Crónica de un exorcismo

Llámese "excursión" o "encuentro", de cualquier manera unos tipos buenos llevan a unos malos a un lugar alejado, en las montañas de Lebrija, y les sacan los demonios.

Tomada de El Mundo.

La primera noche, después de dos horas de camino en bus, llegamos a un sospechoso lugar en medio de la neblina. Luego de cenar, pasan una película con la que todos nos quedamos dormidos, en parte porque es tarde, está oscuro y hace frío pero, sobre todo, porque además de durar dos horas, la cinta, de temática religiosa, es muy aburrida.

Al otro día lo despiertan a uno bien temprano. Hay que pasar a un salón grande, pero primero hay que ducharse y lavarse la boca. La jornada, que debería comenzar con el desayuno, empieza con una charla. El discurso está enfocado en hacer las cosas, todas, conforme a la voluntad del Señor.

La jornada transcurre charla sobre charla. Todas las sesiones empiezan y terminan con una oración. Orar es igual a cerrar los ojos, levantar las manos como si nos apuntaran con un arma y escuchar durante más de media hora los lamentos de un tipo mientras otro hace llorar a la gente con unos arpegios realmente conmovedores.

La noche del primer día, después de orar más de cincuenta veces, hicimos una fogata y quemamos todas las cosas malas que teníamos en nuestro poder: prendas robadas, accesorios satánicos, música mundana, escapularios, cartas de novias incautas, pornografía, almanaques sugestivos y hasta plata. Entre la lista de cosas que debíamos quemar no estaban la marihuana, los condones, los cigarrillos y las píldoras de clonazepám que resultaron en la hoguera. Esa noche fue la gran liberación.

La liberación es cuando sacan tus demonios y los reprenden en el nombre de Jesús. Consiste en una poderosa oración que se hace a las diez de la noche. Con los ojos bien cerrados, después de admitir que hemos sido infelices, debemos, sin prejuicios, abrazar a la persona que está a nuestro lado y pedirle perdón como si fuera ese ser que tanto amamos y a quien tanto daño le hemos hecho. Por nada del mundo podemos abrir los ojos, pues podrían poseernos los demonios que, como un bando de pájaros negros, están saliendo de los otros asistentes. El moderador, en su discurso, se va poniendo cada vez más triste, se aflige mucho y de un momento a otro, a moco tendido, empieza a llorar. En seguida se agita la respiración de mi compañero, luego la mía y, como en el infierno de Dante, todos comenzamos a llorar y a pedir perdón.

La escena es aterradora.

Pasado un rato nos calmamos un poco. El llanto se va consumiendo y solo queda, con las quejas de la guitarra, la respiración excitada de alguien en medio del más fúnebre suspenso. En seguida el aliento de éste pasa a ser, más bien, una especie de rugido. Primero, como si fuera un toro rabioso y, después, como cuando vomita un borracho. La persona que me abrazaba me apretó más y yo le respondí de la misma manera porque estaba muerto de miedo. Podía sentir las babas espesas, las lágrimas y los mocos cayendo de su nariz en mi hombro y deslizarse, tibios, por la manga de mi camisa hasta llegar a mi brazo; pero eso era lo de menos, porque en ese momento al que respiraba feo se le metió el demonio. Tal vez abrió los ojos o quién sabe, pero de respirar como una bestia pasó a emitir palabras truncadas con una voz demoníaca y seca. Tuve ganas de correr, pero, si abrir los ojos era peligroso, no me imaginaba lo que sucedería si estallaba de miedo y huía. No entendí muchas cosas de las que dijo el sujeto del ataque porque hablaba como en francés. El caso es que le sacaron los demonios y nos pidieron volver a las habitaciones y, en silencio, acostarnos de inmediato. Mi compañero de cuarto me contó que en otra ocasión, en esa misma finca, después de otra liberación, habían muerto todos los animales que vivían allí: un par de guacamayas, un mico, un perro, dos gatos y tres ardillas. En la autopsia se descubrió que a todos, como un globo que no aguanta más helio, se les estalló el corazón.

Al otro día todos nos codeábamos cercando al tipo endemoniado, que tenía los labios demasiado rojos y expulsaba fluidos espumosos por la nariz mientras sus ojos muy abiertos, como si le fueran a echar gotas, se cerraban acompasadamente. Alguien dijo, tal vez en broma, que debíamos hacer otra hoguera.

La rutina de este, el último día, es parecida a la del día anterior, con la salvedad de que, gracias a la liberación, ya uno es libre de todo pecado. En la noche, con tinta indeleble, nuestro nombre se apuntará en el Libro de la vida, cuando recibamos el Espíritu Santo.

En la noche, antes de partir hacia nuestras casas, sacamos todas las sillas del salón, levantamos las manos y empezamos a cantar: cansado del camino, sediento de ti, un desierto he cruzado, sin fuerzas he quedado, vengo a ti... Oramos un rato, un poco más, y después el moderador dijo que cuando terminara de contar hasta tres, íbamos a recibir el Espíritu Santo. Cuando terminó de contar, el tipo, como si apagara una vela de cumpleaños, sopló el micrófono y, no miento, en el acto se desplomaron al unísono más de la mitad de los asistentes, unos cincuenta, y quedaron en el suelo revolcándose como gusanos. Permanecimos de pie unos diez, los más pecadores, y vimos como unos hablaron en lenguas, otros se retorcieron de la risa y otros lloraron incontrolables dándole gracias a Dios. Ciertamente, habían recibido el Espíritu santo.

Muchas personas cambian el rumbo de su vida luego de asistir a un evento como este. Hay testimonios de gente que dejó las drogas, adictos al sexo que se contuvieron ante la mayor de las tentaciones, ladrones de celulares que hoy pastorean su propia iglesia y homosexuales que se curaron para siempre. Sea un montaje o no, cien mil pesos por el paseo sospechoso es barato, porque además de todo, cuando uno vuelve a Bucaramanga, le obsequian una biblia.

Aunque nada de esto funciona conmigo, yo volvería a ir.

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