Con tu perdón (En primera persona)

Con tu perdón madre, ahora entiendo tus lágrimas, estas por las que lloré ayer escuchando al maestro César Mora en el auditorio León de Greiff, acaso para conmemorar los veinte años de la muerte del grande Jaime Garzón.

Imagen del homenaje a Jaime Garzón, liderado por César Mora, y realizado en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. Cortesía

Hace veinte años, yo tenía seis años y para ese entonces recuerdo estar en el colegio junto con mi hermana y mi tío Kempes, quien cursaba su último grado. Kempes, en varias ocasiaones, llegaba a mi salón vestido de payaso, me saludaba y yo con una sonrisa me le lanzaba a abrazarlo como si fuera una especie de amor puro palpable, de ese amor que se encuentra en las raíces que no se agotan y que por supuesto las sigo llevando conmigo.

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Luego de despedirme de mi tío y salir de colegio, recuerdo estar con mi mamá sentada en su cama viendo la televisión pues ella estaba llorando sin que yo me diera cuenta y se retiraba las lagrimitas suavemente con su dedo índice y luego suspiraba, me sonreía y acariciaba con su otra mano mi melena rubia. Recuerdo que yo también estaba triste y le preguntaba a mi mamá que si el "embolador de zapatos había muerto", pues en la televisión aparecían imágenes de él y yo me preguntaba por qué; quizás mi mamá tratara de explicarme, quizás yo la calmé con mi inocencia, quizás nos dimos apoyo entre conversaciones invisibles que mi memoria no alcanza a transitar.

Desde entonces y unos años después, cuando comencé a entrar a las clases de mi tío en la Universidad Nacional, empecé a observar más sobre lo que ocurría dentro de mi y la sociedad. Le daba sentido al conflicto familiar: mamá y papá separándose mientras ellos discutían bruscamente, yo me hacía a un lado, en una esquina, los observaba y empezaba a armar piezas de solución en mi cabeza para poder lidiar con lo que estaba sucediendo. Recuerdo que observaba mis manos sudorosas como buscando información del por qué mamá y papá no podían estar juntos, conocí la impotencia, pero también las ganas de transformar esas pequeñas realidades. Luego tuve que vivir con mis abuelos, gran elección. El hecho de levantarme para ir al colegio a las cuatro de la mañana con el olor a tinto, la voz del locutor al encender la radio que se encontraba siempre encima del bufet, el conteo de los muertos, el paro de camioneros, "caracol radio más compañía", y así todos los días, llenándome de a pocos de sociedad, de pueblo, de injusticia, de humanidad. 

Suena paradójico, pero tengo hipoacusia, no logro escuchar muy bien los sonidos agudos, pero aún llevo conmigo las impresiones de las cosas que escuché en el pasado, pues éstas son las razones por las cuales no evito sentir.

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Han pasado veinte años ya. A lo largo del camino de mi vida me he untado de impotencia, de llanto, de dolor, de sentimientos que no logro soslayar. Por supuesto le he dado respuestas al llanto de mi madre mientras veía conmigo las noticias.  Al cabo de los años me fuí sumando de luchas de valor y llenas de sentido. Luchas que se encuentran en una palabra, un silencio, un espacio, una reflexión, el amor. 

Soy joven, lo sé, no me tocó vivir la época de Gaitán, de los disparos que provenían de arriba, de abajo, de al lado, no me tocó huir del peligro fatigada por salvar mi vida. Tampoco me tocó la de Galán, allí en Soacha, ni tampoco la de Garzón, aún sabiendo más o menos quién era él. Paradójico es saber que no hice parte de ese pasado y que me afecta de sobremanera, porque en esas vidas ajenas se encuentra la manzana del entendimiento incomensurable.

Esta historia colombiana y estas violencias nuestras no son solo las que nos tocaron vivir, “sino también las otras, las que vienen de antes, esas que se unen con un hilo invisible que corresponde al tiempo del pasado y del presente, pues el pasado es nuestra herencia sin beneficio de inventario.”

Así que, a lo largo de mi camino de vida, me voy llenando de pequeñas prendas de realidad al punto de que mi armario no le caben ninguna más. Allí me surge esa esperanza, no optimismo, sino esperanza de seguir creyendo, confiando, entendiendo, aún veinte años después del asesinato de Garzón. Ahora entiendo que nuestra memoria no es traicionera: tenemos una herencia colombiana muy bien marcada, es un lujo que no podemos darnos el gusto de olvidar, aunque el olvido sea una herida sin fisuras.

Con tu perdón madre, ahora entiendo tus lágrimas, estas por las que lloré ayer escuchando al maestro César Mora en el auditorio León de Greiff, acaso para conmemorar los veinte años de la muerte del grande Jaime Garzón.

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2019-08-17T15:17:41-05:00

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María Acosta / @Paunks

Cultura

Con tu perdón (En primera persona)

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