A cinco años de la muerte de Leonardo Favio: Crónica de un niño solo

Leonardo Favio (1938-2012), actor y director de cine argentino, ha sido tan reconocido por la crítica argentina de cine, esencialmente, como ignorado en este aspecto por el público.

Archivo particular

Su carrera ha sufrido dilatadas interrupciones, como los 15 años pasados entre Soñar, soñar (1977), filme nostálgico con la actuación del boxeador Carlos Monzón y Gatica el mono (1992), obra de madurez que cuenta la vida de otro boxeador, José María Gatica, alabado al comienzo por Perón y luego rechazado por su régimen tras perder la opción por el título mundial: en 1994 recibió el Goya. Tras una azarosa adolescencia, entró en el cine como actor gracias a Leopoldo Torre Nilsson, para quien interpretó La mano en la trampa (1961) y Martín Fierro (1968) y a quien dedicó su filme más entrañable, Crónica de un niño solo; también actuó en El jefe (1958), de Fernando Ayala. Sus filmes Crónica de un niño solo y El romance de Aniceto y la Francisca están entre los mejores de la historia del cine argentino. Bajo la consigna “¿Cuáles son los 100 mejores filmes del cine sonoro argentino?”, el Museo Nacional de Cine Argentino realizó una encuesta entre cien críticos, historiadores e investigadores de cine del país y el resultado, con más del 75% de los votos, fue: Crónica de un niño solo.

Filme con el que debutó como director, en 1964, de inspiración autobiográfica emparentada con Los cuatrocientos golpes (1959) de Truffaut, una bocanada de aire fresco en la producción argentina del momento y un directo a la mandíbula de los censores de turno, cuyas secuelas más duras se dieron durante la dictadura de Onganía, quien tras un golpe militar se instaló, provisionalmente, en el poder en junio de 1966. Luego vendrían Levingston y, más tarde, Lanusse, quien asumió el cargo en 1971, tras la grave crisis política ocasionada, entre otros factores, por el levantamiento popular conocido como el Cordobazo. En efecto, Crónica… es una bella definición de cine: blanco y negro, dirección medida y justa, lentos y cuidadosos movimientos de cámara, sobrios encuadres e inteligentes angulaciones, guión contenido en su texto y generoso en la sugerencia de imágenes que supeditan a las palabras, sentidas y profundas actuaciones, entre otras, de los niños que encarnan a Celedón Rosas y a Polín, víctima de un ultraje sexual colectivo.

Narra básicamente la historia del primero de ellos, Celedón, abandonado a su destino impuesto de soledad y de pobreza e internado en un orfanato, donde sufre todo tipo de privaciones: las que concede una sociedad excluyente, discriminatoria, arbitraria y, sobre todo, mezquina, para la que los pobres no son más que piedras en el zapato de la decencia, del arribismo, de las clases privilegiadas. Celedón escapa de la prisión, hurta dinero a un viejo en un bus y reencuentra a su madre en un tugurio. Allí descubre entre los animales a su único amigo, un caballo. Cuando decide salir con él en busca de libertad para ambos y ya empieza a sentirla, un policía lo recaptura y conduce de nuevo a la comisaría. Celedón vuelve a transitar el recuerdo de sus días felices, las escenas se suceden, el drama desgarrador y desgarrado termina, la película, dedicada por Favio a su maestro Leopoldo Torre Nilsson, anuncia el fin. Y empieza para el espectador la recuperación emocional de un filme no complaciente que, a posibles tentaciones sensibleras, ha opuesto el rostro implacable de la vida en la calle, la máscara del criminal que acecha en la sombra, la cara oculta pero cierta del Estado generador de injusticia social, exclusión y marginalidad.

Por otra parte, el tributo a Torre Nilsson se extiende a Truffaut, uno de los representantes de la nueva ola francesa, lo mismo que a Los olvidados, cuando Celedón se para frente a una vitrina y él y el espectador (sin la intromisión de ningún pederasta) pueden percibir fragmentos de la banda sonora de Los 400 golpes. Los mismos golpes que Celedón, su compañero Polín y algunos otros han recibido en esta desoladora e inquietante crónica de un niño efectivamente solo, víctima de la represión y de un carcelario sistema educativo. 

 A Crónica… seguirían El romance de Aniceto y Francisca (1967), con Federico Luppi, retrato de la vida en provincias a través de una pareja, que obtuvo el apoyo unánime de la crítica, y El dependiente (1968), con Graciela Borges, que no tuvo tanto éxito dentro de la crítica; sí entre el público. Maestro de nuevas generaciones: Subiela fue ayudante suyo. Luego está, entre sus obras claves, Gatica el mono (1992), impresionante reconstrucción de la vida de un hombre popular que se convirtió en estrella del boxeo, alcanzó las mieles efímeras de la fama y cuando ya no fue útil al régimen, de Perón, se le relegó al desprecio, a la marginalidad y al olvido. Y ya se sabe los efectos que este trae: el rencor de quien lo padece porque, pese a todo, no quiere que le dejen solo. Contra el desdén oficial y la desidia del pueblo, Gatica se aferra a la vida como por momentos, para no ser derrotado, se aferra a su contrincante. Pero tal vez no haya caso: ya es un hombre de 38 años y además parece un viejo. Hasta ese momento ha sido capaz de sobrevivir en la miseria, pero no hay miseria que dure cien años ni cuerpo que la resista, dicen los viejos de verdad, no los de mentira con apenas 38 años. A los que no les sirve ya de nada su cicatero desdén por el futuro; tampoco su ánimo inconsciente de soñar con el ayer, uno teñido con el rojo/sangre y el negro/derrota. Y para quien ha dejado de tener sentido su ambición larga y su constante rabia. Un hombre para quien su única compañía desde su nacimiento ha sido la violencia. La que lo ha obligado a bajar la cabeza para fijar su mirada en los zapatos que lustra.

Quien, como dice Soriano sobre el boxeador, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Tanto que cuando otros limpiabotas pasaban por ahí, se quedaban impresionados con su agresividad. Lo mismo que los marineros que llegaban a puerto con el ánimo, quizás, de dejar a otra mujer en él, y por veinte pesos debían enfrentarse a un rival por entonces invencible. Y además no dejaban sino que eran dejados. Gatica, después de agachar a corpulentos marineros, dejó, por fin, su parada en Constitución, donde a los diez años de edad se había hecho lustrabotas. En 1945 debutó en la única luna que tiene Buenos Aires: el Luna Park. El templo de Nicolino Locche. Un golpe suyo seco dio por tierra con su adversario Mayorano. Triunfos consecutivos comenzaron a dividir a la tribuna: Tigre para la popular, Mono para el ring-side. La razón era simple: la popular rugía arengando al morocho que no conocía mirada distinta a la del odio; el ring-side, que quería a Gatica en el piso, lo abucheaba. Vinieron luego las peleas con Alfredo Prada. La última con él, en 1953, significó su derrota y el comienzo de la caída. Prada dejó el boxeo con dinero en el banco. Gatica volvió a villa miseria, como si su vida se tratase de una imperfecta parábola: la de una explosión de luces que al estallarle en la cara le hubiera dejado súbitamente ciego. Dos años antes, en 1951, se subió al ring del Madison Square Garden para disputar el título mundial frente a Ike Williams. Bastaron tres tiestazos de éste para que Gatica se derrumbara. Así perdió no sólo la posibilidad del título mundial sino el favor oficial y ya nunca volvió a ser el compañero fotográfico predilecto de Perón. Así, también, se cinceló en definitiva un odio de esos que, en definitiva, como dice Soriano, conviene no olvidar.

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