Coetzee subtitulado en español

El enigmático Nobel de Literatura estuvo en Chile y Argentina y se ha acercado a Colombia a través de la obra de García Márquez.

La noticia literaria de la semana: John Maxwell Coetzee está vivo y reapareció no en Sudáfrica sino en Suramérica. El asocial premio Nobel de Literatura 2003, quien se declaró muerto en su última novela, Verano, participó, tan frío y cortante como siempre, el martes en el seminario “La Ciudad y las Palabras”, en Santiago de Chile.

Con 71 años de edad y buena salud, llegó con el compromiso de que le garantizaran “privacidad” y lo alejaran del acoso de los periodistas. Segunda sorpresa: habló en español, el idioma que exploró para leer a fondo a García Márquez y para criticarlo por su último libro, Memoria de mis putas tristes (ver recuadro arriba).

Dijo el martes en la lengua a la que también se acercó por la poesía de Neruda: “Señoras y señores, quiero dar las gracias a la Universidad Católica por la invitación. Nunca antes había estado en Chile, este hermoso país”. Concreto y eficaz como su prosa, explicó ante un auditorio emocionado: “Voy a leer dos piezas cortas. No son exactamente relatos, no tienen estructura dramática, pero tampoco son ensayos ni son autobiográficos”. El primero, Una casa en España. “No tengo una casa en España”, aclaró antes de empezar a leer en su inglés británico la historia de un veterano hombre solitario, como él, que compra una casa centenaria en la costa de Cataluña, con la cual termina estableciendo una relación muy personal. Concluyó: “una forma de matrimonio entre un hombre que está envejeciendo y una casa que ya dejó de ser joven”.

El segundo texto lo tituló La granja y, por lo que se sabe de Coetzee, tiene que ver con su raíces sudafricanas, tema que subyace en todos sus libros porque convivió con las consecuencias del colonialismo, con el apartheid, con “el abismo” entre negros y blancos. En la lectura volvió a su desértico “edén perdido”, en inmediaciones de Cape Town, ya tan universal como Macondo. El narrador es un hombre que puede ser él evocando la niñez en aquel lugar mágico, transformado hoy en foco de turismo rural.

Un asistente contó que fueron 45 minutos de lectura y cinco minutos de aplausos. Coetzee agradeció de nuevo, pero no aceptó preguntas. Tercera sorpresa: accedió a firmar libros, se calcula que unos 300. Gran privilegio teniendo en cuenta que no se presenta en público y ni siquiera ha acudido a recibir dos veces el Premio Booker de literatura inglesa por Desgracia (1999) y Vida y época de Michael K. (1983).

El martes saludaba en español, preguntaba el nombre y estampaba el autógrafo. No estuvo hosco ni arrogante, como algunos esperaban, sino parco y complaciente. Luego dedicó tres días a conocer Chile, incluida la Isla Negra de Neruda. Hubiera querido conocer la Isla Robinson Crusoe, porque el náufrago de Defoe obsesiona a Coetzee (le dedicó el discurso del Nobel). Pero no había tiempo y dos semanas atrás murieron allí 21 personas cuando el avión no pudo aterrizar por mal tiempo. Prefirió pasar a Argentina y este fin de semana fue la atracción en el cierre del Tercer Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires.

No es casual este paseo del Señor C, como se representa en el protagonista de Diario de un mal año. Ahora es uno de los escritores que más venden en Latinoamérica, junto a Vargas Llosa y García Márquez. En Colombia, según cifras de su sello editorial Random House Mondadori, vendió hasta el mes pasado 23.509 libros, siendo un autor más de culto que comercial. Es lectura obligada y recurrente en los círculos literarios. El 31 de agosto pasado la Universidad Central realizó un encuentro sobre su obra en Bogotá y llenó el Teatro México con estudiantes de escrituras creativas y seguidores de la extensa obra de “uno de los mayores racionalistas de la prosa”, como lo define el escritor mexicano Juan Villoro.

Otro novelista mexicano, Jorge Volpi, ha estudiado la narrativa de Coetzee y en la Feria del Libro de Bogotá recomendó leer y releer Verano, elegido el libro del año en 2010 por la revista literaria Babelia, de El País de España. Tienen razón. Ratifica la técnica innovadora que demostró en obras como Diario de un mal año, donde los ensayos de un escritor australiano sobre el mundo actual (Coetzee se nacionalizó en ese país en 2006 y casi no sale de Adelaida, donde enseña literatura en la universidad local) se superponen a una novela clásica que relata, con estilo de contundentes pies de página, la caótica historia de amor entre el viejo autor y una joven vecina.

Verano es otra novela experimental, un autoflagelante juego inspirado en Esperando a Godot de Beckett, otro de los padres literarios del escritor. Coetzee ha muerto y un joven periodista inglés llamado Vincent intenta armar una biografía del Nobel, centrado en la que considera su época menos conocida, cuando regresó a Sudáfrica en 1971 hasta su reconocimiento público en 1977, es decir, mientras se habituaba y se resignaba a ser escritor.

Arma la estructura del libro a partir de los cuadernos de notas del autor que ponen en escena la atmósfera de la Sudáfrica de ese tiempo. Al final de cada fecha aparece un añadido en letra cursiva de supuestas notas de diarios personales escritos 25 años después, cuando Coetzee pensaba en su tercer libro de memorias, que se sumaría a las novelas autobiográficas en tercera persona Infancia (1998) y Juventud (2002). Esta última fundamental para entender su formación literaria y el miedo a la mujeres.

Las cursivas de Verano empiezan a perturbar al lector con la relación de Coetzee con su padre: “A desarrollar: la reacción de su padre a los tiempos comparada con la suya: sus diferencias, sus (primordiales) similitudes”. Las titula “pregunta”, “a explorar”, “precaución”, hasta meter al lector en una historia con refinada técnica de caja china. Siembra al tiempo la duda sobre que incluso sus escritos privados pueden ser ficcionales.

Valoradas las pistas de Coetzee, el investigador prefiere las fuentes testimoniales, las reduce a cinco y procede a entrevistarlas. Primero a Julia Frankl, con la que sostiene un diálogo de 60 páginas sobre su amantazgo con él estando ella casada. Un tratado del mal amante con episodios extremos como él pidiéndole que hagan el amor al ritmo del quinteto de cuerdas de Schubert. “Eso, me parece, le dice todo lo que necesita saber sobre John Coetzee. El hombre que confundió a su mujer con un violín. Que probablemente hizo lo mismo con todas las demás mujeres de su vida: las confundió con uno u otro instrumento, violín, fagot, timbales… tan bobo, tan separado de la realidad, que no podía distinguir entre tocar a una mujer como si fuese un instrumento musical y amar a una mujer. Un hombre que amaba de manera mecánica. ¡Una no sabe si reír o llorar!”. La comedia del absurdo. Ella, una vez se separó, pudo haber sido la mujer más importante en la vida de Coetzee, pero mientras pasaban la última noche juntos él se despierta, la ve, vuelve el miedo y huye en la oscuridad. Ella no lo recuerda como un príncipe azul, sino como “una rana”. Una novela dentro de la novela en género de entrevista. Reitera lo que concluyó en Juventud: “hay que resistirse a las mujeres incluso cuando se las ama”.

Julia también reconstruye la personalidad del escritor y del padre: “solitarios, socialmente ineptos, reprimidos, en el sentido más amplio de la palabra”. Experta en literatura alemana, cuenta que Coetzee “no era humano, no lo era del todo” y que su obra se funda en su decisión de “bloquear los impulsos crueles y violentos en todos los aspectos de su vida, incluida su vida amorosa, y canalizarlos en su escritura” como “ejercicio catártico interminable”.

Las siguientes entrevistas insertadas como capítulos incluyen a Margot Jonker, la prima más cercana al autor. Una descarnada radiografía de la familia Coetzee, con una interesante mezcla de primera y tercera personas, descripciones y diálogos, y hasta cruces de cartas. La fuerza de las “revelaciones” atrapa al lector y lo hace cómplice del rompimiento del pacto que el biógrafo tenía con esta mujer para no publicar la versión tal y como se lee. Entre líneas Coetzee se enfrenta al conflicto de si cuidar o abandonar a su padre “en medio de ninguna parte”, parodiando su novela del mismo nombre sobre las cicatrices del colonialismo en la condición humana sudafricana.

El amor latino de Coetzee, presunto y platónico, se condensa en la charla con Adriana Nascimento, una brasileña, maestra de danza. La mujer queda viuda, él intenta conquistarla con “poemas oscuros”, pero es María Regina, la hija de ella, quien se enamora de los poemas y de él. Una cita basta para captar la fuerza narrativa: “deja de obligarme a humillarte. ¿No ves que te detesto?”. Mientras para el biógrafo Coetzee es un gran escritor, su héroe, para ella “no es nada y no fue nada, tan sólo una irritación”. El literato que no sabía nada de mujeres termina reivindicado gracias a que Adriana contrapregunta a Vincent para saber qué tan buena es la obra de Coetzee.

Un maestro de literatura, Martin, rompe el matriarcado al conceder una entrevista sobre el Coetzee al que le ganó en Ciudad del Cabo un puesto de profesor adjunto. Parece intrascendente, pero vuelven las cursivas del autor para juzgarse como profesor de secundaria y de universidad. El colega lo considera poco notable, porque sabía mucho de todo sin especializarse en algo. Además, era rígido y formal, “un inadaptado” entregado en ese momento a los novelistas rusos del siglo XIX (El maestro de Petersburgo es su homenaje a Dostoievski), a la historia del surrealismo en Latinoamérica, a enseñar poesía a partir de los versos “exuberantes y expansivos” de Neruda, de “su reacción ante la injusticia y la represión”. Más que escritor y profesor hubiera preferido ser un simple bibliotecario.

En contradicción -y esa es la fuerza del libro y la palabra para definir la vida y obra de Coetzee-, su perfil académico es defendido por Sophie, profesora francesa en la Universidad del Cabo, diez años menor y de la que se enamora cuando los dos ofrecen un curso de literatura africana. Otra mujer casada que se aventura con este raro hombre, termina separada y defraudada sentimentalmente de él. “Le agradezco haberme salvado de un mal matrimonio”. Conocedora del Coetzee izquierdista y de parte de su obra, porque le perdió interés “por fría, fácil, sin pasión para ser gran literatura”, advierte: “así le hayan dado el Nobel, no era un ser excepcional, aunque sí inteligente y culto”.

Verano se cierra con fragmentos del cuaderno de notas del novelista, sin fecha y en tercera persona. Describe el reencuentro con su padre, un contador enfermo de 65 años. Juntos, sin amigos, intentan rehacer su relación a partir de un repaso a su vidas y a sus personalidades. El hijo fracasado no sabe qué hacer con él.

Hay que leer a Coetzee, a todo Coetzee, para disfrutar de la ambigüedad y los desenlaces de la buena literatura porque, como en Esperando a Godot, en Verano nunca se llega a saber quién es realmente el Coetzee que merodea por estos días nuestra vecindad.

García Márquez según el Nobel sudafricano

Un ensayo de Coetzee sobre Gabriel García Márquez fue publicado en 2006 por The New York Review of Books, a propósito del último libro del Nobel colombiano, Memoria de mis putas tristes. Califica de “inquietante” el territorio que explora la obra en “términos morales”, pero lo critica con dureza: “Hay indicios de que no está seguro de cómo manejar la historia de la joven”. Advierte sobre “los paralelismos” que hay entre esta narración y El amor en los tiempos del cólera. “Son tan llamativos que es imposible ignorarlos”. Para él Memoria es “una suerte de suplemento” de la otra novela y discute el final abrupto. Concluye: “No es un gran logro. Su insignificancia no es sólo producto de su brevedad”, comentario que aprovecha para reconocerle sobrados méritos a Crónica de una muerte anunciada, “una clase magistral vertiginosa sobre cómo pueden construirse múltiples historias —múltiples verdades— para dar cuenta de los mismos hechos”. Declara a Gabo “el discípulo más devoto de Faulkner” y lo ubica en “la tradición del realismo psicológico” más que en la del “realismo mágico”.

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