El grupo dio su primer recital el 4 de septiembre de 1967

Cincuenta años de gracias y desgracias de Les Luthiers

La mezcla de humor inteligente y raros instrumentos inventados por ellos ha hecho del conjunto cómico musical argentino Les Luthiers uno de los espectáculos más populares de Hispanoamérica por medio siglo.

Han recibido numerosos premios a lo largo de su carrera, entre ellos el premio Grammy Latino especial a la Excelencia Musical. /Archivo El Espectador

Los latinoamericanos hacemos chiste de todo. Sobre todo de lo solemne. Incluso las conquistas sociales más nobles pueden convertirse en blanco de dardos sardónicos. Hasta la educación. Décadas de peleas estudiantiles en Argentina, desde el Manifiesto de Córdoba hasta los movimientos contra los golpes militares de mitad de siglo, lograron que ese país tuviera un nivel educativo bastante alto en el contexto latinoamericano. ¿Y qué terminó saliendo de la generación más educada del Río de la Plata? Precisamente un grupo que hizo de la alta cultura un chiste, que cultivó la erudición para burlarse de ella: Les Luthiers (del francés “los fabricantes de instrumentos”). El 4 de septiembre de 2017 este quinteto (a veces sexteto) cumple 50 años de risas y desdichas. Además, recibirá el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en octubre de este año, y el Parlamento de su país natal los distinguió hace poco con las menciones de honor Domingo Faustino Sarmiento y Diputado Juan Bautista Alberdi.

El experimento que nació del coro de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires a mediados de los sesenta creó un tipo de humor inconfundible. De lo que se trataba era de poner de cabeza el legado culto de Occidente en un espectáculo que combinara los juegos de palabras, la parodia de biografías de grandes compositores (el más recordado de todos es Johann Sebastian Mastropiero), las narraciones cómicas y el uso de instrumentos inventados por ellos (“instrumentos informales” los llamaron). Inspirado por el trabajo de creadores como Peter Schickele y Gerard Hoffnung, compositores que habían adaptado cómicamente obras clásicas a mediados de siglo, Gerardo Masana, el creador del grupo, imaginó una versión latinoamericana de la idea. La fórmula era sencilla pero efectiva: seis tipos con smoking tratando de imitar un programa de música clásica pero haciéndolo todo mal, con los instrumentos informales ofreciendo siempre el fondo sonoro. Algunos de estos raros objetos musicales se convirtieron en emblemas del grupo: el “latín” (un violín hecho con una lata de jamón); el “bass pipe a vara” (un trombón hecho con tubos de cartón); el “dactilófono” (una máquina de escribir cuyas teclas producían sonidos en lugar de letras); la “mandocleta” (una bicicleta que hacía sonar una mandolina cuando se la pedaleaba), entre una larga serie de adaptaciones instrumentales que han crecido por docenas en sus cinco décadas. Pero el grupo no sólo hizo un traslado ebrio de los recitales de Viena, también incluyó desde el comienzo las expresiones más latinoamericanas en su repertorio: boleros, sones, tangos o chacareras han encontrado sin problema lugar en sus espectáculos. Su versatilidad a la hora de componer y su curiosidad musical inagotable los han llevado a que en su medio siglo de existencia hayan explorado prácticamente todos los géneros que se podrían escuchar en este continente.

La muerte de Masana en 1973 supuso un duro golpe para la banda, pues no sólo había sido el fundador sino uno de sus escritores más prolijos. Pero Les Luthiers ya era una canción que andaba por sí sola y sus integrantes estaban demasiado animados con el proyecto como para cancelarlo. El grupo enfrentó la década de los setenta con un nuevo miembro, Ernesto Acher, quien permaneció poco más de diez años y le añadió un componente más teatral a su espectáculo, que con el paso de los años dejó de basarse tanto en los golpes y caídas para hacer de la música y el juego de palabras sus elementos centrales. Todavía hoy el asistente a un espectáculo de Les Luthiers sabe que se va a encontrar con la parodia de los formatos teatrales de la cultura clásica (zarzuelas, tragedias, óperas) que en el momento de mayor solemnidad se quiebran por un error que crea un equívoco sostenido que termina enredando la obra hasta el paroxismo cómico. Como si al tenor se le cayeran los pantalones al momento de dar el do de pecho. Mezclar los formatos cultos con los temas mundanos propios de este lado del globo (la infidelidad, la corrupción, la ordinariez) ha sido otra de las estrategias frecuentes del grupo. Este juego de contrarios aparentemente incompatibles se reproduce en muchos de sus números, como el de la cumbia en la que el cantante cuenta cómo sedujo a una mujer hablando de epistemología (“ella sacudía su estructuralismo y él hacia lo mismo con su antropología”). Pero si todas estas referencias musicales resultaran excesivas, el grupo tiene siempre a la mano una fórmula tradicional de la comedia que resulta infalible: tomar al pie de la letra algunas frases para hacer un retruécano risible. Así, en el homenaje que se le hace al compositor Huesito Williams el reseñista de su obra lo crítica con ingenio: “En su obra la cantidad no va en desmedro de la calidad, todo lo contrario: va en desmedro”. 

Con estas sencillas estrategias, Les Luthiers ha logrado crear un humor que no requiere un doctorado en Historia para ser comprendido y que, además, casi nunca está dirigido contra alguien o algo en particular, ya sea un pueblo, un gremio o un partido político. Su apuesta ha sido la más segura de todas: burlarse del acartonamiento de la cultura sofisticada no ofende a nadie. Por eso mismo pudieron continuar su carrera sin complicaciones y hacer presentaciones en la España de Franco, el Chile de Pinochet o en la Argentina de Videla, y pudieron seguir siendo respetados por casi todos en su país en este siglo al mantenerse alejados de “la grieta” que se abrió entre kirchneristas y antikirchneristas.

Sin embargo, su éxito no ha sido inagotable y ha encontrado un techo lingüístico que los ha “confinado” al ámbito del público hispanoparlante. Aunque su humor puede ser universal, sus juegos de palabras son en muchos casos intraducibles a otros idiomas. Pero Les Luthiers ha sabido hacer de sus debilidades fortalezas y una de las explicaciones de su éxito tal vez sea que no se han desviado por mucho tiempo de lo que mejor saben hacer, y en su idioma natal. No han hecho películas ni han intentado llevar su espectáculo a un programa de televisión. Son pocas sus presentaciones para la radio y tampoco han ensayado chistes en el formato escrito. Su encanto ha estado y sigue estando en la intimidad que da el teatro, en los aplausos de los asistentes que quedan deslumbrados por su capacidad de tocar en vivo mientras recitan largos parlamentos, en la inminencia de un error o una risotada que sólo puede dar una presentación teatral.  Esto no quiere decir que no hayan recibido la influencia de otros géneros o hayan colaborado con otros artistas. El grupo ha trabajado con escritores como Roberto Fontanarrosa, quien participó en la creación de sus chistes durante casi veinte años, y con el colombiano Daniel Samper Pizano, quien escribió la biografía autorizada del grupo y se trajo en los noventa a Rabinovich y a Maronna para hacer la música de la telenovela cómico surrealista Leche, uno de los experimentos más interesantes de la televisión colombiana.

Después de cinco décadas de gracias y desgracias el espectáculo continúa. En el último año los Les Luthiers han recorrido América haciendo una antología de sus números más conocidos, con Horacio Turano y Martin O´Connor reemplazando a Daniel Rabinovich, quien murió el 21 de agosto de 2015. Hasta ahora la experiencia ha resultado bien. Los números que han venido presentado son algunos de los grandes hitos del grupo y para los nuevos integrantes ha sido fácil imitar las acciones y acentos que ya había instaurado Daniel. Pero cuando pasen las celebraciones por las bodas de oro el grupo deberá enfrentarse al retiro de Carlos Núñez Cortés, el pianista de cabellos y barba desordenados que ya anunció que no quiere “morir trabajando”. En ese momento habrá que responder las preguntas que muchos nos hacemos: ¿podrán seguir siendo Les Luthiers y escribiendo nuevos números cómicos los integrantes recién llegados? ¿El grupo se mantendrá como un colectivo permanente más allá de los cambios de sus miembros, como si de un equipo de fútbol se tratara, o morirá con el último de sus fundadores? De todas maneras, ya Les Luthiers ha llegado a un punto en el que el conjunto es mucho más que alguno de sus integrantes. Se han convertido en una entidad propia, en un concepto que quedará dando vueltas en el imaginario latinoamericano por mucho tiempo, como si de un personaje de Cortázar o un mundo de Borges se tratara.

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