La colérica Medea

Tomaz Pandur vuelve a actualizar un clásico de todos los tiempos y, con ello, suscita de nuevo la reflexión sobre el personaje, sobre la mujer que representa. Y hoy, ¿quién es Medea?

La ‘Medea’ de Tomaz Pandur y el Teatro Nacional de Zagreb. / Cortesía Festival iberoamericano

Todo a lo que se le teme debe permanecer al margen, bien lejos, o absolutamente bajo control. No es ningún misterio que desde tiempos inmemoriales los hombres, que son los que han escrito la historia, le han temido a la mujer y la han considerado una amenaza. De ahí la tendencia a satanizarla. Eva es la culpable del pecado original y de ahí para adelante la mujer es la pecadora, o la culpable del pecado, porque de una u otra manera hace que el hombre caiga en tentación. Es ella, entonces, quien lo conduce al pecado. Por ello es siempre, en últimas, la verdadera responsable.

Las mujeres también han sido brujas y hechiceras desde los relatos mitológicos de la antigua Grecia, y más adelante, en la Edad Media, lo fueron de nuevo. La Santa Inquisición se encargó de aniquilarlas, porque detrás del maquillaje y sus múltiples caras se escondía su verdadera naturaleza, que es terrible, maléfica e inevitablemente fraudulenta. Luego, en el siglo XIX, fueron las histéricas que el señor Sigmund Freud diagnosticó, clasificó, patologizó. Y por los siglos de los siglos han sido prostitutas, traicioneras, seductoras, “seres desconocidos y misteriosos” para algunos filósofos y, en general, seres inferiores a su opuesto. Parece ser esa la razón por la que a lo largo de la historia las mujeres han sido controladas y dominadas. Y si no es la razón, al menos es la excusa.

Dos historias milenarias plasman la idea de la mujer como amenaza, como peligro mortal. Uno es un relato bíblico, el otro es uno mitológico. La primera mujer es Salomé, cuya historia siglos después Oscar Wilde transformaría en una obra de teatro. La segunda es Medea, que ahora ha sido de nuevo adaptada —quién sabe cuántas veces lo ha sido ya— por un director croata, Tomaz Pandur, que la presenta por estos días en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá.

Ambas tienen visos de hechiceras, la segunda lo es más que la primera, y ambas son crueles y asesinas. Ambas, además, son mujeres que viven en un mundo de hombres, y por ello son el punto focal, el blanco de todas las miradas. Toda la atención y la tensión están puestas sobre ellas, y todos los juicios que se hacen de ellas provienen de un mundo y una lógica absolutamente patriarcal, que no admite que la mujer se le parezca al hombre, y resalta todo el tiempo, más bien, sus diferencias. Salomé es la belleza enferma del siglo de Wilde, la típica belleza amenazadora del XIX: atractiva, peligrosa, extraña, y tuberculosa o histérica, no había de otra. Medea es la colérica. Así que, si quisiéramos acercar a estas dos mujeres aún más, podríamos decir que la cólera de Medea es la histeria de la antigüedad, sólo que en el XIX la excepcionalidad femenina se acentúa.

La categoría médica de la histeria (que viene justamente del griego hysteria, que significa “útero”) era una enfermedad femenina por excelencia (cuyos vestigios, creo yo, padecemos todavía hoy). Toda mujer no sumisa en realidad manifestaba un síntoma de la enfermedad, la irritabilidad. Toda mujer que se sobresaltase, entonces, estaba necesariamente enferma. La estrategia: convertir un comportamiento femenino —que en el hombre no era síntoma de nada más que de un carácter firme y decidido— en una enfermedad que debería ser evitada y, si es posible, suprimida: la que la tiene es señalada, y debe ser tratada. Mejor obedecer a ser juzgada; que sea el hombre, y sólo él, quien exprese sus ideas y emociones exaltadas.

De la misma manera, en la antigua Grecia la ira descontrolada no estaba bien vista. Era una especie de locura, era un “estar fuera de sí” que le arrebataba al encolerizado su independencia. El colérico era como el poseído: no era él mismo, era otro, y por ello los otros decidían sobre él, y lo condenaban. Si, además, la colérica era mujer, no tenía sentido dar la pelea, siquiera.

Por eso la causa de la Medea de Eurípides es una causa perdida. Por más de que la obra se encargue de mostrar las justas razones de su incontrolable ira, la tragedia de Medea es que nada vale, nada pesa más que su comportamiento excesivo y su delito final. Medea no tiene derecho a justificaciones. El montaje de Pandur tiene la virtud de mostrar ese encierro al que Medea está condenada en un mundo masculino, sordo e inamovible. Y también retrata bien a la Medea colérica. Por lo demás, creo que se trata de una adaptación plana y tediosa que no les recomendaría a los fanáticos del teatro en esta temporada.

 

 

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