Chaparro está en la misma nube de Jagger

Rafael Chaparro Madiedo se ganó el Premio Nacional de Literatura en 1993 con “Opio en las nubes”. Tres años después, el lupus lo durmió para siempre. Tras su muerte, Tropo Editores publicó una recopilación de sus textos periodísticos, en los que la música siempre está viva y protagonizando.

Ilustraciones del libro “Un poco triste, pero más feliz que los demás”, una recopilación de cuentos de Rafael Chaparro Madiedo. / Imáganes: Tobías Arboleda

Un poco triste, pero más feliz que los demás, es producto del esfuerzo de Alejandro González Ochoa en compilar veinte artículos escritos por Rafael Chaparro para el diario La Prensa y la revista Consigna. El libro fue publicado en 2013 y las ilustraciones estuvieron a cargo del artista plástico Juan David Jaramillo, quien también dio color a las vidas de Amarilla y Pink Tomate en Opio en las nubes.

Chaparro siempre escuchó rock y sería más preciso decir que lo vivió: Chaparro siempre vivió el rock. Lo llevaba en las venas, lo sentía en las entrañas, le tocaba el alma. Y el rock cuenta historias de la misma manera que lo hizo el periodista bogotano: impredeciblemente, sin ningún canon superior que dictamine cómo debe hacerse, sin pirámide invertida, sin comodidades, con saltos e intencionalidades, sin una línea temporal, con silencios y gritos, saliéndose del margen y dejando la inigualable sensación de saberse vivo.

De los veinte relatos compilados en el libro, el rock se hace explícito en varios: Gasolina en el corazón, en la misma nube de Jagger, Ocho, In utero, Jim no ha muerto.

Chaparro y yo tenemos algo en común. Él desde los diez años fue atacado por un extraño virus. A mí también me atacó una noche mientras mi papá tocaba guitarra; mi vida apenas había dado seis vueltas al sol. De esa virosis él no quiso curarse nunca y tampoco creo que lo haga yo. La gripa Stone produce pulso alterado al escuchar Satisfaction, la trata Mick Jagger y permite “soportar la insoportable levedad del ser, esa insoportable levedad de levantarse todas las mañanas con las tripas pegadas al corazón, esa insoportable levedad de tener pesadillas en el núcleo negro del asfalto, esa insoportable levedad de explotar en la mitad de la ola amarilla del calor, esa insoportable levedad de morir cada día en la confusión azarosa de los días” (pp. 14).

La gripa Stone fue apenas la primera enfermedad que le permitió a Chaparro vivir mientras moría, después vino el virus de Zeppelin, que produce tristeza en la boca del estómago y va regando veneno por el cuerpo. Por último lo atacó el coctel Rimbaud-Morrison puertas cochinas; y así vivió mientras moría con la asistencia del doctor Rock y la sobredosis de letras literarias que se mezclaban con arpegios hasta que no se sabía dónde terminaban unas y empezaban los otros.

Mick Jagger es sin duda la gran adoración de Chaparro por ser capaz de hacer lo que tantos queremos y no nos atrevemos: subirse a una nube, sacar a los demás y mandar a la mierda hasta la vida misma, a la mierda tú, y tú, y esto, y aquello, también tú para la mierda. Chao, chao. Y cómo no va a adorar a Jagger si gracias a él “la cerveza y el whisky me saben diferente” (pp. 21).

Cuando el rock no protagoniza la historia, es el telón de fondo, pero nunca está ausente porque la música es algo que se re-vive a diario y en cada paso. El rock encuentra la manera de inmiscuirse en todo tipo de aspectos ajenos al musical en los escritos de Chaparro. Por ejemplo, en Pequeña revolución en bicicleta, Chaparro narra su apoyo juvenil al FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) en Nicaragua mientras montaba bicicleta, fumaba contrabando y escuchaba a The Beatles.

“De algún modo especialmente extraño y misterioso sentíamos que la música de los Beatles ayudaría a aquellos muchachos del FSLN a derribar a Somoza” (pp.12). “Hey jude ya estaba en su clímax cuando los Beatles empiezan a cantar con su ‘nananananana…’ y fue cuando supimos que el grueso ejército sandinista ya estaba entrando a Managua” (pp. 13). La revolución sandinista vivida desde Colombia, acompañada por la revolución musical británica y por el humo de unos Marlboro clandestinos.

También se funden Chaparro y The Beatles con la política en el trágico 11 de septiembre latinoamericano. “Ya en esa época conocía algo de la música de los Beatles, que compartíamos con un vecino; coloqué Help, Let it be, una y otra vez, hasta el cansancio. Mi pequeña alma infantil se iba haciendo, cada minuto que pasaba, con cada descarga que sonaba, muy insignificante. Un dolor ridículo me apretó el estómago. Vomité. Otra vez Let it be. Ese piano y esa guitarra sonaron aquel día desgarradoras. Ya en la noche todo parecía estar decidido: mi puntería se había agotado definitivamente y mi querido viejo Allende ya estaba muerto, sepultado por eternas cenizas de brutalidad” (pp. 24).

En Un poco triste, pero más feliz que los demás Chaparro muestra al mundo que ni la Parca podrá borrar su nombre, porque su manera de sentir la vida era tan peculiar que ni con la muerte se acaba, y encuentra la manera de hacer que su pasión por la música se deje sentir en cada poro del papel impreso, en cada átomo de vida.

*Estudiante de periodismo, Universidad Javeriana (Bogotá).

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