Cheever y la narrativa de la depresión

Nunca será tarde para llegar a los buenos autores. Las trampas del mercado y el esnobismo editorial nos hacen olvidar que la buena literatura ya está elaborada.

John Cheever, uno de los escritores de culto en Estados Unidos, autor de El enorme receptor de radio y La cura, entre otros textos. Cortesía

Leer al hijo y no al padre, aun cuando el padre supera las cualidades del crío, así los comentarios de prensa insistan en lo contrario, es un conflicto que a Cheever le hubiese gustado ilustrar. No en vano se le conoce como el gran crítico del american way of life.

Para quienes no han tenido oportunidad de leerlo, John Cheever escribió novelas que despertaron críticas por la despreocupación en el hilo del entramado. Fue ganador de premios con algunas de ellas, pero si me preguntan yo diría que hay que perderse en sus cuentos. Sus personajes son seres depresivos, melancólicos, ruines, confusos. Sus argumentos se escabullen en matrimonios fallidos, hijos que estorban, estilos de vida repugnantes, hombres clasistas, misóginos irremediables, personas que colindan entre la urbe y el campo. Gente triste, básicamente. Gente que se ubica entre la clase media y la media alta, y otra que deambula en los suburbios. Gente que desquicia esa idea de país de almas felices y correctas que nos siguen vendiendo las películas de Disney.   

Habría que decir que en su narrativa se pueden encontrar pistas de lo que fue su vida. Era una persona que decía odiar en público lo que en privado amaba. Criticaba despiadadamente a los escritores coetáneos a él. Aceptar su bisexualidad fue problemático. Su inclinación al alcohol, “desayuno con vodka”, tampoco ayudaba. Cheever era una persona que se ocultaba, para resumirlo todo. La publicación de sus diarios delatan eso que quiso dejar en su intimidad. Ahí habla de su fracaso en Alcohólicos Anónimos, de su adición a la nicotina, de sus celos, de su envidia, de sus cuentos, de la literatura y de su literatura.  

De los elementos que a mí más me llaman la atención es la espontaneidad con que dibuja los traumas de sus personajes. Alejado del deslumbre de los neoyorkinos de Auster, o de los viajeros de Kerouac, o los decadentes de Bukowski, o de los inspirados por Carver. Porque Carver es un cheveriano puro. Un poco más pulido en la longitud de las frases e incluso del mismo relato. O tal vez no.

Pero no vale la pena detenerse en eso. Continúo. Dijo Cheever: “Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela. El cuento corto tiene en la vida, me parece a mí, una gran función. Es, también, en un sentido muy especial, un eficaz bálsamo para el dolor: en una silla que te lleva a la pista de esquí y que se quedó atascada a mitad de camino, en un bote que se hunde, frente a un doctor que mira fijo tus radiografías… Nos la pasamos esperando una contraorden para nuestra muerte y cuando no tienes tiempo suficiente para una novela, bueno, ahí está el cuento corto. Estoy muy seguro que, en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela”.

Pues bien, qué más que su narrativa breve para ilustrar lo dicho. Y es que Cheever supo cómo darles vida a personajes en escasas páginas. Y cómo dejar al lector tensionado y seco con los agravios del otro. Y cómo volver añicos los paraísos que las apariencias suponen.

Sus relatos son bastos, pero valdría la pena con sumergirse en ‘La geometría del amor’, -selección escogida inteligentemente por Rodrigo Fresán (su lector redomado)-, para entender esto que digo. Ahí encontramos relatos ceñidos por las problemáticas en el núcleo familiar, verbigracia ‘Adiós, hermano mío’; y obsesiones de personas atrapadas por la soledad a pesar de vivir rodeadas, como ‘El enorme receptor de radio’, ‘La cura’, ‘El océano’; y otros más despiadados y crudos; narrados con la ironía y el sarcasmo de quien ha padecido, entre ellos “Una norteamericana culta’, ‘La muerte de Justina’, ‘El ángel del puente’.

Y si la filiación cheveriana ya es inevitable, valdría la pena leer ‘El hombre al que amó y otros cuentos dispersos’, donde se ven las pinceladas de las primeras publicaciones del Cheever posterior a la expulsión del colegio. (Fue expulsado en secundaria; luego, decidió dedicarse a escribir).

 Yo sigo convencido de que la buena literatura es la que problematiza la vida o la que contribuye haciendo zoom en las aristas del problema. Cheever es de esos autores que uno lee para recordar que el mundo no es tan bueno como lo pintan, que son más los tristes que los felices, que esto está jodido, pero vale la pena seguir para ser testigo. Y nutrirse del arte que embellece el caos.

 

 

 

 

últimas noticias