Cuento

Conversaciones (El Magazín)

Los días se tornaban cada vez más fríos, el invierno definitivamente había llegado. Los atuendos en la calle fueron cambiando poco a poco, se hacían más frecuentes los tonos grises, mientras desaparecía el colorido de otras estaciones; todo se tornaba más melancólico y la lluvia refuerza aquel sentimiento, los rostros se transforman al igual que las prendas, las sonrisas comunes del verano desaparecen y la seriedad, la sobriedad del invierno aparece.

Imagen de la puerta de entrada (Tsuzumi) a la estación de Kanasawa, en Japón. Cortesía

Desde mi habitación lograba ver cómo eran cada vez menos los que salían sin un paraguas a la mano, los sombreros pululaban, dejé de ver cabezas desde aquella ventana, todo se transformó en paraguas y sombreros humedecidos por la tenue lluvia que caía como lentas plumas en una línea totalmente recta, inquebrantable.

No tenía ningún ánimo de salir, el aire frío y las diminutas gotas de agua estaban afuera. Aquí dentro, sentía el calor de la calefacción, podía andar como si fuera pleno verano, descalzo, en bermudas y camiseta, no tenía ningún problema con ello, sin embargo, si decidía salir, tendría que cambiar mi atuendo y unirme a aquellas sombras que parecían haber dejado de ser humanos en cuanto la lluvia comenzó a caer.

-Qué triste se ve todo, pareciera que la belleza hubiera muerto y todos estuviéramos de luto por ella.

- Tienes razón- oí que alguien respondió, - la vida a veces es triste, pero cuando menos pienses el verano regresará, traerá nuevamente su alegría y su colorido -.

Continué mirando hacia todas partes, en mi habitación no había nadie más, de hecho no lograba captar de dónde venía aquella voz profunda y seca que, al parecer, buscaba conversar conmigo.

-¿Quién eres?, ¿Quién habla? –

-¿Quién eres tú?- me respondió.

-Pues soy yo, el que vive aquí-

-¿Realmente crees que eres el único aquí?-

Giré mi cabeza, me levanté de la vieja cama, miré bajo ella, luego revisé el armario, los cajones, mi mesa de noche y no hallé más que polvo, ¿de dónde diablos proviene esa voz?

-Pues estoy completamente solo, no veo nada ni nadie a mi alrededor-.

-Pero me escuchas, eso prueba que no estás solo, nunca nadie lo está por más que no vea quién o qué lo rodea-.

No reconocí aquella voz, puede que fuera alguna mala broma, un micrófono muy bien escondido.

-Venga, ya, sal, quien quiera que seas-.

-¿Salir?, de dónde quieres que salga si ya estoy afuera.

-Pues, de donde quiera que estés escondido, es mi habitación y nadie tiene derecho a estar aquí más que yo-.

-Nuevamente te equivocas, este espacio no es sólo tuyo-.

Afuera continuaban pasando aquellas cabezas cubiertas, la lluvia continuaba cayendo lentamente, y yo, mientras tanto, conversaba con un ente que no daba la cara, si es que tenía alguna, alguien que simplemente querría hacerme alguna broma, un día como este no está para hacer bromas, todo lo contrario, las bromas son hechas para reír, son más veraniegas, no están hechas para ver cómo llora la naturaleza.

-En eso tienes razón, sin embargo esto no es una broma-.

Aquella voz parecía venir de todas partes, adonde me movía, allí estaba, la escuchaba cerca, pero caminar, no cambiaba su ubicación, no me acercaba ni me alejaba de ella, parecía estar simplemente sobre mí.

-Dime, ¿qué eres?-

-Realmente, no lo sé… en cierta forma nunca había pensado en ser, ese tipo de cosas no me preocupan, ¿a ti sí?-

-A decir verdad- me senté lentamente sobre la cama con la mirada perdida –nunca había pensado en ello, pues, cuando me dicen quién soy, simplemente digo mi nombre, pero eso sólo es un nombre, uno que no elegí, que no he construido, que no sé si realmente pueda definir lo que soy-.

-Aunque, no me intentes engatusar, ¿De dónde eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué te escucho?-

-Son muchas preguntas realmente, pero no tengo respuesta a ninguna de ellas y de hecho ninguna me parece realmente importante-.

La voz continúa respondiendo, igualmente en el fondo no me causa emoción alguna, no percibo temor, no siento nada, es como si conversara con alguien a quien conozco desde hace mucho, como si aquella voz me fuera familiar de alguna manera.

-¿Sólo yo te escucho?-

-Es posible, aunque puede que otros escuchen mientras que nosotros los ignoramos a ellos-

-¡Que complejo es todo esto!-

-¿Complejo?, no lo sé, normal me parece, no siempre escuchamos todo aquello que nos rodea, de la misma forma que no sabemos qué es aquello que nos habla-.

Decidí recostarme, la lluvia continuaba cayendo lentamente, el frío parecía ser más fuerte, cada vez se veían menos personas en la calle, las gotas que habían humedecido el cristal de mi ventana caían, se resbalaban juguetonamente, algunas de ellas se unían a otras, parecía un lento juego, uno sin normas, sin árbitros y posiblemente sin ganadores ni perdedores, simplemente gotas “divirtiéndose”.

-¿Qué sentido tiene ver aquello que hay afuera?- esta vez era aquella voz quien decidía preguntar.

-El cristal no es sólo para eso, también permite la entrada de luz-.

-Lo sé, pero eso no es lo que pregunto, ¿por qué miras a las personas?-

-No lo sé, siempre lo he hecho, desde muy pequeño me ha gustado estar cerca de una ventana, es como tener la posibilidad de ver a quienes no te ven, para ellos yo no existo al igual que ellos no existían para mí hasta que los vi cruzar por aquellas calles-.

-Suena a que eres solitario, un poco rarito-.

¿Rarito?, una voz que desconocía, me estaba diciendo rarito a mí, qué lógica puede tener esto, qué razón de ser, qué explicación, ¡qué diablos hago hablando solo!

-No hablas solo, te repito que nunca nadie lo está por más que no vea…-

-Lo sé, lo dijiste hace unos momentos, pero no es normal, no veo quién habla, no sé quién habla, simplemente no es normal-.

-Pues, en parte lo es, pero en parte no-

-Ves, ¿qué tipo de conversación es esta?, todo puede ser, pero nada es al mismo tiempo-.

-Lo importante es hablar-.

-En eso, puede que tengas un poco de razón-.

Las nubes se fueron agrupando, se oscurecía cada vez más el cielo, la lluvia continuaría, de hecho se acrecentará con el paso de las horas.

-Sabes, aquellas diminutas gotas que van humedeciendo poco a poco el suelo, son realmente tristes, sin embargo, cuando cae realmente mucha agua, por el contrario, parece haber un poco de alegría en el ambiente-.

-Tienes razón, aunque las diminutas gotas no son tristes, simplemente tú has pensado que lo son, pero eso no tiene nada que ver con ellas-.

Es cierto, las gotas no saben qué son realmente, ni siquiera se llamarían gotas si pudiesen llamarse a sí mismas de alguna manera, de hecho, puede que yo eligiera otro nombre si hubiese tenido la posibilidad de hacerlo, ¿Cuántas cosas nombramos sin consultar?

-Todas- me respondió aquella voz – ninguna cosa, animal o persona, es consultada antes de ser nombrada, tal vez por ello nunca me he puesto a pensar en lo que soy, o en quién soy, eso es perder el tiempo, es eliminar la magia-.

-Aunque, la magia también la hemos nombrado-.

-Ciertamente, todo ha sido nombrado, pues lo innombrable simplemente no existe-.

Aquella voz comenzaba a sonar cada vez más lógica, dentro de lo poco razonable que era la escena, ¿cómo puede aparecer de la nada una voz en busca de conversación?, ¿de dónde podría aparecer aquella necesidad de hablar o ser escuchado?

En pocos minutos arribamos a la Estación de Kanasawa.

Era momento de dejar de imaginar, pausé completamente mi imaginación, pronto sentí que el tren se detuvo, tomé mi bastón y fui percibiendo la textura de las varillas que me guiarían hacia la salida.

Escuché aquel timbre, las puertas se abrieron, según el sonido que lograba captar, decidí tantear con el bastón para comprobar si realmente había una frente a mí, calculé la distancia, pero justo cuando estaba a punto de dar un paso, sentí algo en mi brazo, parecía que alguien había decidido ayudarme, con mucha sutileza alguien me tomó del brazo y me ayudó a salir, no sé quién era, o cómo era aquella persona, sin embargo agradecí con un pequeño gesto y una sonrisa que lancé hacia el lado en que sentí su presencia, continué el resto de mi camino con la ayuda del bastón. Realmente, cuando se pierde la visión, los sonidos son impresionantes, poco a poco me acostumbraré.

* Este relato fue publicado por la Revista Fábula de la Universidad de la Rioja, España en su número 39 de 2016.

 

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