El canto de Rubén Blades a la Maestra Vida

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Hoy “Maestra vida” cumple 40 años. Recuperamos este texto publicado por este diario el 15 de noviembre de 2019. Aquí se recuerda parte de esta obra, uno de los trabajos más relevantes de Rubén Blades.

El velorio de Carmelo da Silva comenzó con lágrimas y terminó con rones, como han acabado casi todos los velorios del Caribe desde tiempos inmemoriales. Así lo recordaron por años y décadas sus vecinos del barrio del Solar de los Aburridos, tal vez el mismo donde una noche, dos o tres inviernos antes, por llamarlos inviernos, Pedro Navaja pasó con “el tumbao que tienen los guapos al caminar” antes de largarse a Nueva York; quizás el mismo, también, por donde anduvo Camilo Manríquez antes de ir a su muerte “por causa natural”, como dijo el médico de turno luego de examinar los palazos que un capataz le dio “plantación adentro”.

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El barrio fue el mismo siempre, con otros nombres y otras vestimentas y una que otra costumbre que cambió, pero el mismo que escribió y reescribió y cantó Rubén Blades desde que decidió romper con la salsa que se había escuchado hasta los setenta. Barrio de calles oscuras, de vidas repetidas, de riesgos inminentes. Barrio de farolas diseminadas, de asfalto agrietado, de ron y dominó. Barrio, en fin, de bares y recuerdos, los bares y recuerdos que retomó Blades para inventarse Maestra Vida, una novela de salsa, una ópera caribe que publicó en dos discos 30 años atrás.

La historia comenzaba con Carmelo da Silva, quien fallecería varias canciones después con su anillo de bodas incrustado en la mano derecha, su último gesto para gritarle al mundo y a la vida, a la Maestra Vida, que por el amor de su Manuela y a la Manuela, había podido sobrevivir a cientos de infortunios, a sus errores, infidelidades, deslices, locuras y traiciones. Da Silva la había conocido muchos años antes en el mismo barrio. “Manuela, qué mujer aquélla, de grandes ojos y cintura de guitarra, qué estampa sensual”.

Da Silva era el guapo que las mataba a todas. “Carmelo era en el barrio el guapo mayor, respetado como cualquier gran doctor”, cantaban Blades y sus amigos borrachines de bar. Se casaron, como lo relatarían, en el bar Quique Quiñónez, Carlitos Lito y Rafael da Silva, amigos, sobrevivientes y, de alguna manera, herederos de los dos, e hicieron la mejor fiesta que se había organizado en el barrio, una fiesta que se repitió después, cuando nació Ramiro.

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Ramiro da Silva era la ilusión de sus padres y del barrio. “Eso sí, señor, lo pido en tu nombre, que no me salga marica, que no me salga ladrón”, cantaba, gritaba Da Silva en plena fiesta, mientras les hacía gestos a sus invitados para que siguieran tomando. La esperanza, sin embargo, comenzó a romperse casi desde que nació Ramiro, “porque el pobre siempre está fregao”, como le diría Quique Quiñónez al hijo de Ramiro muchos años más tarde, en el mismo bar de toda la vida.

Le habló de los políticos: “Cada cuatro años se aparecen, cargando niños, prometiendo, al pobre buscando y engañando, al pobre buscando, y llegan las elecciones y al mirar las selecciones siempre ves la misma gente, ja, ja, ja”. Le habló de los militares que se tomaban el poder después de las mentiras, y le aconsejó que cuidara la plata, que antes, en ese instante, y en el futuro, la canción iba a ser idéntica. La borrachera continuó. El hielo se acabó. Las risas y los recuerdos se esfumaron. La historia seguía su curso y la música apenas era un pretexto.

Manuela Peret murió. Había pasado los 70 y sus últimos tiempos se le habían ido encorvados, caminando todas las mañanas rumbo a la iglesia, perseguida por las derrotas, el temor a Dios, los posibles engaños y el rosario heredado de su madre. Da Silva no resistió la pena. Ramiro no estuvo en su velorio. Como el extranjero de Albert Camus. Quiñónez dejó entrever que había estado preso. Era posible. Igual, fue el patrón quien le negó el permiso. Lloró. “No supo por cuánto tiempo estuvo llorando”. Gritó. “Ay papá y mamá, si los tuviera en vida cuántas cosas les dijera, cuántas cosas cambiarían”. Maldijo. Recordó. Quiso agarrarse a trompadas con el cura que le cobró los “chavos de la palea esta”. Pensó en el suicidio, pero era muy cobarde para eso.

Al final, la voz de un testigo de todo, Dios de los dolores que es Blades, narraba que “Todos los hechos lo condenaban, las anécdotas y los recuerdos hablaban mal de él. Con los ojos enterrados en el piso, sufriendo las malas jugadas de su existencia, Ramiro recorrió las calles del barrio. La misma esquina con su mismo olor, todos los hechos lo condenaban. Sin embargo, nadie hablaba de su soledad, de aquellos años en la cárcel. De las cosas que hizo y dejó de hacer. De su eterna mala suerte. Parado en la esquina Ramiro respondió las preguntas que jamás le hicieron. Después de todo su único premio era la vejez. La misma recompensa que recibió su padre Carmelo. La misma recompensa que de seguro recibiría su hijo Rafael... Es una noche de mayo de 1970, Ramiro sigue en la esquina. Solo, como siempre...”.

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Le cantó a la vida, a su Maestra Vida. “A tu escuela llegué sin entender por qué llegaba, en tus salones encuentro mil caminos y encrucijadas, y aprendo mucho y no aprendo nada (…). Y vi espinas y vi rosas, vi morir seres queridos, vi belleza, fui testigo de maldades y de guerras (…). Y en Dios me acuerdo primero sólo en trance de morirme o a veces cuando estoy triste, mas nunca si estoy contento (…). Y tengo amigos, conocidos y enemigos, amores que me han querido y rostros que niegan verme (…). Me encontré frente a la muerte y en sus ojos vi el sentido y con el miedo conmigo así yo aprendí a quererte (…). La muerte es el mensajero que con la última hora llega y el tiempo no se detiene, ni por amor ni dinero (…). Maestra Vida camará, te da te quita, te quita y te da...”.

Luego se mató en una moto. Aún no había acabado de llorar a sus padres. Aún no había comenzado a comprender la vida.

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