Coetzee y la autobiografía

Fragmento de uno de los ensayos escogidos por la Universidad Central para homenajear al Nobel de Literatura sudafricano, quien hoy clausura el seminario en el que se presentaron 26 ponencias sobre su obra.

Una foto histórica: el Nobel John Maxwell Coetzee en la Universidad Central de Bogotá.   / Gustavo Torrijos
Una foto histórica: el Nobel John Maxwell Coetzee en la Universidad Central de Bogotá. / Gustavo Torrijos

Este escrito nace de “las preguntas más hondas” que suscitó en J.M. Coetzee la lectura de la obra autobiográfica de Amos Oz para uno de los ensayos incluidos en Costas extrañas, tema removido en mi ánimo lector por Verano. Aspiro a no caer en la simplificación ni en el “reduccionismo biográfico”, tan odiado por nuestro ilustre visitante. No pretendo ni me interesa demostrar aquí que su narrativa es, como él mismo le dijo en una carta a Paul Auster en julio de 2010, “una forma de camuflaje del yo que practican los escritores... y revelar la ‘verdad’ que hay detrás”. No. Sólo pretendo plantear algunos interrogantes para, como dice Auster, no perder “la capacidad de comprender la imaginación”.

Percibo, con precaución, que el caldo de cultivo de Verano (2009) puede provenir, en parte, del fuerte oleaje autobiográfico de Costas extrañas (2001). Maestro Coetzee: el que cierre Verano admitiendo citar “de forma inadecuada” fragmentos de Esperando a Godot, sabiendo que usted no sería la clase de escritor que es si Beckett no hubiera nacido, me otorga licencia para hacer algo parecido con Costas extrañas, porque no sería el lector que soy si usted no hubiera nacido.

Tratando de descubrir sus argumentos de lo que podría ser la “ética de la autobiografía”, primero hay que ser consciente de hasta dónde llegaron sus lecturas y entre ellas qué aspectos tuvo en cuenta. Allí desarmó las “autobiografías sobre la infancia” de Oz y las crisis morales que implicaron. Advirtió, marcando territorio frente al sentimentalismo, que “en cada caso, el escritor adulto organiza la historia de su infancia en torno a estos episodios críticos, que identifica como momentos clave de su crecimiento moral”. Esto no resulta notable en su Infancia como sí, por ejemplo, en las inocentes memorias infantiles de José Saramago.

Sus palabras denotan el impacto que le dejó el autor: “no sólo la comprensión de nuestro pasado —convertir nuestro pasado en narración— explica nuestro presente, sino que nuestra vida, parece sugerir Oz, es en cierto sentido la realización de alguna historia que elegimos como nuestra cuando éramos niños. Así pues, una historia es un modo de proyectarnos a nosotros mismos en el futuro”.

Encontró en Oz “personaje” este insumo: “un fuerte elemento, si no de ficción, sí de deliberada creación de sí mismo”. Puedo decir que usted también entró en un proceso de autorrevisión hasta convertirse en reescritor de sí mismo. Sobre Una pantera en el sótano se pregunta: “¿No ha traicionado él, Amos Oz, a los propios Uri y Profy, de los cuales ha nacido él (o a través de los cuales él se configuró a sí mismo) al hacer salir la pantera del sótano o al leopardo del bosque, al exponer sus secretos a la luz y al hacerlos objeto de diversión, incluso de burla?”. Pregunto: ¿fue un punto de referencia para abordar en Verano el plano sexual a través de las entrevistadas que describen al John amante mecánico —que confunde a las mujeres con instrumentos musicales— como bobo, abstemio, solitario, reprimido, vegetariano, desadaptado?

Usted no hubiera escrito La bicicleta de Sumji, bella, en cambio reconoce la ambición de Una pantera, novela inquietante por la que abre el portón a la “ética de la autobiografía”. ¿De qué ética estamos hablando?, para no perdernos en las profundidades coetzianas de la moral del escritor, su valor y su integridad personales, tema de otro ensayo. ¿Se refiere a las obligaciones del autor con el lector, no más allá de la verosimilitud libre de trucos y engaños? ¿Es la forma de bautizar un proceso creativo para llegar al paratexto de la realidad? Más interrogantes surgen cuando sobre La epopeya de los miserables, del Nobel egipcio Naguib Mahfuz, habla de “la ética de la respetabilidad” y deduce que “el corazón de Mahfuz miente con el deseo de imitar los modelos occidentales”.

En su viaje a las costas de otros escritores israelíes impresiona su obsesión por saber cómo vivieron el Holocausto contra los judíos y cuánto de su autobiografía se filtró en sus obras, caso de The Iron Tracks de Aharon Appelfeld. ¿Cuánto aprendió de ellos para abordar el apartheid sudafricano con el distanciamiento necesario, evadiendo extremos de indignación o silencio? En palabras de Coetzee, “la fe en el poder de la ficción para recuperar y rescatar el yo herido” valiéndose de “los poderes curativos del arte”.

Así prefiera, como le contó a Auster, “inventar sus personajes de la nada” porque “de esa manera producen la impresión de ser más reales”, es innegable, como usted leyó en Borges, que “toda literatura es autobiográfica, finalmente”. Estamos de acuerdo, maestro, en que es mejor otorgarle el beneficio de la duda al “misterio del yo”. También en aceptar que “el objetivo último de la empresa autobiográfica, es decir, acceder a la verdad de uno mismo a través de la revisión del pasado mediante el relato de la historia de la vida tal cual es, no acaba de culminarse”.

* El texto completo será publicado en un libro conmemorativo que editará la Universidad Central.

 

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