Crónica de una entrevista que nunca fue

La editorial Seix Barral le organizó un homenaje a Roberto Burgos Cantor en el que se conmemoró el Premio Nacional de Novela. Ese fue uno de los últimos eventos en los que el escritor participó. Presentamos una crónica de ese momento, que fue el único en el que autor de este texto tuvo para conocer al cartagenero.

Roberto Burgos Cantor, en su casa de Bogotá. El escritor cartagenero ganó el Premio Nacional de Novela en 2018.Archivo El Espectador

La primera y la última vez que vi en persona a Roberto Burgos Cantor fue en un homenaje que le había organizado la editorial Seix Barral para conmemorar el Premio Nacional de Novela que el maestro había recibido días atrás. 

Era una fría noche bogotana de agosto y el recinto que se había dispuesto para el evento acogía impasible a los asistentes que se iban presentando. Llegué temprano y apenas unas personas podían contarse en la sala. Para mi fortuna habían comenzado a ofrecer vino antes de la charla por lo que pude caldear el espíritu mientras esperaba el comienzo, después, y el arribo de Patricia Lozano y Óscar Alarcón, contertulios y primos míos, antes. Sabía de la profunda amistad que los unía con el maestro Roberto Burgos Cantor, de manera que, cuando me enteré del evento, los llamé para confirmar si también ellos tenían planeado asistir.

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Sobre la hora comenzó la charla con menos público del que hubiera podido esperarse para oír a quien, a la sazón, era una de las glorias de la literatura nacional y quien acababa de ser justamente laureado con el que está en camino de convertirse en el premio más prestigioso de la literatura en el país.

Juan David Correa –escritor, crítico, director de la editorial y quien conversaría esa noche con el maestro Roberto Burgos Cantor, abrió la charla, después de una breve presentación biográfica del maestro, preguntando cómo había comenzado su relación con la Editorial Planeta.

Tras el preciso instante de meditación y silencio que le sirvió al maestro para concitar la atención de todo el auditorio se oyó una voz firme, pausada, conmovedora y literaria decir más o menos lo siguiente:

"Sostenía William Faulkner que se necesita en la vida un noventa por ciento de esfuerzo, un cinco por ciento de disciplina y otro tanto por ciento de azar. Cuando llegué a Bogotá, a estudiar derecho en la Universidad Nacional, me reuní con Eligio García Márquez, Yiyo, y pasamos muchas tardes leyendo y discutiendo libros de literatura de Hispanoamérica y de todo el mundo. Muchos de esos libros eran de su hermano Gabriel, y nosotros los leíamos y los discutíamos antes y después de las clases de derecho, hubiéramos asistido a clase o no. De entre esos libros había uno de un escritor argentino: Ernesto Sábato. Yiyo me prestó un ejemplar de El túnel que había leído y subrayado su hermano Gabriel, y yo también le presté un libro de ensayos del escritor argentino. Aquellos libros de Sábato los leímos con devoción una y otra vez y los discutimos con emoción un día sí y otro también.

Por aquel entonces el festival de teatro de la ciudad de Manizales era muy importante y Ernesto vino invitado por el Festival. Reconocido escritor y figura prestante como era, pidió a los organizadores del Festival del Teatro de Manizales que por favor le consiguieran una cama turca para poder dormir. Como en Manizales, por lo visto, nadie sabía qué carajos era una cama turca nos llamaron a nosotros para ver si en Bogotá teníamos noticias de lo que era una cama turca, como tampoco teníamos noticia de lo que pudiera ser una cama turca, Eligio y yo nos fuimos a recorrer las tiendas de muebles y los anticuarios de la ciudad tratando de encontrar una cama turca. Habiéndose mostrado infructuosa la tarea, Eligio García Márquez y yo nos fuimos a recorrer todos los burdeles, lupanares y prostíbulos del centro de la ciudad para ver si sabían lo que era una cama turca, con tan mala fortuna de que en ninguno de esos centros especializados en camas nos pudieron dar razón. Con la vergüenza del caso tuvimos que escribir a Ernesto Sábato pidiéndole por favor que nos explicara qué era una cama turca y nos respondió, a vuelta de correo, diciéndonos que era una cama sin pieseros, para que pudiera dormir tranquilamente y para que se le pudieran salir los pies de la cama. 

Tras el festival en Manizales llegó a Bogotá. Invitado por la Universidad Nacional a dar una conferencia, declinó cortésmente la invitación aduciendo que no acostumbraba dar charlas –dijo Roberto Burgos Cantor que dijo Ernesto Sábato–, pero hay dos amigos míos, Roberto Burgos Cantor y Eligio García Márquez, lectores juiciosos y expositores conspicuos que pueden darla por mí y conversar conmigo, si así lo disponen ustedes. Después de la charla llegó el director de Planeta de aquel entonces y el maestro Sábato le dijo: «Entiendo que ustedes tienen un libro de cuentos de mi amigo Roberto Burgos Cantor», me recomendó entonces a la editorial y así fue como comenzó mi relación con Planeta".

No pudo el público menos de aplaudir el circunloquio ingenioso, histórico y literario con el que Roberto Burgos Cantor lo obsequiaba. Claro que eso no fue lo que dijo el maestro, pero eso fue lo que recuerdo que dijo.

La respuesta mezclaba en las dosis justas el sabor de la vida, la pasión por el lenguaje y la erudición (tal y como si estuviéramos leyendo una página del maestro). Es verdad que nadie se imaginaba, a esas alturas del año y de la historia de la literatura nacional, que ésa sería una de las últimas apariciones públicas de Roberto Burgos Cantor. Después de esa noche que, pese a la brevedad, fue feliz y memorable, sólo podemos contar dos eventos públicos más: su asistencia al Congreso Gastronómico de Popayán y su participación en la Feria Internacional del Libro de Barranquilla.

Una vez terminada la charla, el maestro se sentó en una esquina de la biblioteca a firmar ejemplares de la novela. Mientras Óscar Alarcón saludaba a algunos de los presentes, José Luis Díaz-Granados (autor de Alba, uno de los poemas más hermosos de la literatura colombiana, musicalizado de manera inobjetable, quizás por primera vez en la historia de la literatura y en la historia de la música, por el dueto Iván y Lucía) y su hijo Federico (poeta, lector, conversador y antologista, a quien había oído yo en un coloquio sobre poesía argentina en la anterior versión de la Feria del Libro de Bogotá) incluidos, Patricia me llevó a conocer al maestro, me lo presentó y le comentó que quería reunirme con él. Con el rumor de los presentes no alcancé a oír si le dijo que me interesaba entrevistarlo. En cualquier caso, el maestro me saludó con una afabilidad y con una cortesía generosas y sorprendentes. Me dijo que por supuesto nos reuniríamos pronto.

Justo antes de su partida para Popayán recibí un mensaje de su asistente diciéndome que el maestro me escribiría a su regreso para programar el encuentro. Para entonces ya estaba leyendo el ejemplar de Quiero es cantar que tenía en mi biblioteca y me disponía a leer Ver lo que veo La ceiba de la memoria para intentar hacer una entrevista que fuera lo más lo decorosa posible.

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Me hubiera gustado oír la continuidad de esas disquisiciones, llenas de gracia y de nostalgia, sobre sus inicios literarios, ahora sobre su propia biografía y sobre su obra; oír explicaciones sobre los móviles de la creación artística; oír claves de interpretación de Ver lo que veo –obra que le había válido el premio nacional de novela– y hasta oír detalles biográficos que hubiesen coadyuvado a explicar su singladura literaria. Oír todo eso para saber, por fin, cómo se construía el milagro de esa prosa.

Un martes de una tarde fría y brumosa, tras una jornada extenuante, me encontraba reposando en mi casa cuando recibí una llamada telefónica de Óscar Alarcón. Una voz empañada y triste, que no encontraba consonancia con la voz desenfadada y jovial que le conocemos –y sus lectores de los Micro y de los Macrolingotes saben que ni miento ni exagero, ni todo lo contrario– me aseguró que ya no podría entrevistarme con Roberto Burgos Cantor. La firmeza de la aseveración –de quien tanto había procurado que me entrevistara con el maestro– me causó desconcierto. Me temí lo peor, y una pregunta obligada y, a esas alturas, sin embargo, retórica, salió de mis labios: — ¿Por qué?

— Porque acaba de morir, me dijo una voz tan consternada como dolorida. Eso me dijo un corazón que tenía la desesperada certeza de que hacía un instante, y en un mismo momento, había perdido para siempre a un gran amigo y a uno de los mejores prosistas de la lengua española –y eso lo sabía uno que es primo hermano de Gabriel García Márquez–.

Poco pude decir en ese momento, porque son pocas las palabras cuando estamos ante la presencia de la muerte. Pero no es poco lo que, tras esta intrincada red de encuentros y desencuentros, me queda. Me queda el vacío inmenso de la partida de un genio, la sensación triste de que hubiera podido conversar con él, el remordimiento inútil de que me hubiera podido firmar mi ejemplar de Quiero es cantar (que no sé bien si no llevé por pudor, en estos tiempos en que está mal visto hacer firmar un ejemplar del autor que no sea el que vende y conmemora la editorial en el momento, o por la esperanza vana de lograr una dedicatoria más personal); me queda la tristeza de no haber podido indagar sobre la naturaleza y las causas de la creación artística y la biografía que la restringe o la posibilita, que la incentiva o la refrena, que es lo que suelo preguntar en mis entrevistas... Pero me queda también el consuelo de haberlo saludado y de haberlo escuchado, y me queda el recuerdo de haberle estrechado la mano al maestro Roberto Burgos Cantor; me queda la certeza, entonces y sobre todo, de haber estrechado la mano de la que salieron algunas de las páginas más memorables de la literatura nacional, escritas con la prosa más musical que conoció las letras colombianas desde la muerte de Germán Espinosa. Una literatura y una prosa escritas con la mano de la humanidad y de la empatía; trazadas con la mano de la poesía y del amor. Sí, no pude entrevistarlo, pero hoy, tras el día triste y reprochable de su partida –a la muerte siempre hay que reprocharla–, me queda el triste y mezquino consuelo de decir que yo estreché esa mano que a la literatura nacional le regaló tanta inobjetable sabiduría y tan encomiable belleza.

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Juan David Zuloaga

Cultura

Crónica de una entrevista que nunca fue

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