Comisión forense pretende aclarar si Pablo Neruda murió de cáncer o envenenado

El lunes exhumarán restos del poeta chileno.

Los trabajos para abrir la tumba de Pablo Neruda se iniciarán el domingo.  / Archivo
Los trabajos para abrir la tumba de Pablo Neruda se iniciarán el domingo. / Archivo

Una ambulancia a la que detuvo la Policía una y otra y otra vez camino al Hospital de Santa María, Santiago de Chile, septiembre de 1973. El cuerpo de un poeta a bordo. La mirada perdida, vidriosa, de ese hombre que firmaba como Pablo Neruda, aunque se llamara Neftalí Reyes. Un chofer que lo seguía en su auto, y que luego, muchos años después, bajo juramento, “yo, Manuel Araya”, afirmó que Neruda no había fallecido por el cáncer que padecía, sino porque le habían inyectado una dosis mortal de dipirona en la habitación 406 del Santa María. Para darle verosimilitud a su declaración, recordó que en ese mismo hospital, en 1982, habían asesinado al expresidente Eduardo Frei, viejo amigo, “camarada” de Neruda, de Allende y en fin, de tantos y tantos a los que la dictadura de Augusto Pinochet y sus socios eliminó. La polémica. Testimonios. Detractores. Viejas historias. Novelas. Ficción contra realidad. Recuerdos.

“Hablamos de Francia —recordaría tiempo después Julio Cortázar, evocando su último encuentro—, de su último cumpleaños en la casa de Normandía adonde los amigos habíamos llegado de todas partes para que Pablo sintiera un poco menos la geométrica soledad del diplomático famoso, y donde con gorros de papel, largos tragos y música lo despedimos (él lo sabía, y nosotros sabíamos que él lo sabía). Hablamos de Allende, que había venido a visitarlo en esos días sin previo aviso, sembrando la estupefacción con un helicóptero inconcebible en la Isla Negra, y por la noche, aunque insistíamos en irnos, en que descansara, Pablo nos obligó a mirar con él un horrendo folletín de vampiros en la televisión, fascinado y divertido al mismo tiempo, abandonándose a un presente de fantasmas más reales para él que un futuro que sabía cerrado”. Aquel era un Cortázar abatido, melancólico.

Al final, escribió que Neruda “nos miró (a él y Ugné Karvelis, su segunda esposa) un momento, sus manos en las nuestras, y dijo: ‘Mejor no despedirse, ¿verdad? ’, los fatigados ojos ya distantes. Era así, no había que despedirse; esto que he escrito es mi presencia junto a él y junto a Chile. Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó”. Los últimos versos de aquel hombre, Neruda, fueron sus últimas protestas, pero sus últimas protestas quedaron atragantadas, refundidas entre las sábanas de su vieja cama en Isla Negra, adheridas a los podridos huesos de su cuerpo que se negaba a morir muy a pesar de que los dictámenes de los doctores no le auguraban más de un año de vida. Por aquellos primeros días de febrero de 1973, Neruda ya no podía encaramarse en una tarima para leer, herir, convencer y pedir que no hubiera olvido. Era una sombra de sí mismo.

El 23 de septiembre de 1973 Neruda falleció en su casa de la Chascona del barrio Bellavista, en Santiago, por lo menos de acuerdo con los registros oficiales que para aquel entonces ya estaban a cargo de la dictadura de Augusto Pinochet. Doce días antes, su amigo Salvador Allende se había pegado un tiro con una escopeta que le había regalado Fidel Castro, para no tener que entregarles el poder a los “de siempre”. Neruda supo de aquellos sucesos como entre brumas, y entre brumas se enteró de que los milicos habían allanado su casa y que en su afán de buscar quién sabe qué, habían roto los tubos del acueducto y las partes bajas de la casa se habían inundado. Allí lo velaron, ante la ausencia de muchos de sus amigos con los que solía tomar vino, la presencia del Partido y la vigilancia estricta de unos hombres “extraños” vestidos de negro, frente a una fotografía de Walt Whitman y una pintura dedicada de Roberto Matta.

Luego, según pasaron los meses y los años, Chile sufrió la ignominia, los vejámenes del régimen, las traiciones, la oscuridad. Y pasaron las palabras de Cortázar, y los asesinatos en el Estadio Nacional, y las burbujas económicas, y los cables falseados de las agencias de prensa, y la muerte de Frei, y la muerte de otros miles, algunos sin nombre. Se marcharon los hombres que a finales de los 60 habían llegado desde Chicago para desestabilizar la economía de los primeros años del gobierno socialista de Salvador Allende; se marcharon también, se tuvieron que marchar, cientos de perseguidos que en Alemania Democrática, en Polonia, en Checoslovaquia y en la Unión Soviética armaron grupos de resistencia. Algunos no regresaron jamás. Entonces habló Araya, detenido y torturado en aquel septiembre del 73 mientras Neruda agonizaba. Habló, acusó, luego de que un juez, Mario Carroza, hubiera reabierto la investigación sobre la muerte del poeta por el hallazgo de nuevas pruebas que eran, en esencia, la confesión de un médico, Sergio Draper, quien había ordenado que se le inyectara dipirona a Neruda.

El próximo lunes la historia comenzará a develarse. Un equipo de 20 peritos de varias nacionalidades, dirigidos por Francisco Etxeberría, junto a investigadores del Servicio Médico Legal de Chile, exhumarán el cadáver de Neruda, enterrado frente a su casa de Isla Negra, a donde fue trasladado en 1992 desde el Cementerio Central de Santiago. No existe “ninguna hipótesis previa”, aclaró Etxeberría.

Sin embargo, los testimonios de Araya; de Matilde Urrutia, la esposa de Neruda, quien siembre tuvo temores sobre la seguridad del poeta; tres libros que avalan la teoría de que hubo un asesinato (Sombras sobre Isla Negra, de Mario Amorós; El caso Neruda, de Roberto Ampuero, y El doble asesinato de Pablo Neruda, de Francisco Marín y Mario Casasus); las presiones del Partido Comunista; las coincidencias con el crimen de Frei, y la incesante intención de la mayoría los chilenos por aclarar el pasado, recuperarlo y no olvidar, han comenzado por inclinar la balanza. La muerte de la que escribió Neruda y su muerte, hoy, vuelven a la escena. Vivas.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,

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