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hace 21 mins
Palabras pendientes

Contra la sacralización de la lectura… ¿o no?

Es bueno recordarlo: leer no nos hace mejores, ni peores; no nos hace importantes, ni insignificantes; no nos hace especiales, ni anodinos; no nos hace profundos, ni prosaicos; no nos hace honestos, ni procaces, no nos… bueno, y ¿para qué carajos sirve leer?

Michel de Montaigne, nacido el 28 de febrero de 1533, y fallecido el 13 de septiembre de 1592. Para muchos críticos, fue el creador del ensayo. Cortesía

La razón es sencilla: para el placer. Y los placeres, como las experiencias, funcionan o no dependiendo del individuo. O sea: que la calidad del lector no garantiza la calidad del ser humano. Pero es que no tiene nada que ver. 

Las campañas publicitarias insisten: leer te hace mejor. Como si en la lectura estuviera la fórmula que soluciona los males. Y no es así.  De hecho, los mejores lectores son los más haraganes, los más ociosos, los más inmutables, pues su único deseo es satisfacer su necesidad. Porque en eso se convierte la lectura: en vicio, en ganas, en hambre. 

Si está interesado en leer otro texto de Jaír Villano, ingrese acá: Un ensayo sobre cómo no escribir un ensayo

Unas palabras de Montaigne: “la lectura consuélame en la vejez y la soledad. Me libra del peso de una ociosidad tediosa; y me salva en todo momento de las compañías que me resultan enojosas”. No es más que eso.

Alguien pondrá un ejemplo: no es lo mismo un interlocutor que lee a otro que no. Y es cierto. Pero como hay lectores que pueden ser buenos contertulios, hay los que no. De nuevo: la lectura no traza una escala moral ni ética, no separa ni divide a la gente. A lo sumo: convierte a sus devotos en seres distintos.

La lectura es fiesta, es placer, es satisfacción. Otra cosa es la sacralización que se le ha atribuido. Un amigo, -profesor de bachillerato-, cada que me lo encuentro me pregunta por lo mismo: ¿Y vos por qué creés que los muchachos de ahora no leen?

Y yo me quedo pensando en lo chévere que la deben estar pasando esos muchachos en la calle. Le digo que, por un lado, el catálogo de libros de los colegios está caduco: es muy difícil que a un adolescente le interese Romeo y Julieta cuando Henry Miller se despacha en libidinosos desenfrenos. Y me dice: pero es que son los clásicos. Y le riposto: pero es que no todos aspiran a ser literatos; nada como leer lo que a uno le apasiona, con lo que se siente identificado. 

Si le interesa leer un texto sobre Jaír Villano, ingrese acá: "Escribir por escribir": una leve potestad

Leer lo que nos divierte es el primer acercamiento con la lectura. Eso de leer lo que toca, lo que dicta el canon, lo que impone la ley arruina el contacto con la literatura. Para llegar a esas grandes obras es necesario mucho tiempo. No conozco a nadie que haya disfrutado de Joyce sin antes haberse abastecido de otras lecturas. Es más: no conozco al primero que haya comenzado a amar la literatura gracias al Ulises. Borges, quizá, pero según sus propias palabras él no era digno de ese libro. (Y, además, dios es muy refinado con sus creaciones: y para regalarle al mundo otro lector como el argentino hará falta bastante tiempo).   

Se lee para gozar, y punto, lo demás es charlatanería. Se lee para uno, y no para decir que se lee; se lee lo que nos gusta, y no lo que nos dicen que nos debe gustar; se lee por comodidad, y no por obligación.

Pero cuidado: otra cosa es que a uno le guste leer esa literatura que le suscita más preguntas sobre las ya acumuladas, y por las cuales la vida se torna más difícil. La literatura, en ese sentido, se vuelve en un instrumento que le da más – o menos-  pistas a esos interrogantes. A esta clase de lectores la actividad no los pondrá felices, pero sí hace más sólidas sus inquietudes. A mis autores favoritos, por poner un caso, no puedo volver con tanta frecuencia: pues su inmersión baña los días de mayor melancolía.

Y sin embargo, hace poco leí un ensayo de esto que refiero, Estás leyendo… ¿y no lees? Contra la lectura obligada, amén de estar armoniosamente escrito, reflexionaba de muy acertada forma del problema de la lectura en muchas esferas: en los colegios, en la universidad, en los pasillos literarios, en la cotidianeidad.

Su autor, Juan Domingo Argüelles, se inmiscuye en todos esos contextos para hacer una diatriba potente sobre la lectura como panacea. Hace bien en despojar de esa aura altanera y pretensiosa que cubre a la mayoría de los lectores. He aprendido mucho. El ego del lector, -y no me excluyo-, es gordo e hinchado, porque cree que en la vida la prioridad más importante son los libros; y por eso, se cae en el error de pensar que los que no leen son ignorantes, brutos, insensibles. (“¡Uribistas!”, gritan en las trincheras). Cómo me río.

Ignoro qué significa el triunfo, pero conozco gente que cree que lo ha logrado. Y sí, sí: sin haber leído. A mí no me parece que eso sea denostable, porque entonces es como si la lectura fuera una obligación para cumplir un requisito social, y no lo que en esencia es: un goce.

Ese requisito es el que ha parido esas especies que hablan y hablan de novedades literarias, de autores, de chismes, sin sentir placer por la lectura. Esos que replican manidas citas, que postean fotos y alardean de sí mismos. Algunos de ellos, les saben sacar frutos. No son tontos.

También es la que azuza la voracidad de esas personas que van a las ferias a comprar paquetes enteros de volúmenes que no van a leer, porque tienen en espera muchos otros. A la industria le conviene eso, y a los autores nos ayuda mucho. No critico su afán por apropiarse de libros, -pues la verdad es que como objetos también son adorables-, pero sí tengo reparos en esa manera de gastarse el billete. 

A mí el tiempo, -y, sobre todo, la desventaja económica-, me ha enseñado algo: que más que poseer, lo que me gusta es leer. Y por eso soy un asiduo visitante de las bibliotecas públicas. A veces ocurre que lo que leí me gusta muchísimo, y lamento no poder tenerlo para siempre conmigo. Qué le puede hacer uno: renovar el plazo de entrega, o ahorrar para conseguirlo. 

Algo me hace pensar en balbuceos que advierten contradicción. Claro, aparentemente uno no puede decir que lea lo que le gusta si su oficio es reseñar a veces en contra del best seller de turno. 

Lo que ocurre es que si el trabajo de uno es comentar; naturalmente, las lecturas van a otro ritmo. Se espera que tanto escritores como críticos tengan un acervo estético que encaje con el rol. No dice mucho que alguien, que se dedica al oficio, tenga en el pedestal las novelas de Coelho. Pero allá cada quien. Si eso es lo que le llena, pues bien por el fulano. Se espera, por favor, que ojalá no se refleje en la calidad de su escritura.

Y si se refleja, no pasa nada. La familia y los amigos están hasta en los peores momentos. 

Un crítico, pese a toda la mala fama que tiene, no es más que alguien que reflexiona sobre sus lecturas; ese que dice lo que le parece bueno y lo que no, y explica sus razones.  Y aquí no valen esfuerzos (“¡le dediqué cuatro años!”), ni intenciones (“lo que quería era evidenciar el…”, ni amistades (“no me vas a dar tan duro, pues). La obra habla por sí misma. Qué le podemos hacer.

El ensayo de Argüelles me ha fascinado. Se dista en algunos puntos, y eso es bueno, pero cumple con el deber de sacudirlo a uno, de recordarle que a veces hay que tomarse menos rigurosa la cosa, de mesurar ese ego tan irritante para algunos. Es una lección que escritores, libreros, profesores, promotores, periodistas, y mucha gente debería animarse a conocer.

Al autor se le escapó un algo: la relectura. Releer lo que ya nos ha hecho disfrutar y con lo cual se tiene harto por interpretar y desaprender. Los mejores libros están labrados para eso: para volver a ellos una y otra vez.

Pausa, pausa. Un momento, un momento. ¡No puedo terminar sin repensar algo de lo dicho!: jactarse sobre lo que uno ha leído es tierno, es rico. Es tan ingenuo como pensar en qué derrochar la fortuna que se ganó en Monopolio. Es que uno no tiene nada. No tiene ese automóvil que suena duro; no tiene esos viajes a lugares exóticos; no sale bonito en las fotos; no tiene para pagar la cuenta de todos. Pero se ha leído más que la mayoría de la mesa, y eso, mis estimados, es tremendo orgullo.

***

(*Nota aparte: Bienvenidos a este espacio, que promete resaltar la pasión por las letras, el cine, y tantas cosas pendientes de la vida).

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Jaír Villano / @VillanoJair

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