Conocer a tu verdadero padre

La periodista Paola Guevara novela en “Mi padre y otros accidentes” el trauma familiar de descubrir quién realmente es su papá a los 30 años de edad, casada y madre de un niño pequeño. Vivía en Cali a seis cuadras de él, un piloto sobreviviente de un grave accidente aéreo.

Paola Guevara es periodista de la Javeriana, tiene maestría en literatura y trabaja en el diario El País, de Cali. / Bernardo Peña

Que la realidad supera la ficción es una máxima que Gabriel García Márquez sacó del lugar común, porque demostró que la esencia de su obra de ficción estaba construida a partir de hechos comprobables llevados al mundo hiperbólico del realismo mágico. Esa verdad narrativa recobra vigencia en Mi padre y otros accidentes, una novela editada por Planeta y escrita por la periodista Paola Guevara luego de descubrir, a los 30 años de edad, la identidad de su verdadero papá. Con una prosa limpia y eficaz profundiza en el trauma de una familia obligada a reinterpretar la vida. Publicamos un fragmento donde describe el reencuentro con él:

 

“La voz de Fernando Lince era suave, delgada. Se me antojó gentil a través del teléfono. Preguntó si esa misma tarde podríamos vernos. A riesgo de parecer indiscreta le pregunté dónde vivía y respondió sin prevenciones que acababa de entrar a su apartamento en el edificio Bon Vivant, de Normandía. Tuve que contenerme para no gritar, pues significaba que todo este tiempo mi nuevo hipotético padre y yo vivimos a seis calles de distancia el uno del otro, en el mismo costado del río; que durante estos cuatro años en Cali, sin saberlo, yo pasé frente a su puerta todos los días, mañana, tarde y noche, pues la Avenida del Río era mi única ruta posible desde y hacia el periódico. La coincidencia me dio valor para pedirle que no perdiéramos tiempo y viniera ya mismo a nuestra casa, le dicté nuestra dirección y prometió llamar de nuevo en treinta minutos.

Colgamos.

Entretanto, Antonio se aferraba al timón con las dos manos, balbuceaba palabras inaudibles y sacudía la cabeza de lado a lado en señal de desaprobación. Puso en marcha el auto a velocidad mínima y dijo que, de estar en mi lugar, le habría dado un manejo muy distinto a la situación. Para empezar, habría dejado pasar un tiempo prudente antes de ver a este completo extraño y quizá, solo quizá, un par de años más tarde habrían acordado una cita breve en un sitio neutral, como un parque o una cafetería concurrida donde pudieran intercambiar un saludo básico. ¿Luego? Despedirse para siempre sin sentirse incómodos, sin exponerse a la intimidad. ¡Pero invitarlo a nuestra casa! ¡De buenas a primeras! Tal vez sí estaba completamente loca después de todo.

Yo interrumpía por momentos su diatriba para pedirle que presionara a fondo el acelerador, o para preguntar si le parecían más indicadas las sandalias rojas o los zapatos negros de tacón, el pantalón de aquel diseñador venezolano o el vestido azul que había reservado para una ocasión especial. Al llegar a casa, Antonio subió en brazos a Lucas y lo tendió en su cama mientras yo, en tiempo récord, me cambié de ropa. Al regresar me miró con los ojos llenos de pánico mientras buscaba las palabras correctas para expresar una gran preocupación:

—Viene tu papá y va a encontrar los platos sucios…

—No es mi papá. Es mi nuevo hipotético padre, que es muy distinto. Y aparte, ¿crees que viene a inspeccionar el estado de nuestra vajilla? ¿Crees que viene a pasar un guante blanco por el polvo de nuestras copas?

Hizo caso omiso a mis palabras. Corrió a la cocina, se colgó un delantal de tela y, como el soldado que se prepara para la batalla, se enfundó un par de guantes plásticos, se armó de esponjas bañadas en jabón líquido y abrió de par en par la llave del agua caliente, hasta quedar envuelto en una nebulosa que empañó sus lentes. Y mientras él restregaba, frotaba, enjuagaba, hacía estallar copas o dejaba caer vasijas y tapas metálicas, yo me instalé en el sillón frente al gran ventanal que miraba a la calle, con los ojos adheridos a la pantalla del teléfono.

—Pasaron treinta minutos. ¡No llamó! —sentencié a viva voz, para que Antonio pudiera oírme a través del estruendo que reinaba en nuestra cocina.

—¡Por supuesto que no llamó! ¡Fuiste muy rápido y lo asustaste!

De repente el teléfono comenzó a repicar y yo no atinaba a mover los dedos.

—¡Contesta! —aulló Antonio a lo lejos.

Acerqué el teléfono a mi oído, llené mis pulmones de aire antes de hablar y procuré sumo control en la voz, como si la situación fuera de lo más natural, como si cada domingo conociera a un padre distinto.

Por las indicaciones que dio, Fernando Lince pasaba tan cerca de mi casa que le bastaba con girar en la esquina y avanzar unos cuantos metros frente al río. Colgamos y corrí a la ventana para presenciar su llegada, pero al cabo de un par de minutos de espera llamó de nuevo. Su voz era distinta, afectada, trastabillante.

—Perdóname... Lo siento mucho. No voy a poder cono-certe.

Con los nervios al límite pregunté por qué.

—No sé si lo sepas, pero yo era piloto. Hace siete años tuve un accidente de avión, estoy quemado y no quiero que me veas así. No quiero que te sientas incómoda. No quiero que pienses que soy impresionante.

Pude oír su llanto suave al otro lado de la línea y en un tiempo que no puede medirse en segundos viajé a mis ocho años de edad, cuando sentí tanta pena por no traer el vestido indicado para nuestro encuentro, cuando creí que no me quería por no ser hermosa, cuando hundí mi cabeza en el agua para evadir su mirada. Y ese recuerdo, como un chispazo, hizo doler una vieja herida. Entendí que él se sentía ahora como yo me sentí de niña. Nadie, solo yo, podía comprender su confesión de fragilidad, su temor al rechazo. Sin importar si era mi padre o no, estábamos conectados, él tenía cicatrices en el cuerpo y yo en el alma, pero el mundo había girado y estaba en mis manos reescribir esta historia.

En mi voz no hubo asomo de duda.

—Adelante, no tengas miedo, acelera. Aquí te espero con los brazos abiertos”.

 

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