La correspondencia secreta de Carlos Pizarro

“De su puño y letra” es el libro que recoge textos desconocidos y fotografías inéditas del comandante del M-19 Carlos Pizarro Leongómez. La edición es de su hija María José Pizarro.

Andrés Torres - El EspectadorMaría José Pizarro, hija.

La mayoría de las cartas se perdieron en los caminos de la guerra. Otras quedaron atrapadas en archivos de inteligencia o  registros carcelarios. Las que sobrevivieron de mano en mano, por escondrijos o exilios, hasta quedar celosamente guardadas por sus destinatarias, dan testimonio de un guerrero enamorado. De Myriam, de su familia, del país, de todo lo que también exaltó a su generación inconforme y rebelde. Las luchas del comandante del M-19 Carlos Pizarro a través de sus cartas que ahora cuentan la historia.

 
Por largos años las fue recopilando su hija María José Pizarro. Las que recibió de su madre Myriam Rodríguez. Las que legó de su abuela paterna Margoth Leongómez. Las que rescató entre papeles y recuerdos de amigos o exguerrilleros y en su momento fueron enviadas a una Nación expectante de la guerra y la paz. Todas retratan a un hombre convencido de su deber histórico. En palabras de la escritora Laura Restrepo, “conmovedoras y necesarias, íntimas y políticas”, la voz de un guerrero que acogió a la muerte con los sueños intactos.
  
Empiezan en septiembre de 1973, en la antesala de la primera acción pública del M-19. Pizarro ha desertado de las Farc, se esconde en casa de su amigo poeta Nelson Osorio, y escribe a Myriam que pasa sus últimos días en Nueva York antes de unir su destino al del guerrillero. Lo asaltan las dudas, se siente al azar en “un  reino de tinieblas”, lo rescata El Quijote que le revuelve todo al leerlo, y a ella le recuerda que no está de humor porque le hace falta su risa. La misma que siempre rememora con el poema de Neruda.
 
Antes de lo pensado están juntos y los acompaña Claudia, hija de Myriam. Ya no son los mismos, la vida les ha echado responsabilidades en sus hombros, y el 30 de marzo de 1978 nace María José. Son tiempos de antesala al Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, el M-19 ya hace parte de sus acciones comunes, y pronto la “Ballena Azul” volverá a separarlos. A tres días del robo de las armas en el Cantón Norte, por seguridad Carlos Pizarro se va de Bogotá y vuelven a separarse. La despedida queda grabada en un casete.
  
“La distancia es la saboteadora de toda relación, hurta el hecho cotidiano, ahuyenta la voz de aliento en el momento preciso y la caricia repetida y requerida. Yo sé de la dura prueba que sobre nosotros se cierne y los cantos de sirena que oiremos mutuamente y sé igualmente lo mucho que perderemos si la distancia nos vence”, advierte en su carta. Al día siguiente son allanadas las casas de la familia Pizarro y seis de sus parientes. Cuando Myriam se entera de la captura de Nina, hermana de Carlos, huye también a la clandestinidad. 
 
Entonces empieza una intensa relación epistolar. “Muchas lunas han pasado desde aquel adiós, ¿te habrán llevado noticias mías? ¿Te habrán dicho que en estas tierras lejanas tu hombre combate y ama? Y tus ojos, ¿aún me buscan?”. Son las dudas que asedian a Carlos Pizarro, quien también escribe a sus padres Juan Antonio y Margoth: “Puede ser que os haga sufrir pero podéis tener la certeza que no os haré avergonzar”.  La clandestinidad termina para Carlos y Myriam en septiembre de 1979 cuando son capturados en Bolívar (Santander).
 
Después de 23 días de torturas, él es conducido a la penitenciaría de La Picota en Bogotá. Ella es remitida a la cárcel de mujeres de Bucaramanga. Son tres años y tres meses de obligada separación y consejos verbales de guerra. Una dura y larga prueba en la que las cartas son vida. “Amor, olvídate un rato de tu miserable cárcel y aprieta fuerte todo lo que en mí te pertenece, que es todo lo que soy y lo que tengo. Que es todo lo alcanzado y mi futuro”, expresa mientras a sus padres les deja entender lo que cree y piensa.
 
De la toma de la embajada de la República Dominicana en febrero de 1980; de los libros y documentos que evalúa encerrado en su celda 319, pasillo 2, patio 1, de la cárcel Picota; de los foros de derechos humanos que empiezan a contarle al mundo lo que sucede en Colombia; de las navidades ausentes, o de María José que quedó a cargo de Chelín, la abuela materna. Días en los que Pizarro refuerza su vocación y también escribe poemas: “Deja que toquen las campanas, son clarines de guerra convocando esperanzas, despachando tristezas”.
 
De esos tiempos sin libertad surge un texto catártico. En la cárcel se entera que su padre está muriendo y no puede visitarlo. Entonces escribe una carta pública en la que asume que es el epílogo de su diálogo familiar y que ha llegado el momento de plantearlo en voz alta.  Le habla al excomandante de las Fuerzas Armadas, Juan Antonio Pizarro, y también se dirige al país. Defiende al M-19, fustiga al Estado y concluye que el único veredicto válido es el que dicta la historia y a él se acoge sin importar los sacrificios que sean necesarios. 
 
El 4 de diciembre de 1982, a través de la ley de amnistía promovida en el gobierno de Belisario Betancur, un grupo de dirigentes del M-19 vuelve a la libertad. El encuentro entre padres, hermanos, parejas e hijos se da en La Habana (Cuba). Entre las celebraciones de Navidad y Año Nuevo se adoptan decisiones en el grupo guerrillero. Carlos Pizarro asume la tarea de abrir el frente occidental en Cauca y Valle. Myriam y María José se refugian en Nicaragua. Ahora, en medio de la guerra, el comandante escribe a su hija.
 
“Tengo atrasadas un sinfín de caricias que sólo tú podrías despertar y debías recibir. Las guardo en mí. De pronto algún día podrán florecer en tus manos y en las de tus hijos. Que nunca existan lágrimas en tus ojos, búscame cuando estés triste en el sol y las estrellas, en el aire, en todo lo que hay bello en la vida. No pude acompañarte en la vida pero te di la vida y no me arrepentiré jamás. A ti te corresponde hacerla luminosa. Trabaja y juega, juega y trabaja, y serás feliz”,  refiere para que algún día su niña comprenda su ausencia.
 
En las montañas del Cauca lo sorprende la noticia de la muerte de Álvaro Fayad. “Me dejaste apretado en el puño el parte de guerra y de futuro que traía para vos, comandante. Me dejaste también la soledad insondable y la zozobra ante tu ausencia inesperada. Son las emboscadas del destino a las que jamás se acostumbrará el corazón”, expresa y en una carta abierta le pide a su “hermano”, a su compañero de armas, que prenda la rumba en el más allá junto a Bateman, Iván Marino Ospina, Lucho Otero, Andrés Almarales o Alfonso Jacquin.  
 
Después de la tragedia del Palacio de Justicia se da un cambio de rumbo. Pizarro lo sintetiza en carta al papa Juan Pablo II. Es necesario darle la cara al mundo, explicar las razones de la toma y promover la tarea más urgente. “La paz en Colombia es hoy una vocación apasionada, más madura y decidida. El fraccionamiento de la legitimidad al interior de nuestra sociedad  nos exige buscar un pacto de paz, de reordenamiento político, jurídico, económico y social que exprese la voluntad libre y soberana de la Nación”. 
 
En mayo de 1988, el M-19 secuestra al dirigente conservador Álvaro Gómez y condiciona su libertad al inicio de diálogos de paz.  Durante la crisis, Gómez y Pizarro se cruzan misivas. El jefe guerrillero resume así la postura de su organización: “¿Qué buscamos? Reabrir de nuevo las opciones de diálogo en nuestra patria y alternativas de un acuerdo real y sólido entre los protagonistas de la vida nacional”. Al final, después de la liberación de Gómez, se abre paso la negociación de paz con los delegados del gobierno Barco.
 
No es una decisión fácil. Después de 15 años de guerra, el M-19 se la juega por la paz y Carlos Pizarro acoge esa vocería ante sus propios combatientes. Son cinco intervenciones en el campamento de Santodomingo (Cauca) para demostrar que su vocación de paz no tiene retroceso. El 8 de marzo de 1990, encabeza la entrega de armas y un mes después lanza su candidatura presidencial.  En pocos días ya el país acoge su anhelo colectivo: “Ofrecemos algo elemental, simple y sencillo: ¡Que la vida no sea asesinada en primavera!”.
 
El 22 de abril de 1990 acude a Valledupar y pronuncia su último discurso. Recobra la memoria caribeña de Bateman, exalta el camino de la constituyente y reitera que su responsabilidad y la de quienes lo acompañan, es la concordia. Cuatro días después muere asesinado por un joven de 21 años cuando viajaba en un avión a Barranquilla. Apenas tuvo 45 días para vivir en la legalidad. Su concurrido sepelio, con miles de pañuelos blancos agitándose al paso del cortejo fúnebre, constituyó un homenaje póstumo a su sacrificio por la paz.
 
Ese mismo día, cuando María José y su familia entraban apresuradamente a la Caja Nacional de Previsión, donde fue llevado agónico Carlos Pizarro en un desesperado intento por salvarle la vida, cobraron vida las palabras del poema “Tu risa”, de Pablo Neruda, que muchas veces le leyó el jefe guerrillero a Myriam entre la guerra y la paz: “”Amor mío, en la hora más oscura desgrana tu risa, y si de pronto ves que mi sangre mancha las piedras de la calle, ríe, porque tu risa será para mis manos como una espada fresca”.      
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