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Cine documental en Colombia: un reflejo de nuestra complejidad (In memóriam Carlos Álvarez)

En los últimos meses el formato de cine documental ha adquirido una fuerza exponencial en el país. Presentamos algunos documentales que pueden servir para reconocer nuestra historia y el rol de este formato en el territorio nacional.

El cine documental en Colombia ha narrado el país desde múltiples vertientes.Archivo particular

Quizá el mayor referente y el inicio de una era promisoria para el cine documental en Colombia se halla en Chircales, la cinta dirigida por Jorge Silva y Martha Rodríguez, dos maestros y leyendas que forjaron su relación mediada por el arte y su compromiso contestatario y responsable con las dinámicas y problemáticas que suscitaban la desigualdad y la violencia en Colombia. El documental, que se estrenó en 1972 tras varios años de investigación, muestra las condiciones infrahumanas en que la clase obrera en el sur de Bogotá construía ladrillos en medio de un ambiente lúgubre y que reflejaba la explotación y el abuso de los dirigentes. El enfoque humanista, específicamente antropológico con que Silva y Rodríguez desarrollan el documental, refuerza la explicación de la teoría marxista entorno a las relaciones de producción. Así, los 42 minutos de duración responden no solo a un interés por a una necesidad de visibilizar los escenarios de desigualdad y la ausencia de garantías para los trabajadores del sur de la capital.

Sin embargo, en el inolvidable 1968, Carlos Álvarez, documentalista nacido en Bucaramanga en 1942, presentaba Colombia: una historia que está comenzando en la IV Muestra del Nuevo Cine en Pésaro (Italia). A partir de ese título, de esa postura que reivindicaba las intenciones de muchos cineastas en el país de escribir una nueva historia del séptimo arte y reinventar las narrativas de nuestra realidad, Álvarez empezó a hacer del cine documental un testimonio de memoria, de reflexión y de rebeldía.

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Asalto y Qué es la democracia fueron documentales que aparecieron antes de Chircales. Fueron dos referentes de la historia del cine en Colombia. Fueron el recuerdo de la toma militar a la Universidad Nacional en 1967 y un llamado al despertar, al cuestionamiento de la democracia que se había vulnerado y fragmentado con las elecciones presidenciales de 1970, suceso que desencadenó, entre otras cosas, la aparición de la guerrilla del M-19.  

Los movimientos emergentes de protesta y crítica social que se desarrollaron en la década de 1970 a causa de los focos de violencia, desigualdad, analfabetismo e injusticia, encontraron en el cine un medio con un poder visual que permitiría acercarse a esos contextos para mostrar de la manera más leal posible el modo de vida que llevaban aquellas poblaciones y territorios perjudicados por las crisis sociales, económicas, políticas y culturales.

Debido a la fuerte afluencia de directores que querían hacer cine en el país para fortalecer la industria y la identidad cultural, se creó la Ley de sobreprecio en 1972, la cual consistía en cobrar una tarifa extra en cada boleta que se vendiera en las principales salas del país. Esto, con el fin de incentivar la industria del cine y fortalecer el apoyo que se les daría a cineastas y productores para seguir generando contenidos culturales entorno a la realidad del país.

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Fruto del auge que gozaba el cine en Colombia, surgieron 134 documentalistas entre los que se destacan Herminio Barrera, Gustavo Nieto Roa, Luis Alfredo Sánchez, Julio Nieto Bernal, Ciro Durán, Diego León Giraldo, Camila Loboguerrero, Martha Rodríguez, entre otros directores.

Uno de los documentales más resaltados es el de El oro es triste, de Luis Alfredo Sánchez. En él, se muestra la difícil situación social y económica derivadas de la extracción del oro en el municipio de Barbacoas, Nariño, a principios de la década de 1970. La miseria y la escasez se apoderaban de un territorio que se veía explotado a causa de esta actividad extractivista que acababa con la vida de quienes trabajaban en ello y con la naturaleza en general.

Llano y contaminación, documental de Camila Loboguerrero, también simboliza el carácter contestatario del cine en los 70’s, demostrando la explotación exacerbada del petróleo en los Llanos Orientales. Un recorrido por el daño y la crisis ambiental a causa de la extracción del petróleo en una de las zonas más diversas del país, exalta la labor de Camila Loboguerrero y su aguda intención de retratar por medio del cine una serie de denuncias que busca despertar a los ciudadanos ante el impacto de la explotación del petróleo en el medio ambiente.

Nuevas perspectivas empezaban a desenvolverse en la industria del cine en el país. Junto a las denuncias por el impacto ambiental, la violencia y la corrupción empezaron a estar en el lente de varios directores que aprovecharon el carácter reaccionario del cine en Colombia para extender el eco de aquellas voces que clamaban paz, justicia y reparación a los daños ocasionados por el conflicto armado y por la impunidad que reinaba.

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Sergio Cabrera, Alejandro Quijano, Yira Plaza, Hollman Morris, Yesid Campos y el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), son algunos de los directores que ubicaron al cine documental en las múltiples narrativas de la guerra como una posibilidad de aportar a los escenarios de reconciliación y responsabilidad en la que todos debemos reconocer los momentos más álgidos del conflicto y los motivos por los cuales se llevaron a cabo las dinámicas que extendieron y agudizaron los ejes de violencia a lo largo del territorio colombiano.  La impunidad reinante en las masacres cometidas por paramilitares, el exterminio de la UP, la influencia de Pablo Escobar en el narcotráfico, la normalización de la violencia en las comunidades afrodescendientes y la persecución a líderes sociales son algunos de los temas que construyen un contenido asociado a esta parte opaca de nuestra historia. Ciudadano Escobar, La frontera invisible, No soy yo quien grita, Impunity, No hubo tiempo para la tristeza y El baile rojo: la historia del genocidio contra la Unión Patriótica, son, respectivamente, los documentales realizados por los directores mencionados anteriormente. En cada uno de ellos se expone una mirada particular y una historia respaldada por una exhaustiva investigación que arroja la cercanía de la cinta cinematográfica con los testimonios y la realidad de los acontecimientos y épocas que allí se mencionan.

De la diversidad de flora y fauna no se podía quedar atrás el cine nacional. Documentales como Apaporis, del director Antonio Dorado, o Río Sonoro de Simón Mejía, buscan resaltar la belleza que hay en la pluralidad de especies y paisajes que decoran los amaneceres, atardeceres y devenir del tiempo en el país. Un recorrido por la Selva Amazónica y por el imponente Río Magdalena, muestra la armonía que existe entre los colores del territorio, los sonidos de la naturaleza y los sonidos y cuidados de las culturas indígenas y poblaciones afrodescendientes que habitan estos espacios protegiendo su patrimonio, sus culturas y su entorno.

El cine documental ha labrado durante años su misión como agente cultural y social que genera conciencia. Su rol en la identidad cultural del país y en la reconstrucción de tejidos, voces y testimonios de los procesos que han determinado a la nación, ha sido fundamental por su capacidad de unir el arte con una realidad cruda y resistente a los discursos que visibilizan los momentos más polémicos y las dinámicas más complejas que han debilitado la convivencia y han fortalecido la capacidad de entendernos como sociedad.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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