Cuando la Guerra Fría ardió

Hace 50 años el mundo estuvo tan cerca del apocalipsis nuclear que los Estados Unidos y la Unión Soviética implementaron el teléfono rojo para agilizar las comunicaciones entre sí y dieron comienzo a conversaciones sobre desarme que durarían décadas.

Imágenes tomadas en 1962 desde el avión Lockheed U-2, al mando del mayor Richard Heyser, sobre el área occidental de Cuba.
Imágenes tomadas en 1962 desde el avión Lockheed U-2, al mando del mayor Richard Heyser, sobre el área occidental de Cuba.Archivo - El Espectador

Por primera vez la humanidad entera la veía negra. De Washington a Moscú, pasando por Bogotá, Adis Abeba, Rangún, Sídney, Berlín, La Paz, Nairobi y por supuesto Miami y La Habana, todos sentían que sus horas estaban contadas, que la pesadilla se haría realidad y que, como en una de las epifanías más delirantes de San Juan, del cielo descendería el fuego termonuclear para extinguir a los seres vivos y convertir al planeta en un Armagedón.

La generación nacida en la posguerra, que se suponía exenta de sufrir una confrontación mundial puesto que la experiencia vivida por sus padres así lo garantizaba, había crecido traumatizada por la Guerra Fría. A las preguntas de sencilla profundidad que los niños suelen formular desde que el mundo es mundo, la nueva generación agregaba una que después resumiría la banda de rock Pink Floyd en su canción Mother: «¿Do you think they drop the bomb?».

Ya Albert Einstein, aquel profesor de Princeton en cuyas teorías estaba encriptada la explicación del moderno apocalipsis, había predicho que una vez cumpliese su primera fase, la tercera guerra mundial continuaría con palos y piedras. Tamaña profecía era sin embargo bastante optimista comparada con la realidad de la confrontación que estaba a punto de empezar en octubre de 1962, después de que el día 14 un avión de reconocimiento Lockheed U-2, al mando del mayor Richard Heyser, barrió con sus cámaras la superficie occidental de Cuba en cumplimiento de una misión de espionaje del Comando Estratégico del Aire —SAC, por sus siglas en inglés—.

En un primer análisis de las fotografías los peritos confirman lo que sospechan desde hace ya un buen tiempo: los soviéticos han emplazado un número apreciable de cohetes intercontinentales en territorio cubano, con un rango de acción que cubre la mitad oriental del territorio estadounidense.

Si hubiese dependido enteramente de Fidel Castro, la misión del U-2 no habría sido necesaria, pues en su momento el líder cubano quiso que el proceso de montaje de las plataformas balísticas se hiciese a la luz del día, no tanto para protagonizar una bravuconada propia de su extrovertido temperamento caribe, sino como una manera de sacarse el clavo en público después de los sucesos de la Bahía de Cochinos, cuando fuerzas entrenadas por la CIA, con la anuencia del presidente John Kennedy, lanzaron en abril de 1961 un ataque contrarrevolucionario que se estrelló contra la firmeza del recién creado ejército cubano y una fuerza de milicianos bastante superior en número y armamento. Fue una declaración de guerra por parte de los Estados Unidos que lanzó a la cúpula cubana hacia los brazos de Moscú, marcó el derrotero de los acontecimientos que seguirían después y confirmó que, en materia de relaciones exteriores, aun cuando se trate de sus vecinos, el Departamento de Estado hace gala de una torpeza proverbial.

Pero las ganas de confrontación pública de Castro debieron ceder ante la decisión del primer ministro Nikita Kruschev, quien tenía una visión bastante más ladina de la diplomacia y confiaba más en el poder disuasivo de los cohetes que en la fuerza del ejército rojo, al que recortaba el presupuesto para favorecer la fabricación de proyectiles de mediano y largo alcance. De hecho, en Turquía, vecina de la Unión Soviética, los Estados Unidos tenían emplazamientos de cohetes de la clase Júpiter y bases aéreas suficientemente inquietantes como para que el premier pensase en equilibrar la balanza de fuerzas haciendo lo propio sobre territorio americano. ¿Y qué país, aparte de Canadá y México, estaba tan cerca de su enemigo como Turquía de la URSS?

La respuesta era aquella inmensa isla a pocas millas náuticas del sur de Florida, cuyo líder no solo estaba envalentonado por el triunfo de sus tropas en Playa Girón, sino que necesitaba a toda costa levantar una barrera disuasiva para que los Estados Unidos no lo atacaran de nuevo.

Quedaba entonces comprobado que la Guerra Fría también podía arder, pues mientras los expertos soviéticos en balística se apresuraban a montar en la punta de los cohetes las cabezas nucleares, los militares estadounidenses, precedidos por el secretario de Defensa Robert McNamara, aconsejaban a Kennedy atacar de una vez por todas, ya no con hombres reclutados en el exilio cubano, sino con tropas propias. Las reservas fueron convocadas y todas las divisiones de élite entraron en acuartelamiento de primer grado, listas a lanzarse sobre un territorio que, durante las seis décadas transcurridas entre su independencia de España y la revolución de los guerrilleros barbudos contra el dictador Fulgencio Batista, había sido una suerte de colonia vacacional de los Estados Unidos a cuyo destino estaba atada con fuertes lazos económicos. Cuba era tan gringa como Las Vegas o Atlantic City, y la mafia manejaba allí sucursales de sus negocios de hotelería, casinos y trata de blancas. Años después, en 1977, Gabriel García Márquez diría en un artículo de la revista Casa de las Américas:

“Los latinoamericanos de mi generación concebíamos a La Habana como un escandaloso burdel de gringos donde la pornografía había alcanzado su más alta categoría de espectáculo público mucho antes de que se pusiera de moda en el resto del mundo cristiano: por el precio de un dólar era posible ver a una mujer y un hombre de carne y hueso haciendo el amor de veras en una cama de teatro. Aquel paraíso de la pachanga exhalaba una música diabólica, un lenguaje secreto de la vida dulce, un modo de caminar y vestir, toda una cultura del relajo que ejercía una influencia de júbilo en la vida cotidiana del ámbito del Caribe”.

Pero todo acabó como dijo el compositor Carlos Puebla en su canción Y en eso llegó Fidel: “Se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”. No contento con cortar los lazos económicos, expropiar negocios de diversa índole, industrias y haciendas, Castro coqueteaba con el demonio socialista. Justo él, que hacía apenas tres años había sido descrito por medios de comunicación de la importancia de Life y el New York Times como un luchador contra la injusticia, una suerte de moderno Robin Hood cuyo bosque de Sherwood era la Sierra Maestra.

Y ahora Kennedy estaba ante el mayor dilema que mandatario alguno había enfrentado jamás. Mientras los guerreristas de su entorno insistían en golpear con todo al enemigo, al mismo tiempo la prudencia le aconsejaba reflexionar; eso sí, bloqueando las rutas marítimas y aéreas de la isla para que no llegaran más misiles. Retirándose del recinto donde se escenificaban las discusiones, pidió a los halcones y a las palomas del gabinete y del estado mayor que deliberaran hasta llegar a un consenso sobre la ruta a tomar. Una vez hicieran eso, él acataría la decisión, dijo. Pasó una semana de discusiones durante la cual aviones Crussader de la marina, comandados por el capitán William Ecker, sobrevolaron varias veces la isla para confirmar hasta la saciedad que no solo había cohetes emplazados, sino que algunos ya tenían montadas las ojivas nucleares.

Afuera, a ritmo de titulares de prensa, los habitantes del planeta sentían llegado su final, los embajadores de ambos países en Moscú, Washington y la ONU iban y venían en un pulso diplomático no apto para cardíacos y los asesores de Kennedy no lograban ponerse de acuerdo. Estaban como al principio, divididos entre la urgencia de atacar y el temor a la extinción de la raza humana. Por tanto, la decisión dependía del presidente, que optó por negociar en secreto con el premier soviético, un antiguo obrero metalúrgico que había sobrevivido a los tiempos de Stalin gracias a su pragmatismo y bonhomía.

Castro, ninguneado por Kruschev a la hora de las negociaciones, no supo en ningún momento que este había enviado a Kennedy la propuesta de retirar los misiles una vez se cumplieran dos condiciones: Estados Unidos haría lo mismo con los suyos en Turquía y prometería no invadir de nuevo a Cuba. Disgustado al enterarse por boca del canciller Andrei Gromyko de su papel de peón en el ajedrez geopolítico, no tiene más salida que aguantarse el brinco, tragarse el sapo porque ya está jugado para el bando de la URSS. Una vez esta retira los cohetes, continúa por cuenta propia su confrontación con los Estados Unidos, que finalmente no levantan el bloqueo en un intento de someter a la isla a una asfixia económica y de ese modo generar descontento entre la población como primer paso para una hipotética contrarrevolución.

Como se sabe, tal medida no solo falló, al igual que lo hicieran varios intentos —hoy en día muy documentados— para asesinar a Castro, sino que logró que este se aferrara a su amistad con los soviéticos y enviara tropas cubanas a combatir en Mozambique, Angola y Etiopía, por supuesto sin olvidar el apoyo logístico y político que daría a los movimientos guerrilleros de América Latina durante dos décadas y media, hasta la caída del muro de Berlín y el derrumbe del bloque soviético. El cerco a Cuba, sostenido en el tiempo desde entonces, es una suerte de monumento a la estupidez humana, una secuela de acontecimientos que marcaron y aún marcan el destino de América entera, un último vestigio de esa guerra fría que demostró ser capaz de calentarse.

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