En contravía

Su misión de mostrar las verdades del conflicto armado en Colombia le ha causado persecuciones y exilios, pero también reconocimientos.

El pasado domingo, en el momento de recibir el premio internacional de derechos humanos de Nuremberg (Alemania), el periodista Hollman Morris ratificó la condición que lo define: el coraje. No sólo le pidió al presidente Santos un acto de desagravio para reivindicar el buen nombre de los defensores de D.H. que fueron hostilizados durante la era Uribe, sino que le exigió a la guerrilla liberar a todos los secuestrados como muestra de paz. Hace pocos meses, su documental Impunity, premiado en Europa, desnudó el fracaso del proceso de Justicia y Paz y el drama de las víctimas del paramilitarismo.

En uno y otro reclamo, Hollman Morris volvió a probar que desde su misión de periodista lo suyo es vivir en contravía. Una característica que asumió desde sus días de estudiante, pasando por múltiples colegios en una adolescencia incorregible, hasta que se fue a vivir a la isla de San Andrés, donde un accidente frenó en seco el mundo que quería vivir a imagen y semejanza de Tom Sawyer. Un camión recolector de basura lo atropelló y tuvo que regresar junto a sus padres a concluir sus estudios en un colegio jesuita de Barranquilla, menos díscolo pero estrechamente vinculado a las discusiones políticas.

Cuando todos pensaban que iba a sentar cabeza en la universidad, en 1989 decidió incorporarse al Ejército para prestar su servicio militar en el tercer contingente del Batallón Guardia Presidencial, a órdenes del coronel Alfonso Manosalva. Un año recordado en la historia de Colombia como de arremetida narcoterrorista, con la muerte de Galán o el bombazo al DAS en Bogotá, que Morris vivió como estafeta corriendo al armerillo o viviendo la tragedia desde la Casa de Nariño, rodeado de los amigos que por su condición social lo bautizaron ‘El soldado chimbita’.

En 1990, cuando dejó las Fuerzas Militares, además de su experiencia le quedó una reflexión que cambió su vida: muchos de sus compañeros, con libreta militar a bordo, no tenían otra opción que emplearse como celadores o mensajeros. En cambio él entró a la Universidad Javeriana a estudiar periodismo. Entonces, pocos meses después, con su proverbial rebeldía y el argumento de que la academia iba por un lado y el país por otro, tras ganarse un premio en Radio Santa Fe, dejó las aulas y se metió de lleno a la reportería en el noticiero Criptón.

No duró mucho, pero sí consiguió los contactos que requería para seguir buscando su lugar. Pasó por Contacto Radio, de William Vinasco, y en 1994 entró a trabajar con quien había sido su modelo periodístico: Germán Castro Caycedo. Estuvo en el noticiero AM/PM, donde una vez más eligió un camino distinto al colectivo, que se obsesionó con el escándalo del proceso 8.000. Él prefirió recorrer el país haciendo crónicas del conflicto armado, el que Colombia no vio en su dimensión por estar enfrascado en la pugna entre defensores y enemigos de Samper y su presidencia.

En los hermosos pero acechantes territorios del Vaupés, el Catatumbo, el río Atrato o los Montes de María, detalló los avances de la arremetida paramilitar que se tomaba Colombia y la vuelta de tuerca que las Farc le dieron a su máquina de guerra a través del secuestro masivo de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Militares para volverlos canjeables. Con apoyo de sus colegas, no hubo semana que no documentara el doloroso proceso que concluyó en los accidentados diálogos de paz entre el gobierno Pastrana y las Farc, mientras el paramilitarismo forjaba su proyecto de refundación de la patria.

Cuando AM/PM salió del aire por decreto oficial, Hollman Morris probó en el Noticiero Nacional y en el recién estrenado Canal RCN. Pero hoy sostiene que no tenía el mismo aire para mostrar las verdades de la guerra. Entonces hizo una pausa en su frenesí como reportero y se dedicó a escribir un libro sobre el robo de las armas del Cantón Norte por parte del M-19 en 1978. Tras su publicación, el entonces editor de El Espectador Ramón Jimeno lo llamó para que se inventara una Unidad de Paz. Seis meses después tuvo que dejarla.

El 25 de mayo de 2000 ocurrió el secuestro de su compañera de redacción Jineth Bedoya y a raíz de su relato quedó claro que estaba en la mira de los mismos verdugos. Ese mismo día su esposa Patricia Casas le dio la noticia de que estaba embarazada. Una encrucijada en la que tuvo que dejar El Espectador y marchar al exilio. Lejos de la familia, su hija Daniela nació en enero de 2001 en el País Vasco. Morris regresó en 2002, cuando Lucho Garzón lo convenció de que retornara para hacerse cargo de las comunicaciones de su campaña a la Presidencia de la República.

Lo demás es historia conocida. Álvaro Uribe ganó la Presidencia y para él empezó una época crítica. A pesar de que en julio de 2003 creó su programa de televisión Contravía, para seguir mostrando los horrores del conflicto armado, su presencia en las zonas de guerra se hizo incómoda y, como él mismo lo define, “empezaron a escucharle hasta los ronquidos”. No bastó que el vicepresidente Francisco Santos fuera su padrino de matrimonio. Desde el DAS sufrió el acoso sistemático. Alguien más decidió enviarle una corona fúnebre y el jefe de Estado lo señaló de acciones ilegales. Sin otra opción, con el programa sin finanzas, volvió a pensar en la ruta del exilio.

En esos apremios, sucedió lo inesperado: la Fundación Nieman lo becó en la Universidad de Harvard. Un segundo aire que se detuvo cuando el gobierno de Estados Unidos le notificó la negativa de su visa. Entonces vino la solidaridad internacional y el mensaje fue claro: “Si Harvard no lo puede recibir, en Oxford (Inglaterra) lo esperan”. En Washington revirtieron la medida y Morris, su esposa Patricia y sus hijos Daniela y Felipe salieron de Colombia. Aún lo están, pero su vocación por el país lo mantiene ligado a sus dolores.

Una persistencia que, en apoyo de Juan José Lozano y Juan Pablo Morris, dejó el documental Impunity, reconocido en Francia, Holanda, Gran Bretaña y Chile. La dura realidad de las víctimas descubriendo las fosas en que fueron enterrados sus seres queridos o tratando de encarar a sus victimarios jugando con la justicia. Insuficientemente visto en Colombia. Pero como todo lo suyo es en contravía, ahora en Alemania han vuelto a reconocer la validez de su misión periodística, porque las verdades del conflicto tienen que mostrarse, cuesten lo que cuesten.

 

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