Cortázar hasta el clímax

Las primeras marcas del erotismo en Julio Cortázar asoman cuando los labios, en un estado de alborozo romántico, son tocados por el amor. Esa provocación ilumina uno de los pasajes más bellos de Rayuela, su obra maestra, que vio la luz en 1963.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera…”.

En la misma novela, Cortázar hace uso del gíglico, un lenguaje secreto y exclusivo para enamorados que le permite explayarse en un erotismo que se tapa con el velo de lo incomprensible, pero que suena a éxtasis.

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban…”.

Años después quedaron expuestas sus reflexiones sobre esa materia difícil, amorosa y carnal de lo erótico. En el ensayo “Que sepa abrir la puerta para ir a jugar” de Último round, publicado en 1969, el argentino habla sobre la manera como los escritores latinoamericanos ocultan las palabras que definen el erotismo como si hablaran en el gíglico que él usó en su Rayuela. No hay senos, bocas, lenguas, nada que sepa a erotismo.

Antes de entrar en materia, Cortázar plantea el problema a partir de una curiosa fórmula matemática: “Erotismo = sexo + inteligencia, ojos + inteligencia, lengua + inteligencia, dedos + inteligencia, pituitaria”.

A partir de esa premisa, su ensayo despliega una especie de manifiesto erótico cuya intención es empujar una creatividad sin miedos ni autocensuras, que sea capaz de llamar las cosas por su nombre sobre la base de “la eliminación de todo tabú en el plano de la escritura”.

En Cortázar, esa libertad llegó en El libro de Manuel, publicado en 1973. Allí, los amantes se desnudan y empieza la fiesta del amor de los cuerpos y las almas.

“... respondiendo desde su gemido a la boca que subía por sus muslos, a las manos que los apartaban para ese primer beso profundo, el grito ahogado cuando mi lengua alcanzaba el clítoris y nacía esa succión y ese coito diminuto y localizado”.

Las cosas ya tienen nombre. El coito es coito, “chorro y lágrimas y sollozo, latigazo lentísimo de un instante que desplomaba el mundo en un rodar hacia la almohada”.

Así transcurrió la aventura de un Cortázar in crescendo que logró encontrar el clímax del lenguaje en el clímax del erotismo.

*Subdirector de Noticias Caracol.

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2016-05-27T21:00:58-05:00

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2016-05-28T14:10:21-05:00

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Alberto Medina López*

Cultura

Cortázar hasta el clímax

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