GOG en el corazón

Cien años de Gonzalo González

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Se cumplen cien años del nacimiento del periodista Gonzalo González, quien por casi tres décadas fue director del “Magazín Dominical” de El Espectador y acercó a su amigo, Gabriel García Márquez, a Eduardo Zalamea Borda.

En octubre de 1959 leí, gracias a los recortes de una tía común, que Gabriel García Márquez en 1947, a sus 19 años, le había mandado un cuento por correo urbano al director del suplemento literario de El Espectador, Eduardo Zalamea Borda, quien, entusiasmado por el precoz talento del desconocido autor, lo publicó adornado de fervorosos laureles en septiembre de ese mismo año.

Imitando a mi primo-ídolo (en el terreno estrictamente familiar), escribí un cuento al que titulé La casa, y un día me fui hasta El Espectador, en esa época idílica en que uno podía entrar a los grandes diarios sin problemas y acceder directamente a las oficinas de los periodistas importantes sin pedir cita y sin que nadie pusiera trabas de ninguna índole.

En una oficina estrecha vi a Eduardo Zalamea Borda -era un escritor muy famoso, especialmente por su reveladora novela Cuatro años a bordo de mí mismo; por su columna “La ciudad y el mundo”, que firmaba con el seudónimo Ulises, y por su culto fervoroso hacia el Santafecito del alma-, y sin mediar palabras le entregué mi cuento, queriendo imitar así a Gabito 12 años atrás. Pero Zalamea me indicó con mucha amabilidad que él ya no era el director del suplemento, sino el señor que estaba en el escritorio de enfrente: un hombrecito nervioso de incipiente calvicie, llamado Gonzalo González, quien firmaba sus textos con el seudónimo de GOG.

GOG me recibió el cuento, y lo leyó rápidamente, sin dejar de fumar. Me preguntó algunas cosas personales, pues el cuento aludía a supuestos problemas familiares. Me hizo correcciones… “lo que pasó la noche pasada”, me dijo: hombre no, tachó y dijo: “Lo que ocurrió la noche pasada”…, pero después dijo en voz alta: “No, dejémoslo así, al fin y al cabo está escrito por un niño”. Me despidió y… punto.

Al domingo siguiente -11 de octubre de 1959- apareció publicado mi cuento La casa en el Magazín Dominical con un dibujo de un niño exacto a mí, elaborado por Héctor Osuna, quien acababa de ingresar a El Espectador. Dos meses después me publicó otro cuento, Un día antes del viaje, dedicado “A Gabriel García Márquez”, precedido de un comentario entusiasta de GOG. (Según Jacques Gilard, Eligio García Márquez y Gerald Martin, ese cuento fue el primer texto en el mundo dedicado al futuro Premio Nobel).

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El mismo día que salió mi primer cuento apareció también el cuento primigenio de una adolescente llamada Fanny Buitrago. Cuando conocí a Fanny en Bogotá, semanas después, lo primero que hicimos fue ir a El Espectador a visitar a GOG, quien nos recibió con mucho cariño. Recuerdo que ese día nos presentó a una periodista muy famosa entonces llamada Nelly Vivas.

Entre 1959 y 1961, GOG publicó, con inusitada audacia cuentos, poemas y prosas narrativas de unos jóvenes que apostaban al arte y a la iconoclastia, bajo el común denominador del nombre Nadaísmo: ellos eran, entre otros, Gonzalo Arango, Amílkar U., Elmo Valencia, Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar (X-504), Iván Molnar, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Karell-X (Hugo Ruiz), Bor Torre (Roberto Ruiz), José Javier Jorge (Álvaro Medina Amariz), J. Eutiquio Leal y Samuel Ceballos.

Con esa discreción que lo caracterizaba, Gonzalo González Fernández -hijo del célebre periodista Miguel González Martínez (Migomar), nacido en Aracataca, en marzo de 1920, abogado, atleta, ajedrecista, creador de la célebre columna “Preguntas y Respuestas”, aficionado a los crucigramas, a las paradojas, a los enigmas del idioma, a las indagaciones idiomáticas, a las quisicosas de las cosas y mil y una cosas más, siempre sobre las palabras-, fue quien presentó a su primo y paisano Gabriel García Márquez al inalcanzable Ulises en El Espectador, en septiembre de 1947.

GOG (quien después utilizó un carnal periodístico llamado MAGOG, y antes lo había hecho con DECURIÓN), era un ser excepcional en todo sentido: sencillo, generoso, discreto. Sabio y preciso cuando debía calificar una obra o una acción. Ejerció el periodismo y la docencia universitaria durante casi seis décadas. Su columna “Preguntas y Respuestas” fue el Google de hace medio siglo.

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Casado con Stella Andrade -”mujer supraterrenal y ángel subceleste”, como la llamó su amoroso esposo-, fueron padres de Santiago, Verónica, Adriana, Luz Ángela y Sonia (esta última una de las más notables periodistas de Colombia)-, GOG fue un hombre de rotundas y variadas disciplinas intelectuales y científicas. En su juventud había sido victorioso atleta en legendarias olimpiadas en Barranquilla.

En su vida privada fue esposo y padre consentidor, casero y tranquilo. Cuando no estaba leyendo narrativa y filología o descifrando crucigramas y pasatiempos, interpretaba muchísimas canciones en su guitarra clásica. A veces, con amigos muy cercanos, a medida que iba tocando y cantando una melodía la iba explicando de manera simultánea. Con su dicción perfecta iba racionalizando cada verso o cada estrofa del vallenato Isabel Martínez o el Negro maldito o de Tú lo que quiere es que me coma el tigre…”, verbigracia.

Un día nos encontramos en el Campo Villamil para rendir homenaje al poeta León de Greiff con motivo de sus 75 años. El lugar estaba repleto de poetas, narradores, periodistas, lectores y curiosos que no solo asediaban al autor del Relato de Sergio Stepansky, sino a Gabriel García Márquez, quien esa tarde se convirtió en una especie del oferente del acto. “León es nuestro único mito vivo”, me había comentado cinco años atrás cuando el poeta celebró sus 70. A duras penas, GOG logró acercarse a su viejo amigo Gabo y darle un rápido abrazo.

En la noche, por invitación de Manuel Zapata Olivella, fuimos a su casa un grupo de amigos, entre ellos GOG. Los contertulios contaron variadas anécdotas tanto de De Greiff como de Gabito. Sobre este último, GOG comentó:

-Las vueltas que da la vida. Fíjense qué lucha para poder saludarlo esta tarde entre el asedio de tanta gente…

Y agregó:

-En el año 47, cuando Gabito publicó La tercera resignación en El Espectador, yo ya trabajaba allí. Él quería conocer personalmente a Eduardo Zalamea y entonces lo citamos una mañana en el periódico. A la hora señalada, salí a la puerta y vi a Gabito parado en la esquina, envuelto en un miedo desolador. Estaba allí, a la tímida expectativa de los hechos. No se atrevía a entrar, hasta que tuve que ir en su búsqueda y llevarlo directamente a la oficina de Ulises.

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GOG fue una figura única en el panorama cultural colombiano. Criaba plantas exóticas y canarios en su oficina de El Espectador. Ganó los Premios Nenqueteba al Mejor libreto en 1955 y el Mergenthaler en 1957. Fue maestro nacional de ajedrez. En el programa de televisión Miles de pesos por su respuesta, de Gloria Valencia de Castaño y Antonio Panesso Robledo, respondió a todas las intrincadas preguntas sobre psicoanálisis. Dictó clases de derecho en la Universidad de Santo Tomás (dicen que en sus años mozos perdió la plata de su matrícula en un juego de póker y que amarraba una pierna a la pata de la cama, porque era sonámbulo) y cultivó con esmero el esperanto.

En 2011, sus hijas Luz Ángela y Verónica González publicaron un libro con una selección de sus trabajos titulado Laberintos del lenguaje, con prólogo de Daniel Samper Pizano. Para el escritor Gustavo Páez Escobar, “GOG hizo impacto en el país. Su talento le conquista un puesto de honor en las letras, en la docencia y en el periodismo”.

En 2020 se cumplieron cien años del nacimiento de Gonzalo González (GOG). Escritores, hombres y mujeres de diferentes generaciones colombianas lo recordarán siempre, pues en el nacimiento literario de cada uno de ellos (y en sus bautizos de tinta con olor a imprenta) estará siempre la impronta de este culto y generoso periodista de Aracataca que amó las letras como muy pocos y las multiplicó en la prensa escrita en sus diversas formas de belleza y sabiduría.

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