Medio siglo de la publicación de la novela del realismo mágico

“Cien años de soledad”: escribir para salvar del olvido

Una maestra de literatura explica por qué la obra de Gabriel García Márquez sobrevivirá muchos años más como un clásico.

Antes de las 3 de la tarde de un jueves santo, 17 de abril de 2014, empezó a circular la noticia de la ausencia definitiva del escritor más importante de Colombia y Latinoamérica. Recuerdan algunos de sus lectores que, como si anticipara el día de su propia muerte, Gabriel García Márquez narra en Cien años de soledad que Úrsula amaneció muerta un Jueves Santo. Como esa memoria viva que conocía todos los acontecimientos sucedidos y por suceder en Macondo, gracias a esa esencial condición de reportero y cronista que reconoce los hechos y prefiere narrarlos como si se tratara de una ficción, el autor conocía las dimensiones de nuestra historia nacional. Si bien, como en más de una ocasión confesó, el punto de partida para sus relatos y ficciones estuvo en los cuentos narrados por sus abuelos, en las historias familiares y en sus propias vivencias, es clara su conciencia del país, tanto en lo político como en lo social y cultural. Como Úrsula, hizo de la memoria un principio, y como José Arcadio, escribió para salvar de la peste del olvido los pormenores de nuestra realidad.

Narrar en su obra parece algo natural, similar a la conversación pausada de caribeño que modula con sutileza cada frase, atrapando al lector con la música y el sentido de las palabras y la magia de las sugestiones. Ello sin duda, como parte también de ese contar propio de su tierra, en el que se entremezclan mitos, leyendas y creencias de distintas tradiciones, entre ellas de los wayuu, el Antiguo Testamento, las mitologías clásicas, las fantasías de Las mil y una noches, las crónicas de la Colonia, las nostálgicas historias cantadas en los vallenatos, las letras de los boleros, en fin, relatos en los que lo maravilloso forma parte de la realidad y en los que el ritmo parece ondular.

Nadie como él para universalizar su aldea y hacer que su comarca saliera al mundo. Si Aracataca es Macondo, ese nombre “de resonancia sobrenatural”, Colombia y Latinoamérica también lo son. Macondo y los pueblos de nuestro nobel son algo más que un espacio literario: corresponden a un estado de ánimo, a una atmósfera con vida propia en la que “la ciudad de los espejos y los espejismos” alberga a unos personajes coherentes con esta condición. Así los perciben, sin duda alguna, lectores de diversas latitudes y lenguas.

Es claro que construyó una obra aprovechando todos los elementos que definen esencialmente a la cultura caribeña, e hizo de su estilo una fiesta en la que humor e ironía se entremezclan. En ella conviven historia e invención, realidad y fantasía, mito y leyenda, poesía y ritmo, elementos que con la desmesura definen lo que se denomina realismo mágico y maravilloso, entendido desde la década de los cuarenta por Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, como ese sincretismo cultural y ese modo de ser y de sentir que definen al latinoamericano. Y esa fascinante cadena de relatos que componen toda su obra, desde el primer cuento hasta su última novela, incluidos los reportajes y crónicas, además de aquellos poemas piedracielistas de sus comienzos, muestran a un autor fascinado con el arte de contar que, como también sostuvo, aprendió de Juan Rulfo, tal como puede apreciarse en su monumental novela del dictador y de la soledad del poder que llamó El otoño del patriarca.

Pero también es cierto que su narrativa demuestra un permanente afán renovador. Hablamos de un estilo propio en toda su obra, tanto periodística como de ficción. Sin embargo, en el paso de un libro de cuentos a otro y de una novela a otra, los registros cambian. Así encontramos novela épica, del dictador, histórica, de amor, de tragedia, y otras modalidades, en las que se entreteje al investigador de archivos orales o escritos, al de los reportajes y al cronista y muestra que el narrador de la saga sobre la soledad que recoge a una comunidad, hace estaciones en individuos, y tránsitos donde da un adiós a Macondo, al mostrar la perplejidad ante el mundo de la racionalidad, y culmina en el narrador de un individuo que representa la soledad de la vejez.

Ese irrepetible estilo único en que la realidad se trastoca, queda como memoria de nuestra literatura en el mundo y de nuestra realidad para el mundo. Gabriel García Márquez no ha muerto: sigue en su obra. Y sus lectores seguirán leyéndolo, como quien lee los manuscritos de Melquíades.

 

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