La ciencia oculta de una escritora suelta

Juliana Restrepo publica el libro de cuentos “La corriente”, su ópera prima y de la editorial independiente Angosta Editores.

Juliana Restrepo, quien presentó ayer su libro de cuentos “La corriente”, publicado por Angosta Editores. / Foto: Daniela Abad

Es cierto: es mejor escribir que ser escritor. Ignoro quién lo dijo —no de quien lo escuché— y sin embargo lo pienso mientras espero a Juliana Restrepo en una iglesia, un punto de encuentro igual de sospechoso a ella: una doctora en física que hace literatura. ¡Alquimia!

La corriente es su ópera prima y la obra inaugural de Angosta Editores, una editorial independiente que nace este año en Medellín. A Juliana la leo desde hace cuatro años. Es genuina, veloz —bastante— y talentosa. Bastante, también. Escribe con una absoluta desvergüenza, no escoge una faceta o carátula de sí para sus relatos. No piensa en el qué dirán mientras escribe. No decide qué contar y qué no, sale directo, lo asegura. Son doce cuentos en donde es ella, a plenitud. Una mujer que escribe y no es escritora.

Desde que la conozco presiento algo que ella sabe decir mejor que yo: piensa sin comas, rápido e incesante. Sí, así es su mente, así sus sueños. Me pregunto qué tanto hay del ritmo de estos, de su cadencia y de sus cosas absurdas —tal como ocurre en lo onírico (alguna vez me soñó guerrillera)—, en sus escritos. “Yo sueño mucho, y sueño muy fuerte. A veces voy a lugares rarísimos, por ejemplo: recuerdo un mar rosado fosforescente y un cliff, y me tiro y caigo en esa cosa rosada, y ya la vida afuera me parece muy sosa. Tengo pesadillas. En enero soñé algo tan horrible que me desperté llorando con náuseas y vomité. Fue antes de que se muriera mi abuelo. En general, cuando alguien cercano está agonizando, sueño mucho. Es muy gráfico, muy desordenado. Si se mueren, ya no sueño”.

Juliana siempre escribe lo que alcanza a llegar a la superficie. En todos sus cuentos está el compás de sus sueños, aunque desafortunadamente menos fuerte. Es cierto, me dice, que todo el tiempo encuentra material susceptible de ser narrado: “Soy la peor vecina de mesa en un café o de banco en el bus. Yo vivo-escribo, lo que vivo lo vivo más por escribirlo, si no lo escribiera, no estaría descansada, estaría angustiada. Para mí, en este momento, vivir sin escribir no existe ni me gusta”.

Todos estos cuentos los escribió en los últimos cinco años: “Pasé de ser estudiante sin hijos (pobre) en Europa a tener hijos (dos), trabajo de 7 a 5, apartamento, responsabilidades… Creo que todos los cuentos, o casi todos, los escribí desde la nostalgia. Pero ya no estoy ahí. Los cuentos de este libro fueron escritos todos siendo mamá (y como los cuentos son yo, ahí está todo eso), pero más en la nostalgia de no querer serlo o de ser otra cosa un ratico. Tengo muchas notas de estos últimos cuatro años que se van a volver cuentos o novelas... Yo después del parto, yo deprimida, yo caminando, sudando con unas tetas gigantes en un piso de baldosas tibias, yo en una bañera con mis hijos empelota. Pero todavía están muy cercanos y no los he terminado”.

Los personajes de La corriente, no obstante y a mi parecer, no manifiestan un encanto particular tan pronto salen a escena. Los relatos avanzan y descubro que la autora se detuvo apenas en detalles simples, frecuentes, comunes y corrientes que, por un ejercicio de contemplación inmediato y silente, adquieren para el lector una lindeza y un misterio, como cuando la belleza es difícil... “Quizás eso tenga que ver con que yo no pienso mucho los relatos (estructura, personajes) antes de escribirlos. Mis relatos casi siempre empiezan porque hay una escena que tengo y que quiero contar. Por ejemplo, estoy en un carro en Santa Fe de Antioquia por la noche, con la ventana abierta, oyendo música, y pienso: esto hay que escribirlo, esto que siente mi cuerpo, estos hombros calientes y el viento fresco y las luces fosforescentes de la carretera... Pero la que está viviendo eso, tenga 34 o 17 años, no es el origen del relato. Es sólo los ojos y los oídos y la piel. Después me toca que se vuelva alguien, y yo me la imagino, y casi siempre pienso en una persona específica o en una combinación de varias, y se la describo un tris al lector para que se la imagine. Pero cuento poco, ¿cierto? El personaje es más ojos y oídos y piel”.

Juliana escribe, desde hace diez años, una nota diaria. Lo anterior de los personajes tiene todo el sentido revolcando su archivo, de no sé qué año: “Madame Bovary se envenenó anoche, como a las once, antes de dormirme. Dormí como el culo. Se murió hoy en la parada del bus 87. En el recorrido leí cómo todo se iba a la mierda, como Homais triunfaba, la criada se escapaba, el pobre gordo señor Bovary se daba cuenta de lo puta que era su esposa y seguía queriéndola, la hija quedaba pobre en manos de una tía... Hasta que se murió, no sabía que Madame Bovary tenía el pelo negro”.

Cuando escribe literatura, no termina ella odiando sus palabras. La física es sólo la ciencia oculta de esta escritora suelta.

 

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