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“Churchill”: enfrentando la irrelevancia

Jonathan Teplitzky dirige este “thriller” basado en hechos reales, escrito por el historiador Alex von Tunzelmann y protagonizado por Brian Cox.

La película muestra la importante decisión en las tensas 48 horas previas al desembarco de Normandía en 1944. / Cortesía

Debo confesar que antes de ver esta nueva versión de la vida de Churchill llevada a la pantalla grande en la figura de Brian Cox, me esperaba otra versión de su crucial papel durante la Segunda Guerra Mundial y unos largos diálogos sobre geopolítica de esos que nos fascinan a los internacionalistas. Sin embargo, me encontré con una reflexión muy íntima, muy humana y sobre todo muy real, sobre cómo un hombre al final de su vida procesa sus culpas, su irrelevancia, su falta de protagonismo.

Jonathan Teplitzky, el director australiano, intenta reconstruir el papel de Churchill en el diseño e implementación de la Operación Overlord, el desembarco de 250.000 soldados de las fuerzas aliadas en las playas de Normandía que cambió dramáticamente la dinámica de la Segunda Guerra Mundial, no con el objetivo de explorar su dimensión de estratega, sino intentando mostrar en toda su complejidad cómo uno de los hombres más poderosos e importantes del mundo llega a su ocaso. Y no es un ocaso cualquiera. En su intento por asumir su propia vejez, el Churchill interpretado por Cox tiene arranques de megalomanía, de impotencia, de culpa y gran exasperación. Es un hombre tratando de lidiar con los fantasmas de su pasado y con la segura irrelevancia de su propio futuro.

El punto culmen de toda su crisis es tal vez la escena más dura y más conmovedora de toda la película: una oración de rodillas y en pijama, en un cuarto austero, en la que invoca una tormenta que pueda evitar el polémico desembarco. Es el mejor momento de un Cox teatral, franco y descarnado. Para muchos, la escena evoca al Rey Lear de Shakespeare en el momento más profundo de su angustia, de su impotencia y de su desesperación. A un hombre que otrora decidía sobre los destinos de Europa, al final de su vida no le queda más opción que rogarle a Dios para que haya lluvias torrenciales. Su poder está reducido al mínimo y su drama es el de aquel que pasa de haber tenido gran influencia, a no tener poder y a que pocos lo tomen en serio.

Hay algunos espacios en la vida del Churchill de esta película en los cuales las reflexiones sobre su propio declive llevan a transformaciones demasiado obvias y un tanto trilladas. Es el caso de la rápida y poco creíble evolución que tiene su relación con su asistente de despacho: pasa en un abrir y cerrar de ojos de ser un ogro hiriente y déspota a ser un viejito considerado y amoroso. Pero a pesar de estas pequeñas caricaturas, lo más bello e interesante de esta película es esa reflexión alrededor de la vejez, de la pérdida de poder que ella necesariamente conlleva y del redescubrimiento de lo básico –nada más hermoso en esta película que el retorno de un Churchill débil y amilanado al amor de su pareja de toda la vida, una mujer recia y capaz de cantarle la tabla cada vez que lo encontraba fuera de control–. Es una historia, en breve, sobre el dolor de encontrarse a sí mismo después de un largo viaje de poder, honor y guerra. Una historia sobre el trayecto de un hombre hacia la invisibilidad.