Conversación con ramen (Cuentos de sábado en la tarde)

Relato de Miguel Hernández Franco entre la cotidianidad y la trascendencia.

— Tenía muchas ganas de sopa.

— Yo también.

— Está haciendo mucho frío, ¿no?

— Normal. Aunque yo creo que es tristeza.

— ¿Y por eso la sopa...?

— Exacto.

— Chicken soup for the soul, básicamente.

— Pues esto es ramen de pollo, así que supongo que sí.

— ¿Y por qué estás triste?

— No sé bien, y pues tampoco es que me esté muriendo de tristeza. Es como una tristecita crónica.

— ¿Depresión?

— No, no creo. Es simple tristeza, como desazón ante el mundo.

— El mundo es una gonorrea.

— Sí, pues, por eso la sopa. ¿Vos por qué estás triste?

— Yo no dije que estuviese triste.

— Estamos tomando sopa. Un sábado. A las 3 de la tarde. Y además mirá ese cielo tan gris. Obvio que estás triste.

— Bueno, sí, un poquito, pero tampoco es una mierda avasallante. Tristecita crónica, como decís vos.

— ¿Y por qué?

— ¡Uf, jueputa, me quemé hasta la chimba!

— Te lo merecés.

— Oigan a ésta, ¿y cómo por qué?

— Porque no me has querido decir por qué tenés tristecita crónica.

— Ah... es una bobada.

— Contá pues.

— Tengo tusa.

— ¿Otra vez? ¿Ahora por quién?

— Vos sí que sos odiosa. Por la misma. No ha pasado nada. Tengo tristecita por eso, porque no ha pasado nada y no creo que pase y tampoco tengo cómo saber si va a pasar. Lo invitamos a leer tambièn: Me verás volver (Cuentos de sábado en la tarde)

— O sea, ¿tenés tusa porque no tenés ni mierda de control sobre la situación?

— ¿Pero qué necesidad de ser tan incisiva con las preguntas desde el principio?

— Vos y yo sabemos que lo preferís así.

— De pronto es que ya me resigné a que seás una gonorreita conmigo. Pero, en todo caso, tenés razón. Me da tusa no tener ni mierda de control sobre la situación, aunque objetivamente sea lo más obvio.

— ¿Cómo así “lo más obvio”?

— ¿Cómo así que cómo así? Uno rara vez tiene control sobre cosas en la vida. Es normal que no pueda hacer nada en esta situación, porque, en realidad, lo normal es que nadie pueda hacer realmente algo para alterar ciertas cosas de la vida. Hay cosas que fácilmente superan nuestras fuerzas. Muchas cosas. Uno es un ser muy impotente, marica. Eso es la vida: pura impotencia.

— Dijiste muchas veces la palabra “cosas”. En fin, si sabés eso, ¿por qué estás triste?

— Porque la comprensión suele herir más de lo que sana. Yo creo que uno no comprende cosas para sanarse (aunque a veces sí), sino para hacer más tolerables ciertos dolores. Y, pues... ¿no te parece muy triste que la vida sea casi siempre impotencia? Màs cuentos de sábado en la tarde

— No sé... Yo sí creo que hay comprensiones que sanan, o por lo menos que liberan. Y respecto a lo de la impotencia, pues sí, es triste, pero es lo que hay. Toca vivir con eso.

— Sí, tenés razón. No tiene sentido que me entristezca por eso. Then again, nada tiene sentido.

— Dejá de ser tan emo.

— ¿Emo?

— ¿Te acordás de los emos? Estoy segura de que vos eras emo cuando eras joven y bello.

— Sigo siendo joven y bello.

— Y emo.

— Un poco emo, lo admito. Parce, ¿no querés más sopa?

— ¡Uf, sí! Está muy rica.

— Qué hijueputa sopa tan buena, ¿no? ¡Disculpe! ¿Podrían traernos otras dos porciones de sopa?

— ¿Desean el mismo ramen?

— ¿Qué era lo que estábamos tomando?

— Shouyo Ramen. Pidamos otro, ¿no?

— ¿Qué sugerís?

— Pidamos Hakata Ramen que siempre he querido probarlo.

— ¿Ése es el que el caldo se demora como seis días en estar listo?

— Es ése.

— Pidamos esa vuelta. Señor mesero, tráiganos dos de esas.

— Con mucho gusto.

— ¿Por qué decís "señor mesero"? Sonás como un bobo.

— Me pareció un modo amable de referirme a él.

— Qué bobada. No me parece irrespetuoso que le digas simplemente "mesero".

— Yo sé, pero pues así me salió: "señor mesero". La verdad es que no importa.

— Nada importa para vos.

— Nada importa realmente.

— Oíste, ¿no será mucha sopa?

— Es mucha sopa, pero no importa.

— Nos vamos a enfermar del estómago.

— Seguramente, pero habrá valido la pena. No te arrepintás ahora que ya pedimos y además vos fuiste la que escogió la sopa.

— Tenés razón.

— Ahora contame vos.

— ¿Qué te cuento?

— ¿Por qué estás triste?

— Ya te dije.

— No me dijiste ni mierda. Hiciste una abstracción toda insípida sobre la tristeza, "tristecita crónica", dijiste, que no significa nada respecto a las causas particulares de tu tristeza.

— Dizque abstracción insípida, vos sí que sos insultante.

— Lo importante es que nos queremos.

— Somos idiotas.

— Sí, idiotas también, pero decime pues por qué estás triste.

— También es una bobada.

— No importa.

— Bueno. Tengo tusa. No te riás.

— Es que sos una hipócrita. Hace nada te estabas burlando de mí por tener tusa. ¿Por quién estás entusada ahora?

— Por el mismo.

— Somos unos idiotas.

— ¿Por qué decís eso?

— Vos sabés por qué.

— Es mejor dejar eso así. Nos va mejor.

— Yo nunca he estado de acuerdo con esa idea tuya de vivir así.

— Yo sé, pero aceptaste.

— I know. No tenía mucho margen de acción.

— Podrías haberte ido.

— Lo decís como si no importara.

— Vos sos el que dice que nada importa.

— Y es verdad: nada importa, pero eso solamente significa que el dolor y el sufrimiento son tan triviales como cualquier otra cosa, no que no vayamos a sentirlos.

— ¿Estás diciendo que sufrirías mucho si te fueras?

— Qué pregunta tan idiota. Vos sabés que sí.

— Pero ya eso pasó, y sobrevivimos.

— Sí, pues, claro. Lo peor del desamor es que no mata. Uno aprende a vivir así, y lentamente se repara, y sigue viviendo. Y si volvemos a separarnos, por la razón que sea, seguiremos viviendo sin el otro, y nos embarcaremos en otras vidas con otras personas, y hasta seremos felices. Al final, lo que tenemos vos y yo es absolutamente trivial ante el flujo de la existencia. Lo trágico de que se pierda es precisamente eso, que no importa que se pierda, porque nunca importó para empezar. Nos aferramos a la idea de que importa porque la vida sería muy intolerable de la otra forma. No hay mucho que podamos hacer al respecto. Es la impotencia de la que hablo.

— ¿Por qué tenés que ser tan emo con todo? A mí no me parece trivial lo que tenemos vos y yo. Vos sos muy importante en mi vida.

— Y vos en la mía, no tenés idea de cuánto, pero, al final, no importa.

— Claro que importa. Importa porque nos importa, vos mismo lo dijiste. Yo quiero que importe, para mí sería muy triste volver a separarnos y

— Dos hakata ramen.

— ¡Uf qué rico! Muchas gracias, señor mesero.

— ¿Por qué sos así?

— ¿Así cómo?

— Así como que hace nada me estabas criticando por haberle dicho señor mesero al señor mesero y ahora vos le estás diciendo señor mesero.

— Quería ver tu reacción.

— Qué mala sos.

— No, claro que no. Quería ver tu reacción porque me gusta cómo me mirás cuando hago ese tipo de cosas.

— ¿Cómo te miro?

— No sé explicarte, pero me gusta.

— A esto es exactamente a lo que me refiero.

— ¿A qué o qué?

— De mi tusa.

— ¿Qué de tu tusa?

— Me siento impotente cuando hacés y decís esas cosas.

— ¿Qué te parece la sopa?

— Increíble. ¿A vos?

— Me encanta. Vamos a quedar demasiado llenos. ¿Por qué te sentís impotente?

— ¿Para qué querés que diga eso en voz alta? Vos sabés la respuesta, y no tiene sentido decirla. Ni siquiera me has dicho qué hizo “el mismo” para que estés entusada.

— Es cierto. Perdón. Es mejor dejar así.

— Igual estamos caminando al borde del abismo. Decime más bien: ¿qué hizo “el mismo”?

— Yo sé. No sé por qué lo hacemos. Siempre terminás más triste.

— Supongo que es inevitable querer mirar el abismo. Este nuestro tiene su encanto.

— ¿Por qué hablás así? “El mismo” no ha hecho nada realmente. Creo que es eso. No ha hecho nada o no ha hecho mayor cosa, y pensé que eso iba a hacer que las cosas fueran más fáciles, pero por alguna razón hay cosas mías que me llevan a él, y el hecho de que no haga nada no lo hace desaparecer como pensé que lo haría.

— Siempre me ha caído mal ese tipo.

— Tonto.

— Tonta.

— ¿No me vas a decir nada más?

— ¿Qué querés que te diga?

— No sé, pero decime algo más. Siento que no me has dicho todo.

— No sé a qué te refirás con “todo”. Casi siempre te digo todo lo que tengo por decirte.

— ¿Casi siempre?

— ¿Acaso creés que es posible ser enteramente transparente con otro? ¿Vos sos enteramente transparente conmigo?

— No, pues, claro que no. Eso es imposible.

— I know. De hecho, me parece del putas que sea imposible.

— ¿Por qué?

— Porque eso significa que en el otro siempre habrá misterio, algo a lo que arrojarse. Por eso eres un abismo.

— No sé si me estás diciendo algo lindo o me estás insultando cuando me decís que soy un abismo.

— ¿Será que pedimos más sopa?

— ¿¡Más!? Estoy demasiado llena.

— Pidamos una y la compartimos.

— Dios mío, bueno. Está bien. Aunque nos vamos a enfermar.

— Sí, obvio; pensé que ya habíamos dejado eso claro.

— Decime.

— ¿Qué?

— Si me estás diciendo algo lindo o algo insultante.

— Ah… Ehm… Hay un poema de Roberto Bolaño que me gusta mucho… Esperáte lo busco. Pillá, dice: “Te regalaré un abismo (dijo ella) / pero de tan sutil manera que sólo lo percibirás / cuando hayan pasado muchos años / y estés lejos de México y de mí. / Cuando más lo necesites lo descubrirás / y ese no será / el final feliz / pero sí un instante de vacío y de felicidad / y tal vez entonces te acuerdes de mí / aunque no mucho.”

— No entiendo.

— ¿Qué no entiendes?

— El poema. No entiendo por qué me lo mostrás.

— Porque es lo que quiero decirte cuando te digo que sos un abismo.

— Explicáme.

— No sé cómo explicarte… Pero pues lo primero (y para responder a tu pregunta) es que me parece un poema hermoso… Y, no sé, es algo así como que en todo este tiempo, incluso durante nuestro silencio, vos y yo hemos sido para el otro un abismo, no necesariamente en un mal sentido, sino simplemente algo cuya hondura nos llama, y nos asusta, y nos abruma un poco ante la sensación de descontrol, y han pasado años, y nos encontramos, y nos desencontramos, y vos seguís siendo un abismo, y creo que yo lo soy de algún modo para vos (o eso espero). Me regalaste un abismo, como dice el poema, y en él intuyo esos instantes de “vacío” y “felicidad”, y pues no sé qué más decirte, jueputa, pero

— ¿Señor?

— Ay. Hola. Sí. ¿Podría traernos un plato más de ramen?

— Pidamos otro diferente. Quiero algo medio picante.

— Puedo ofrecerles un plato de Spicy Ramen.

— Un nombre creativo.

— Es muy sabroso y de buen picante, si les gusta. La base es de pollo y trae res, una selección de verduras y nuestros tradicionales noodles.

— Pidamos ese, ¿sí?

— Está bien. Señor mesero, tráiganos pues un plato del Spicy Ramen.

— Con mucho gusto, señor.

— Seguí.

— ¿Sigo qué?

— Diciéndome lo que me estabas diciendo de los abismos.

— Ya no tengo nada más qué decir.

— Ah… qué triste.

— Tonta.

— Tonto.

— ¿Vos por qué me decís tonto o idiota?

— Por la misma razón que vos me decís tonta o idiota.

— ¿Cuál es esa razón según vos?

— Vos me decís así para decirme que me querés.

— Sos una idiota.

— ¿Ves? Yo sé que no me estás insultado. Me lo dijiste sonriendo como cuando te sentís descubierto por mí. Ese es tu gesto de verdad, esa es la cara que ponés cuando digo algo que te deja expuesto.

— Tenés razón. Me gusta mucho cuándo lo hacés.

— ¿Por qué?

— No sé. Pero se siente íntimo.

— Sí. Así se siente. Vos también lo hacés conmigo.

— ¿Por eso es que tenés tusa por “el mismo”?

— Idiota. Sí, algo así.

— Me parece súper infantil que nos refiramos así entre nosotros.

— A mí me gusta. Podemos hablar de nosotros como si no se tratara de nosotros.

— O sea, ¿querés vivir deliberadamente en negación?

— Exacto.

— Interesante estrategia, saludable, sobre todo…

— Es mejor así.

— Seguro tenés razón.

— Obvio que tengo razón. Yo soy la sensata del equipo.

— Y la más humilde, también.

— Sos un idiota.

— Ahí viene la sopa.

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Miguel Hernández

Cultura

Conversación con ramen (Cuentos de sábado en la tarde)

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