Chapolo y sus ganas de volver a morir (Cuentos de sábado en la tarde)

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Yo: Cachaco le propinó un solo tiro en el pecho. Según el médico forense, el arma manipulada fue una escopeta clásica calibre doce, cuyo impacto de bala se alojó en el costado izquierdo de la cavidad torácica, más exactamente en el corazón, partiéndolo en mil pedazos.

–Muerte fulminante –concluyó.

Mataron a Chapolo, fue la noticia.

Chapolo:

Entré al establecimiento a pedir otra cerveza fría. El pedido había que pagarlo por adelantado, así que puse el dinero sobre el mostrador. El sábado era caluroso a pesar de no haber llegado aún al mediodía. Cachaco se dirigió al enfriador, se inclinó para sacar la cerveza. –Creo era la última –colegí, porque introdujo medio cuerpo para agarrarla. La destapó mirándome fijamente a los ojos, así como miran los pescados cuando los venden en la playa: sin pestañar. Tuve el leve presentimiento de que ya sospechaba lo que pocos en el pueblo sabían. Antes de entregármela. bajó del estante una escopeta recortada, la activó con la cerveza en la mano, y sin mediar palabras me disparó en el pecho. No tuve tiempo de reaccionar, ni siquiera de pensar que podía ser una broma de las que solía hacerme. Intenté pellizcarme para descartar que fuera un sueño, pero ¡qué va!, era de verdad, me había matado. Mis esfínteres se aflojaron, pude sentirlo dentro de mis calzoncillos. Logré ver un poco borrosos los rostros de la gente que se acercaba a verme; me angustié por un instante al notar que no me prestaban primeros auxilios. Julio, el amigo con el que me tomaba las cervezas, fue el único que me auscultó; se agacho, sentí que me abrió el ojo izquierdo, lo sopló y exclamó en voz alta: –¡Está listo! No va más al baile”. Fue allí donde caí en la cuenta de que no había nada que hacer, pero también tuve tiempo de meditar en lo que dijo Julio, que la vida no es más que un baile.

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Mi óptica cambió de ángulo (había muerto). Ahora veía mi propio cuerpo (valga el pleonasmo), estaba tirado como cualquier cosa sin valor y sin dueño. Mi camisa predilecta, la blanca de florecitas débiles, estaba teñida totalmente de rojo.

Cachaco se había fugado con la escopeta, la cerveza, la mujer y sus dos hijos. Los vieron correr y emprender la huida.

La multitud fue abriendo un largo camino para que pasara Leandra, mi esposa. Sus pasos descalzos y desesperados se detuvieron al verme tendido. Con las manos en la cabeza, gritó: –Me lo mataron. Entonces fue llegando mi familia, una a una. Pude ver a mi madre arrodillada. Llorando. Se acercó a mi oído y me dijo algo. Debió preguntarme ¿por qué te mató Cachaco?

Leandra:

Bien temprano, y antes de irse para la calle, me había dicho que le sacrificara dos gallinas de las más gordas, una para hacerla en sopa y la otra en escabeche.

–Con bastante mazorca –me dijo.

Antes de salir, me dio una palmada en la nalga. Fue la última vez que lo sentí vivo. Siempre fue ese el preámbulo de una noche dura para mí. Le gustaba hacérmelo hasta que me ardiera.

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Cuando el almuerzo estuvo listo, me dispuse a arreglar la mesa para esperarlo. Fue en ese instante cuando que vi llegar un tumulto de gente al porche de la casa; todos con gesto de tragedia en su rostro, pero nadie dijo nada. Sin embargo, alguien en la calle gritó: –Cachaco acaba de matar a Chapolo. Quienes fueron a darme la noticia no tuvieron necesidad de pronunciar palabra alguna. De inmediato, y a pie descalzo, salí corriendo como alma que se lleva el diablo. Me dirigí a la tienda de Cachaco, ya en ese momento todo el pueblo se encontraba en el sitio de los hechos, y sentí lo mismo que debió sentir Moisés cuando el mar se abrió para que pasara junto a su pueblo. El mar de gente se abrió para que pasara con mi dolor. Cuando lo vi tendido en el suelo, bañado en sangre, con la camisa que más le gustaba teñida de rojo, sentí caerse la estantería de mi vida. El mundo se derrumbó a mis pies como si fuera el final de una película hermosa y el comienzo de otra llena de dolor, con los mismos protagonistas. Tuve ganas de morir en ese instante para alcanzarlo en el camino a la muerte, pero recordé las palabras de mi abuela cuando decía: “Dios termina haciendo lo que le da la gana y uno aceptando su antojo divino”.

Yo:

El cuerpo fue velado en casa de su madre. Lo sepultarían el domingo después de misa de nueve porque los domingos suele llover de tarde; y si el muerto fue bueno. con más razón. Los comentarios llenos de especulaciones no se hicieron esperar: algunos decían que por una deuda, otros que Chapolo fue el ladrón que se había robado, dos sábados atrás, la moto de Cachaco. Hasta llegaron a decir que ambos eran marido y mujer.

El domingo amaneció triste como todos los domingos en cualquier lugar del mundo. Leandra lloró toda la noche al lado de su muerto, asumiendo su papel de viuda con todo el rigor posible. Vestida completamente de negro, ya no tenía lagrimas con que seguir llorando,  entonces pidió agua de sal con gotitas de limón para echarse en los ojos y no defraudar al difunto.

–Los muertos son para llorarlos –dijo a gritos.

Veinte minutos ante de llevar el cuerpo a la iglesia, a recibir la última bendición en cuerpo presente, entró Josefina Segunda al lugar donde Leandra se encontraba llorando con unos ojos que parecían dos presas de carne cruda. Josefina era sobrina de ella, hija de su hermana mayor ya muerta. La sobrina camina con paso diligente y certero hacia ella, se inclina y le emite un largo secreto en el oído, protegido por sus dos manos. El mensaje termina por cambiar la historia del sepelio. Lo vi con mis propios ojos (valga el pleonasmo nuevamente). Al recibir Leandra el mensaje de su sobrina, sus músculos faciales se fueron transformando, su gesto de dolor desapareció y asomó uno de ira exponencial; sus lágrimas brotaron sin ayuda de salmuera, su barba se movía en ráfagas convulsas; pidió que le abanicaran el rostro para tomar aire. No transcurrieron quince segundos cuando con sus dos manos separó a su sobrina, tirándola sentada en las frías baldosas. Se dirigió al féretro, con la palma de la mano le dio un golpe al vidrio que servía de ventana directa con el rostro del difunto, reventándolo, y luego metió sus dos manos hasta encuellar a Chapolo.

Chapolo:

Aún podía ver mi cuerpo dentro de ese estuche de madera. Toda la noche le hablé a Leandra para intentar calmarla, pero la voz del muerto es muda. Temí que llegara el momento crítico, nunca imaginé que se supiera la verdad, sentí ganas de morirme de nuevo…, no había nada que hacer: la bomba había detonado.

Josefina Segunda:

Varios miembros de la familia decidimos ir al lugar de los hechos a recoger evidencias y confrontar lo dicho por las autoridades. Esculcamos todos los rincones de la tienda y de la casa, que se comunicaban por un zaguán tapizado con calendarios de imágenes de mujeres desnudas. Me dirigí a la gaveta donde Cachaco guardaba el dinero y allí encontré una carta escrita firmada por él, explicando por qué había decidido terminar con la vida de Chapolo…, y aquí en confianza, di por bien hecha la decisión tomada por Cachaco. Entonces me dirigí rápidamente a informarle a mi tía la verdad de lo ocurrido, pues ella necesitaba saberlo, aunque de antemano sabía que, al enterarse, volvería a matarlo. Pensé darle la carta después del sepelio, pero le quise evitar una exhumación violenta.

Yo:

Leandra insultaba al difunto como si mil demonios se hubiesen poseído en ella: las primeras palabras salieron de su boca.

–Perro inmundo, te tengo que ver en la paila más caliente del infierno.

Mientras, batía el cuerpo como queriendo sacarlo por la ventanita del féretro. A Dios gracias, Chapolo era ancho de espalda. Y prosiguió.

–Me tuviste engañada todo el tiempo, no debiera sepultarte para que te coman gusanos y perros y toda ave de carroña.

Y terminó con un estrepitoso grito: –Te odio, diablo infame.

Nadie intervino en lo acontecido, ni siquiera los familiares de Chapolo, que solo se limitaban a decir:

–En peleas de marido y mujer nadie se puede meter.

La verdad la gritó Leandra antes de abandonar el cadáver.

Leandra:

–¡Así que te le comías la mujer a Cachaco…!

Yo:

–Ese domingo no llovió por la tarde y durante cuarenta domingos consecutivos no volvió a llover.

 

goyoguerreroliteratura@hotmail.com

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