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Confesiones de una bailarina

El cuerpo está en constante cambio, es un ciclo natural de la vida. Sin embargo, para lograr ser bailarín se necesitan ciertas condiciones corporales que hacen más fácil el proceso de aprendizaje.

La práctica del ballet deforma, pues los pies cambian y las piernas siempre están hiperextendidas dentro y fuera del aula.Cortesía

Bailo desde muy pequeña, bailo diferentes géneros, pero el Ballet clásico ha sido mi formación y mi pasión. Cuando veía a las bailarinas profesionales solo pensaba en ser como ellas, sin tener alguna idea de todo lo que significaba lograr la perfección, porque en el ballet sí existe la perfección, al menos eso le hacemos creer a los espectadores.

Un bailarín siempre va a querer ser mejor, lograr cada vez más cosas. Los bailarinaes quieren tener un mejor empeine, mejor flexibilidad, tener mejor equilibrio, cada vez lograr más vueltas, o en el vocabulario de un bailarín, hacer más de diez “piruet”. Ante los ojos del público todo se percibe como armonía. Los acentos de una coreografía van al ritmo de la música, en apariencia, sin algún esfuerzo sobre humano. 

La exigencia, el amor, la dedicación, la fortaleza -emocional y física- y la disciplina que se deben tener, solo se consiguen si se practica esto desde niños. El ballet forma y deforma. Tal vez no literalmente deforme, sino que transforma el cuerpo y la personalidad, pues todos en algún momento hemos visto alguna fotografía o película de ballet donde muestran cómo quedan los pies. 

Mentalmente cambias y te renuevas, para bien o para mal; para bien, te vuelves una persona responsable e inconforme, dedicada y luchadora -por lo general, competidora-. Estoy segura de que el ballet forma a las personas para ser menos susceptibles o débiles, pues en las clases solo escuchas gritos que te repiten que debes mejorar porque hay que ser impecables todo el tiempo. No hay espacio para los errores. 

La tensión que hay durante los ensayos, antes de una presentación y claramente durante la presentación, se potencia, pero más si eres solista o si vas a alguna competencia. Allí es agobiante, y algo que con el tiempo lo aprendes a manejar, pero no lo dejas de sentir. Aún así no hay mejor adrenalina que pisar un escenario y bailar, solo bailar y brillar.

Para mal, porque el bailarín puede sentirse mal por su cuerpo, porque no nació en una familia de contextura delgada, o porque cualquier cosa de dulce o harina que coma lo engorda. Y sí, el ballet afecta la autoestima, directamente, sin ningún filtro. Hace sentir mal a los bailarines por no ser raquíticos como los rusos, y por esto no les importa someter el cuerpo a ejercicios -la gran mayoría dolorosos- para lograr esa figura. 

El ballet deforma, pues los pies cambian, las piernas siempre están hiperextendidas, dentro y fuera del aula. Al dejar de bailar el cuerpo protesta, necesita seguir ejercitándose, pero después de los cuarenta años no es lo mismo, las articulaciones están gastadas, dañadas, los tobillos, lesionados. En fin, el cuerpo a largo plazo te pasa una cuenta de cobro. 

Ahora, el cuerpo: cada músculo, hueso y articulación cambian o se somete a las pesadas clases. Es curioso cómo el bailarín entrena y se forma, en el caso de las mujeres, bailar en puntas, y en el caso de los hombres en media punta (como si estuvieran empinados), y no entrena para el diario vivir -caminar-.

Recuerdo que un día pedí una cita con un deportólogo, -nunca antes había ido-. Le comenté que cuando caminaba me dolían los tobillos, que no entendía por qué esto solo me pasaba caminando y no en clase, no después de estar tres o cuatro horas bailando en puntas. Me dijo: “La gente cuando tiene alguna lesión en los pies hace una terapia para volver a caminar y evitar una nueva, en cambio, ustedes no paran y fortalecen los tobillos para poder seguir bailando”. 

Esto se debe a todas las horas de entrenamiento que un bailarín le dedica. En promedio, alguien en Colombia que practique ballet, aunque no sea su fin ser profesional, puede estarentrenando de 16 a 20 horas por semana. Ahora podemos multiplicar esto por once meses del año, por diez años de su vida. 

Teniendo esto en cuenta, podemos entender cuántas horas se somete el cuerpo a ejercicios para mejorar: la postura; el equilibrio; los saltos; la rotación; la posición de los brazos; el empeine; la flexibilidad, las diferentes posiciones de las piernas (primera, segunda, cuarta, quinta), que no son naturales. El cuerpo se adapta para resistir las cargas de trabajo y funcionar de manera más eficiente.

El ejercicio de estas técnicas requiere de un aumento de producción de energía consumida por cada músculo. Sin importar el tipo de ejercicio -desde el más básico- aumenta el riego sanguíneo. Así que por esta razón, luego de los ejercicios tradicionales, pasamos al estiramiento, aprovechando que los músculos están calientes, ceden más y se fortalece la flexibilidad. Lo ideal es llegar a ser flexibles sin necesitar un calentamiento previo. 

El cuerpo va registrando de dos maneras cada aprendizaje: un registro mental, -la memoria-, y otro corporal. El primero trata de saberse el significado del nombre de cada ejercicio para que el profesor dicte la clase y esta sea más rápida. El idioma en que se nombraron los ejercicios y las posiciones es en francés. En el segundo, el cuerpo registra las posiciones y las posturas. Por eso siempre vemos que los bailarines tienen una muy buena postura. Así que si dejan un tiempo de practicar ballet, -el cuerpo ya está condicionado para todo lo que ya se ha mencionado-, y vuelven a retomar, la memoria seguirá intacta. 

Cleida Castro, bailarina de la Escuela Nacional de Cuba, profesora en la academia Ballarte de Bogotá, sufrió a los quince años una hernia discal por sobre esforzarse en los ejercicios que requieren que los músculos de la espalda baja, "lumbar", tengan la fuerza suficiente para resistir el peso de la pierna haciendo un "arabesque". Cuando la pierna se levanta a más de noventa grados hacia atrás, también soportar el peso de la cabeza y brazos en el momento  de hacer  "cambre", que consiste en flexionar la espalda como un arco. Castro siguió con los entrenamientos de ocho horas por día, hasta que la lesión se hizo más fuerte y no le permitió seguir bailando. Tenía 18 años. 

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2020-01-10T15:41:26-05:00

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2020-01-10T18:18:32-05:00

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Laura Valeria López Guzmán

Cultura

Confesiones de una bailarina

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