Casi pájaros (Cuentos de sábado en la tarde)

— Ya vienen

— ¿Cuánto tiempo tenemos?

— Cinco, máximo diez minutos si vienen solamente esos. 

Cortesía

— ¿Cómo así?

— Pueden venir más por otras calles. A esos malparidos les gusta rodearnos.

— Entonces tenemos menos tiempo. 

— Es lo más probable.

— ¿Qué hacemos?

— Creo que lo mejor es salir ya y buscar a la gente.

— ¿A cuál gente, güevón? Ya los debieron de haber matado a todos. Se deben de estar llevando los cuerpos.

— ¿Será?

— Es lo más probable.

— Jueputa. Bueno. En todo caso, lo mejor sigue siendo huir y buscar una casa segura. Hay varias cerca. 

— ¿Cómo sabes?

— Man, es una explicación muy larga y tenemos a los tombos encima. Luego te explico.

— Está bien. ¿Por dónde salimos entonces?

— En la cafetería hay una ventana que da a la calle de atrás. Por ahí es mejor. 

— Vamos.

 

— ¿Qué putas haces?

— ¿Cómo que qué putas hago? Cogiendo armas por si nos toca defendernos. 

— Parce, eso son cuchillos de cocina. ¿De verdad piensas irte de frente contra un grupo de tombos armados, entrenados y cubiertos con un cagado cuchillo de cocina?

— Pues, idealmente, no. Pero no creo que esto clasifique como una situación ideal.

— Maldita sea, coge pues el cuchillo y vamos que de todos modos no va a servir pa' ni mierda cuando nos disparen.

— Tú solamente imagínate un momento glorioso en el que justo antes de morir baleados, logramos herir al menos a un tombo de esos, le cortamos la garganta o algo, y con nuestro último aliento lo vemos mirarnos morir mientras muere.

— Salta. Dios mío, ¿cómo puedes ser tan amable y tan sanguinario al mismo tiempo?

— Soy un ser de virtudes paradójicas. ¿Para dónde?

— Dos calles hacia arriba y luego a la derecha. 

— ¿Adónde vamos?

— Vamos a una casa segura, pero tenemos que dar una vuelta larga. Seguro hay gente siguiéndonos.

— Pensé que querían era matarnos.

— Eso quieren, pero sólo si nos encuentran de frente. De resto, siempre hay gente vigilando, siempre hay alguien tomando fotos, grabando videos. Siempre hay alguien en una ventana listo para filmar, que luego sube el video a sus redes sociales y queda para siempre deambulando en internet, y entonces, cuando nos cogen y nos matan, y por alguna razón tienen que dar explicaciones sobre nuestra muerte, solamente tienen que buscar algunas fotos y videos que permitan "probar" que somos "vándalos".

— ¿Pero son espías o qué?

— No. Eso es lo peor. Es gente que cree que está haciendo lo correcto. 

— Yo no entiendo la gente por qué es tan estúpida. ¿Qué hijueputas les cuesta pensar un poquito más y darse cuenta de lo

— Quieto.

— ¿Qué pasa?

— ¡Shhh!

 

— Ya se fueron. Vamos. Subamos por acá.

— Conté ocho. 

— Seguro hay más. La pregunta es dónde. 

— Lo más probable es que estén patrullando por manzanas. Nos toca tener cuidado en las esquinas. ¿Cuánto falta para llegar?

— Aún queda camino.

— Jueputa. ¿Por dónde?

— Por acá. ¿Tienes miedo?

— Estoy cagado del susto. ¿Tú no?

— Obvio. Tengo miedo de no volver a ver a Eduardo.

— Me pasa lo mismo con Susana.

— ¿Qué crees que estén haciendo?

— Eduardo debe estar decidiendo qué ponerse mañana.

— Es casi medianoche.

— Es lo último que hace antes de irse a dormir. ¿Tú qué crees que esté haciendo Susana?

— Me está esperando. Le dije que iba a volver.

— Lo más probable es que le incumplas.

— Yo sé.

— Qué miedo. Llegamos a la parte más difícil. Por aquí siempre hay muchos tombos. Si logramos pasar por acá, lo más probable es que logremos llegar al refugio.

— Ojalá lo logremos.

— Vamos. Hablemos pasito.

— ¿Tú crees que podamos ganar algún día?

— ¿Ganar?

— Ganarles a ellos. Al partido de gobierno. Al presidente. A sus ideas terribles. A su maldad.

— Yo creo que sí. ¿Tú no?

— Yo quiero creer que sí, pero la verdad es que lo veo casi imposible.

— ¿Por qué?

— Porque ellos están hondamente instalados en nuestras almas.

— ¿Cómo así?

— Tú mismo lo dijiste: las personas que nos están filmando o tomando fotos, y que las suben a internet, están convencidas de que están haciendo lo correcto. Eso quiere decir que el partido de gobierno ha logrado crear un sentimiento moral en el que muchos encuentran sentido más allá de lo razonable. Por eso es que la gente que apoya al partido es tan estúpida. Alguien les hizo el trabajo de definirles el mundo, y ahora son solamente ganado. Alguien les dijo cuáles eran las categorías con las que tenían que entender la vida. Alguien les armó un espacio de sentido en el que pueden moverse con tanta libertad que les es imposible notar hasta qué punto están sometidos. Ellos van por la vida odiándonos porque en ese espacio de sentido que les creó el partido de gobierno, odiarnos es lo moralmente correcto, y entre más intensamente nos odien, más realizados se sienten. Cuando nos matan, cuando nos desaparecen, ellos, secreta o públicamente, se alegran, porque para ellos no es más que la vida siendo lo que debe ser.

— Metámonos por acá. Cuando dices "las categorías para entender la vida", ¿te refieres a "vándalos"? 

— Me refiero a todas las que han usado en los últimos veinte años, y que nos han traído a este momento: "comunistas", "terroristas", "guerrilleros", "izquierdosos" y, ahora, "vándalos". En el momento en que la gonorrea del presidente logró consolidar ese espacio de sentido, hace veinte años, hacerlo crecer fue muy fácil. Cada nueva palabra, cada nueva categoría amplió ese espacio. Esos hijueputas crearon sentidos para la gente, les crearon aspiraciones morales. Ellos se sienten moralmente realizados cuando

— Silencio.

 

— Ya se fueron. 

— Esa patrulla estaba más grande. ¿Crees que nos estén buscando?

— Es lo más probable. Te dije que por aquí había muchos tombos.

— ¿Y ahora por dónde?

— Vamos por acá. Ya casi termina lo peor. Termina de decir lo que estabas diciendo.

— ¿Qué era?

— Lo de la realización moral de los gobiernistas.

— ¡Ah, sí! Cierto. Decía que esos hijueputas se sienten moralmente realizados cuando nos odian, cuando nos denuncian, cuando nos matan. Para ellos tiene sentido. Para ellos es el curso natural y correcto de la vida, y por eso es tan difícil razonar con ellos. A veces ni mostrándoles los barrotes de su cárcel les entran deseos de liberarse. Por eso creo que es tan difícil que lleguemos a ganarles: es muy difícil renunciar a las cosas que les dan sentido a nuestras vidas, por horrorosas que sean.

— Qué terrible. 

— Sí, pero también es un acto grandioso.

— ¿Grandioso? ¿Te parece grandioso que tengamos que estar escabulléndonos en medio de la noche para que no nos maten unos hijueputas tombos?

— Me parece grandioso el hecho de haber logrado consolidar una dictadura en la que la mayoría de la gente hace la voluntad del dictador no por coerción, sino por decisión propia. Ese malparido logró hacer coincidir libertad y sometimiento. No es cualquier cosa, y aunque sea moralmente un asco, no deja de ser un acto de brillantez muy hijueputa.

— Tienes razón. Si logramos cruzar estas dos calles, es casi seguro que nos salvemos.

— Tengo una pregunta.

— Dime.

— ¿Cómo hacen para reconocernos en los videos y las fotos si tenemos las caras tapadas?

— Lo más probable es que tengan algún tipo de inteligencia artificial que nos

— Ahí vienen.

 

— ¡Uf, jueputa, casi nos cogen! Nos vi morir por un momento. 

— Habría sido una oportunidad perfecta para usar nuestros cuchillos.

— Parce...

— ¿Parce qué? Si igual nos van a matar, es mejor morirnos peleando.

— Nosotros somos artistas, marica. Somos escritores. No nos moriríamos peleando. Nos moriríamos haciendo el oso porque a duras penas vamos al gimnasio y cuando no estamos corriendo por nuestras vidas porque nos cogió el toque de queda, estamos sentados.

— Está bien, está bien. Nos morimos haciendo el oso pues.

— Tal vez no nos muramos. Mira que ya pasamos lo peor. De aquí a la casa segura son diez minutos, y por aquí no suele haber tantos tombos.

— Vamos entonces.

 

— ¿Escuchaste eso?

— ¿Qué?

— Pasos. Pasos de marcha.

— Pensé que dijiste que no había tombos por acá.

— Dije que no suele haber tantos tombos por acá. 

— ¿Qué hacemos?

— Vamos por acá y ojalá tengamos suerte.

— Parce, también hay tombos por este lado. Nos van a coger.

— ¿Tienes tu celular?

— Sí, pero tú sabes que esos hijueputas tienen detectores de señal. En el momento en que mandemos un mensaje sabrán exactamente dónde estamos.

— Igual nos van a encontrar. Hay demasiadas patrullas. Cambiaron las rondas.

— ¿Nos vamos a morir?

— Sí. Nos van a matar, para ser precisos.

— ¿Y entonces para qué el celular?

— ¿No quieres avisarle a Susana?

— ¡Ah, jueputa! Sí, claro que quiero. ¿Cuánto tiempo crees que tengamos antes de que nos encuentren?

— Yo diría que dos o tres minutos, no más.

— ¿Mandamos una nota de voz?

— Es lo mejor. Pero primero (no puedo creer que vaya a decir esto), pásame uno de los cuchillos. 

— ¿En serio? Pensé que no querías morirte haciendo el oso.

— No quiero morirme, pero no hay más opciones. Y pues tienes razón en que es mejor morirse peleando, así seamos patéticos.

— ¡Ja! Está bien. Toma pues. Aquí está el celular. ¿Listo?

— Listo.

— Amor, soy yo. Perdóname. No voy a volver. Los tombos nos rodearon. Estoy escondido con David, pero en cualquier momento nos van a descubrir. Nos vamos a morir. Perdóname por no volver. Te amo. Te amo. Te amo. Fui feliz contigo. Gracias por todo. Adiós. Dave tiene un mensaje para Eduardo, ¿estás listo, Dave?

— Sí. Hola Susi, ¿podrías decirle a Eduardo que lo amo? Dile que he sido feliz estos años con él y que me duele mucho dejarlo. Dile también que por culpa de tu novio nos vamos a morir haciendo el ridículo porque el muy idiota cree que con un par de cuchillos de cocina podemos enfrentarnos a un escuadrón de tombos armados.

— ¡Amor, tú sabes que tengo alma de ninja!

— Imbécil. En fin. Edu, amor, te amo. Perdóname por dejarte. Gracias por todo. Te deseo suerte. Y a ti también, Susi. Gracias de antemano. Y perdóname también.

— Listo. Se fue el mensaje.

— Marica, de una se escuchan los pitidos de los detectores. No demoran en llegar. No quiero morirme.

— Yo sé, man. Yo tampoco, pero es lo que hay. Además, míralo por el lado bueno: tendremos un duelo a muerte con cuchillos.

— Qué chiste tan ñoño y tan idiota.

— Pero te reíste, así que no estuvo tan malo.

— Man, de verdad no quiero morirme. Tengo miedo.

— Yo sé. Yo también. Pero piensa en esos versos de Bolaño.

— ¿Cuáles?

— Los últimos de ese poema que se llama "Godzilla en México". Luego de morir, el padre y el hijo tienen una conversación: "¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después, / ¿hormigas, abejas, cifras equivocadas / en la gran sopa podrida del azar?" Y el padre le responde: "Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros, / héroes públicos y secretos."

— "Casi pájaros".

— Casi pájaros. ¿Listo?

— No, pero vamos.

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Miguel Hernández Franco

Cultura

Casi pájaros (Cuentos de sábado en la tarde)

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