Cero en mediocridad

La más reciente novela del escritor colombiano describe la encrucijada en la que se estacionó la llamada generación zombi.

Luis Noriega vive en Barcelona, España, desde hace 15 años. Su primera novela fue ‘Donde mueren los payasos’. / Cortesía Penguin Random House

Luis Noriega vive en una casa tomada. Los dos hijos de Luis disponen del piso, donde gatean y corren a su aire. En las paredes mandan los libros y un rompecabezas infinito. En su habitación, Luis tiene un pequeño espacio para trabajar, pero el resto es dominio de María Alejandra, la mujer del escritor. El balcón está ocupado por varias cajas con hojas de morera que alimentan a unos gusanos de seda blancos y ciegos.

Luis es el autor de Mediocristán es un país tranquilo. Una novela asombrosa que describe la encrucijada donde se estacionó la generación zombi. “El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es ‘fracaso’”.

“Supongo que Fracaso también era mi estación de destino, pero de camino allí me detuve en Mediocristán, y descubrí que era un país tranquilo”.

Fracasar es tratar sin conseguir. Su contraparte es el éxito: conseguir tratando. Llevados por la ideología del Imperio, que traza una línea nítida entre winners y losers, intentamos coronar la meta gracias a la lucha o a la suerte. Épica o azar. Dinero difícil o dinero fácil. No parece haber otra salida.

Pero la hay. Basta con renunciar. El que no lo intenta jamás fracasa. Actitud recomendable, si se tiene en cuenta que la épica huele mal y que ganarse la lotería es muy difícil.

La renuncia deliberada a intentarlo es el tema de Luis Noriega. Y de paso, el tema de una generación que creció sin paradigmas.

“Los insatisfechos que no fueron lo que querían ser, ni lo que podían ser. Una generación que para tener a quién echarle la culpa ha tenido que abandonar la comodidad del ámbito familiar y tomar un curso rápido de política de cafetería sobre la falta de oportunidades y las mentiras del Estado de bienestar”.

Luis Noriega se ríe, y mucho. Mediocristán es sobre todo una novela divertida donde el protagonista la emprende contra sí mismo con una tenacidad que termina siendo enternecedora. Para dar un ejemplo: como la política de cafetería no es lo de él, y como le cuesta vivir sin tener a quién echarle la culpa (es decir, sin el amparo o la maldición de un ser superior), el héroe de Noriega termina entregándose a la religión del siglo XX.

“El fútbol es una trinchera en la que todavía tenemos a quién echarle la culpa, sin temor a estar cometiendo un error o, peor, una injusticia. En Colombia, el árbitro; en Cataluña, el Madrid”.

La cosa le funciona a medias, como todo en Mediocristán. Cuando Romario se va, Hagi se jubila y Stoichov deja de meter goles, el protagonista descubre algo aterrador: a él no le gusta el fútbol, a él le gusta que el Barça gane. Entonces...

“Cuando descubres que el mundo es desgraciadamente real y que tú, desgraciadamente, eres quien eres, comprendes (me dicen) que ha llegado el momento de pasar el testigo.

Los cabalistas tienen golems; los científicos locos, Frankensteins; los carpinteros seniles, Pinochos; pero el común de los mortales se conforma con tener hijos”.

Aquí llegamos al centro de la novela de Noriega, al núcleo que la alienta y le da una actualidad deslumbrante. Estando el mundo como está, ¿se justifica reproducirse? Esta es la gran pregunta que enfrenta la generación zombi y no tengo la pretensión de responderla. Pero sí me parece importante resaltarla, porque el porvenir del planeta depende de ella. Supongamos que en un rapto sobrenatural de inteligencia o estupidez los hombres (y de paso, las mujeres) se negaran a tener hijos. Sería el apocalipsis por sustracción de materia. El mundo para las cucarachas y los pobres animalitos, como ya están proponiendo algunos cursis. Y tampoco. Antes de extinguirse hay que lucharla otro rato, la vida merece un esfuerzo adicional. Entonces supongamos algo más cuerdo y con mayor probabilidad de suceder: que sólo los más ricos y/o más “educados” escuchen el llamado de la esterilidad. Un poco lo que está pasando ya, pero llevado al extremo: que sólo los pobres y/o los ignorantes tengan hijos. En menos de una generación, los pilos que se negaron a reproducirse estarán enfrentando unas hordas juveniles de bárbaros salvajes. Entonces habrá que defenderse: giro radical a la extrema derecha en política, la eugenesia como política de Estado y el genocidio como método de contención. La extinción sólo para los más débiles y —desde luego— el colapso del cristianismo y todas sus ramas humanistas. El horror. Pero ese es el problema de hacer ciencia ficción en las miserables condiciones que vivimos: uno termina de un pesimismo muy desagradable.

Entonces es mejor no pensar. O siendo más precisos, es mejor mirar hacia otro lado más amable. Matricularse en una iglesia. Tomársela con suavena. Sonreír. Dedicarse a ser feliz.

“Desde los barrios más bajos de Mediocristán, los colombianos no se cansan de repetir que son uno de los pueblos más felices de la tierra. Y cada vez que alguna encuesta o estudio coincide con ellos, salen a restregárselo en la cara a los incautos que pretenden enseñarles que sin echarse bala y darse puñaladas por la espalda quizá vivirían mejor.

Mejor, tal vez, pero no más felices, dicen”.

Si la búsqueda de la felicidad es una evasión, ¿qué queda? Con el debido respeto por el delirio, quedan la rumba y las soluciones formales. Siempre habrá la posibilidad de organizar una fiesta para olvidarse del mierdero que habitamos. Y para los más “cultos”…

“A la intelligentzia mediocristaní la apasiona la idea de que la realidad es una ilusión y el saber, creencia, y la historia, ficción.

Es el rollo de las mentiras verdaderas y de las verdades mentirosas. Y de las novelas más verdaderas que la vida. Y del arte que en realidad es conocimiento.

Lo que más envidio a las generaciones futuras es que estarán convencidas de que la verdad tiene forma de juego de video”.

Noriega está dejando de ser joven (tal vez nunca lo fue) y se le nota. Pero al contrario de otros escritores colombianos que han encontrado público acudiendo a formas rebuscadas de la nostalgia (escapar en el tiempo), o a contar historias que transcurren en otras latitudes (escapar en el espacio), Luis les pone el pecho a las balas y permanece aquí y ahora, narrando lo que vive y lo que él cree que viven sus compañeros de generación. Su novela no sólo está bien escrita, además se toma el trabajo de hablar de algo que nos importa y de tratarlo con profundidad. Al margen de que lleve más de 10 años viviendo en Barcelona, sigue siendo dolorosamente colombiano y padece la contradicción que nos desgarra, esa quemadura dulce que como el fuego sordo de Cortázar no tiene cura, pero sí su lado cómico.

En las páginas finales de su novela, Luis Noriega nos regala una parábola. Había una vez un tipo que salió a la calle y le cayó una viga encima. La viga no lo mató, pero sí le dejó una advertencia.

“No existe un orden secreto de las cosas, mucho menos un orden ético, nada es justo o injusto, no existen castigos ni recompensas, el universo está regido por el azar.

Lo que pasa sencillamente pasa.

Porque tiene que pasar, porque sí.

Así que el hombre decide abandonar de inmediato su vida actual y vivir de acuerdo con esa revelación.

Cinco años después, ha cambiado de nombre, de familia, de trabajo e incluso de aficiones, pero su nueva vida no es muy diferente de la que tenía antes de la historia de la viga”.

Como interpretar parábolas es un oficio desagradecido, me limito a observar que es difícil renegar del determinismo. Muerto Dios, quedan las mañas y sobre ellas siguen las ruinas de una cultura que se niega a colapsar. Tal vez no haya nada para el hombre en el futuro, pero el imperativo biológico sigue ahí, pulsando e impulsando.

Pero basta de filosofía barata, llegó el precario momento de concluir. Como no tengo ninguna verdad que ofrecer, no tengo más recurso que hablar en primera persona y ponerme irracional. Yo no sólo tuve hijos, sino también nietos, y me cuesta imaginar la vida sin ellos. Soy un defensor ciego de la reproducción. Pero entiendo que otros puedan pensar distinto y —sobre todo— no quiero contar el final de la sorprendente novela de Noriega. Así que paso de seguir opinando sobre este texto maravilloso y me conformo con advertir que cuando es imposible creer, basta con querer creer.

 

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