas.

No me refiero solamente a la sabia combinación del Festival de Música con los proyectos que en paralelo desarrolla la Fundación Salvi. Esa transformación directa de los programas sociales, a través de la lutería o los talleres con los maestros visitantes, es un aporte enorme y efectivo, claro. Pero acaso sea mayor ese ejemplo y ese mensaje: que a través de algo tan natural como la música es posible cambiar la mente de las personas, los roles protagónicos en una sociedad, la cultura de un conglomerado, la vida de una ciudad, las aspiraciones de una nación.

Tanto más en el momento histórico que vive Colombia, con la posibilidad real y cercana de poner fin a un conflicto de más de cincuenta años como paso inicial a la construcción de un nuevo país en paz. Si cada uno de nosotros tomara este ejemplo de contribuir desde lo que mejor sabe hacer para entre todos generar los escenarios de una sociedad nueva, todo ese proceso será más fácil, más rápido, más sólido.

Es el poder del conocimiento aplicado a causas superiores. De lo que Julia y Víctor sabían era de música, pero ese fue el camino para, sobre ese conocimiento, construir una absoluta transformación cultural y social. Y por eso esto que sucede en Cartagena cada enero no es tanto un festival de música de primer nivel, que lo es también, como un medio para que la mejor música del mundo sirva para permitir que un pueblo evolucione.

Una imagen me hizo entender de manera clara esa esencia. Salíamos una noche de un concierto en el Teatro Heredia (perdón, tengo ya muchos años para cambiarle el nombre a lo que siempre ha sido para mí el Teatro Heredia), y Julia Salvi salía entre afanada y risueña. “¡Qué vergüenza con ese piano!”, me dijo al paso. Con mi discretísimo oído musical, nada había notado, pero luego, hablando con conocedores, entendí que la maestría del pianista se había perdido en un instrumento ya imposible de afinar: el mejor piano en Cartagena.

Esta situación, que en cualquier festival que, como este, haya logrado y aspire a estar entre los grandes festivales del mundo, al que asisten artistas con reconocimiento universal, hubiera podido ser una calamidad mayor. No, en este festival fue, sí, una situación incómoda, pero al final quedó apenas como una anécdota más de las dificultades que se tienen que enfrentar para que todos los propósitos de este festival se cumplan.

Y llevan diez años cumpliéndolos. Los amantes de la música culta disfrutan de un festival de primer nivel, así a veces la infraestructura no dé la talla o el bullicio de las festividades se alcance a escuchar al fondo. Los jóvenes de Cartagena, y de la región, comenzaron a tener unos referentes muy distintos para seguir y a encontrar oportunidades alrededor de la música que antes eran inimaginables. El país tiene en frente un ejemplo para seguir de cómo los sueños se hacen realidad. ¿Se puede esperar más?

Bueno, apenas van diez años del Festival, y esta gente se las trae.

* Director de El Espectador.

 

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