Crónica de un río agonizante

El río Magdalena es la arteria fluvial más grande del país, cuenta historias de nuestra historia como civilización, ha visto nacer y morir culturas, animales y plantas. Lo estamos destruyendo y solo unos pocos, buscan salvarlo.

Imagen del Río Magdalena que muestra parte de su contaminación. Cortesía

Que difícil es pedirle perdón a un ser desigual. Que difícil es pedir perdón cuando no se califican los actos como equívocos. Que difícil es, pedir perdón.

No me imagino admitiendo mis errores, ¿cómo sería entonces que el hombre aceptara que ha maltratado y humillado a un ser que no es igual a él, si creemos estar por encima de todo, incluso que Dios? Cómo podría pedirle perdón a alguien que no tiene oídos, de qué servirían entonces mis palabras, de que serviría mi voz, pero más inquietante aún, de qué serviría mi boca ¿cómo humedecería los labios, si no le pedimos perdón a ese gigante que agoniza? Puedo escuchar su voz que se apaga, veo como su rugido deja un eco en el olvido, veo como su luz y su vida se escurre entre los dedos de los “dueños” de este mundo, como su rostro se llena de basura y su cuerpo de toxinas. Mis lágrimas no llenaran el espacio que dejará su cadáver invisible ni siquiera llorando hasta que la sed me consuma. 

Te presento al Río Magdalena…

El Río Magdalena ha sido históricamente una fuente de progreso para Colombia, recorre veinte departamentos del país, y aunque no lo parezca, su paso, nos da vida. Seguramente nos vio nacer y aunque se resiste a morir, parece que estamos dispuestos a dejar un agujero de 1600 km y llenarlo con basura, pues en eso se ha convertido, en el basurero más largo del país.

En 1985 Gabriel García Márquez, quien no necesita presentación, escribió “Amor en los tiempos del cólera”, en sus páginas finales, con su bella narrativa nos contó que el río estaba muriendo, y no sé si fue por la belleza del escrito o por la lírica, pero hasta el día de hoy empezamos a verlo como un problema real. Empezamos a entender sus palabras, que no eran ficción ni tampoco metáforas, eran reales, tenían sangre mezclada con tinta, además de la culpa, pues nadie que calle o que duerma al lado de quienes maltratan al río merece tener una posición diferente a la de cómplice.

Somos 49 millones de colombianos. Demasiados diría yo. Tan solo 32 millones de ese 100% dependen del río Magdalena. Solo eso, tan solo el 65% de nuestros habitantes necesita ese río para vivir. Creo que no es suficiente para que el otro 35% de colombianos veamos al río como un ser importante en nuestro país. Es irónico, la escala de valores que asignamos a lo que nos pertenece no tiene sentido, debemos replantear nuestros intereses como nación. Desde hace años, 2013 para ser exactos, varias iniciativas para la recuperación de la navegabilidad del río, nada referente a la contaminación, se presentaron bajo una argumentación principalmente económica. En el 2017, luego del episodio bochornoso de uno de los inversores del proyecto “Odebrecht” se vuelven a buscar inversores. Que extraño, leyendo los periódicos, revisando noticias viejas, me di cuenta que los titulares siempre muestran el dinero que se va a invertir, no dicen tiempo estimado, hablan de cifras, no de historias, y como diría Eduardo Galeano, “el mundo no está hecho de átomos, el mundo está hecho de historias” y yo estoy de acuerdo. Siempre, desde el 2013 hablan del proyecto de recuperación como algo novedoso. Les dimos ese permiso al ignorar lo realmente primordial. El río es importante para el país, no para los ciudadanos, por el dinero, no por el hecho de ser vida. Demos un recorrido por la historia de quienes aman a ese ser, quizá, terminemos contagiando a alguien.

Empecemos con una historia real, mostremos que el mundo es más que un par de millones de pesos

La tarde era calurosa, podías ver el calor reflejado en los rostros de los desconocidos que se cruzaban por el camino, veías su desesperación y sus deseos de escapar. Había quienes no soportaban esa tortura y caminaban con sus camisas en la mano, empapadas de agua y de sudor, una combinación natural en esta parte del mundo, aquellos eran quienes el pudor de la sociedad moderna no tiene efecto, aquellos que preferían morir de vergüenza y no de calor.  El sol era inclemente, no respetaba ni siquiera los espacios cerrados, era como si desde lo alto defendiera a todos los suyos, indefensos aquí en la tierra, creo que nos odia. Ningún rincón podía acobijarte, ninguno podía liberarte de aquel astro. Una vez que llegas a Melgar empiezas a sudar casi por el efecto mismo de respirar, pero  no puedes evitar, fuera del estado de acaloramiento, estar feliz, es contagioso, todos a tu alrededor, aunque sudorosos y presos de sus empapadas y olorosas ropas, tienen una sonrisa en los labios, por eso digo que este país es el país de los opuestos, pues muchos llevan una lágrima pegada a su rostro y otros una sonrisa inmensa, cuando todos deberíamos estallar a carcajadas encontrando así una verdadera equidad, la felicidad.

Llegué temprano, eran las 11:00 am, del frio intenso de Bogotá al calor cubierto con gas de la brisa de Melgar. Decidí almorzar en el lugar más vacío que encontrara, todo estaba repleto, además, dentro de mí rondaba la idea absurda –entonces no tan absurda- de evitar el gentío que estaría agolpado en el río y así poder concentrarme en entender al Magdalena, escuchar lo que quisiera decirme o contarme. No sabía entonces lo enojado y callado que iba a estar conmigo.

Luego de almorzar una bandeja paisa bien cargada –que es lo que siempre pido cuando estoy lejos de casa- me despegué el pantalón de las piernas sujeto a mí por la humedad de mi cuerpo y ambiente, por estar estático tanto tiempo y no permitir al aire hacer su trabajo bajo esa mesa de madera del restaurante que aunque vacío, no vencía al sol. Alcé la vista al cielo y emprendí un viaje de quince minutos en flota al embarcadero de Girardot.

Quería restarle importancia al momento del impacto, no conocía al río, jamás había visto de frente a alguien tan viejo. Quería que todo fuera producto de la casualidad o del destino, prefería que fuera el viento, al igual que mueve las pequeñas olas que se dibujan en la superficie del Magdalena, el que dirigiera mi mirada hacia los reflejos segadores del sol chocando con el anfitrión de mi visita. Descolgué mi mochila que llevaba en el hombro derecho, alcé la vista, no pude evitar sentir vergüenza y miedo, tristeza y frustración, yo me veía sumergido en una estampida de hombres prestos y fascinados por el espectáculo de la naturaleza imponente ante sus narices, pero fue una ilusión, estaba solo, como en un día lluvioso en medio de la calle. Pero al menos, a quien fui a ver, estaba presente.

 Di un par de vueltas por la orilla, me mojé los pies, y esperé respuestas, miraba a mi alrededor, había niños jugando en el río, algunos padres gritaban desde las casas que estaban alrededor, había un restaurante flotante, me acerqué y pedí una limonada mientras iba al baño, al entrar noté que todos los fluidos del baño irían a parar al Magdalena, decidí aguantar un poco y encontrar otro lugar para hacer mis necesidades, dejé la limonada servida y salí luego de pagar lo que debía. Afuera había una canoa con un grupo de personas bastante pequeño. Me senté y observé como todos bajaban. Los mosquitos empezaban un festín en mis partes descubiertas, brazos, piernas, cuello y rostro. Me dí la vuelta y encontré a un personaje llamado Luis, se presentó así, sin darme un apellido y sin darme la posibilidad de averiguarlo, que desconcertante e intrigante, pero eso me hizo darme cuenta que tenía el corazón encogido al ver morir al paraíso.  Estaba sentado en la puerta de su taxi observando al río. Era un sujeto intrigante, tenía unos 50 años, utilizaba gafas, tenía unas arrugas bastante pronunciadas y un bigote puntiagudo, resaltaban sus ojos marrones y sus canas. Era un tanto obeso, bajito, y su mirada parecía perdida en un sueño.

- ¿Cómo está usted? Veo que algo lo mantiene pensativo.

- ¿Disculpe? A sí, estoy visitando a un viejo amigo.

- ¿Usted lleva mucho tiempo viviendo aquí?

-Llevo unos años, a los 15 mi abuela me trajo de la Dorada, Caldas.

- ¿Le gusta el río?

-Si claro, es un viejo amigo, me duele verlo así.

- ¿Cómo?

-Triste.

Hablé unos treinta minutos con Luis, hubiese querido que fuese más tiempo, pero él tenía que volver a sus labores, como todos los días, su vehículo le daba para comer, no podía estar haciendo visitas todo el día, a veces, me decía -quisiera poder hacerlo- tal vez, como vamos, no pueda hacerlo nunca más. Me contó que cuando era niño su padre era pescador, y que él también lo fue, que en ese entonces vivir de eso era posible, iban y vendían todo lo que sacaban del río en la plaza. Ellos mismos, sin intermediarios, que a veces los bagres eran tan grandes como él -si exagera no lo sé, no era tan alto- pero seguramente un bagre de ese tamaño debe ser algo hermoso y delicioso.

-A la gente ya no le interesa el río, esas cosas, la pesca, los pies mojados, los pantalones remangados o hasta meterse en calzoncillos, eso es cosa del pasado. Antes el río llegaba mucho más arriba, ahora parece que es como el hijo del río, pequeño y sin fuerza. Todo esto lo ha ido acabando la gente. Solo sacan y sacan agua, botan y botan basura, no le devuelven nada al Magdalena, solo con las dos represas en Neiva es suficiente para bajar el nivel, imagínese con todo lo que saca la gente.

Luis quería vivir del agua, quería pescar, vender, comer y nadar, pero ya no es posible, ahora vive de su taxi, que igual es su orgullo, lo ama y no para de sonreír, excepto cuando está enfrente de su viejo sustento.

-Ya por aquí llegan los peces muy pequeños, si es que llegan, hace unos cinco años que no pesco, para qué.

Se despidió con una sonrisa, seguramente no dirigida a mí, ofreció llevarme a donde me dirigía, pero le dije que yo también necesitaba despedirme pues quien sabe cuándo volvería por allí, me dijo, tómese su tiempo y se fue sin volver a mirar atrás.

Mi recuerdo es de un río que lucha por vivir, de un Luis que lucha por seguir yendo a verlo y un pueblo que lo ignora. No sé qué más puedo decir, me he quedado sin palabras, se han ahogado en el río Magdalena, es hermoso, aun cuando está muriendo, pero no es tarde para salvarlo, nos pide que lo escuchemos.

Agradecimiento

A Luis, por su tiempo, al río por recibirme y ser tan valiente y a Katherinne Uintaco, colega y ser incondicional, sin ella, esta historia no habría tenido final.

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2018-02-26T17:04:41-05:00

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Juan Forero Vélez

Cultura

Crónica de un río agonizante

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