‘Cuando Santa cayó del cielo’

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En la noche del diez de diciembre una terrible tempestad se abatió procedente del norte. Mil relámpagos lanceaban las estrellas y el estruendo retumbaba por el cielo negro como un tren de mercancías descontrolado.

Nicolás Reyes, de profesión Santa, no se daba cuenta de todo eso. Yacía en su carromato roncando apaciblemente, mientras Estrella Fugaz, su reno, lo arrastraba a través de las nubes muy alto por encima del mundo dormido. Los relámpagos lamían el carromato destartalado como lenguas de serpientes, pero Nicolás Reyes soñaba con almendras y mazapán como acostumbran los Santa.

Estrella Fugaz corría cada vez más rápido entre las nubes negras, pero no podía escapar de la tormenta. La tronante oscuridad se tragaba las estrellas y los relámpagos le pasaban siseando entre los cascos. Estrella Fugaz se encabritó, rompió las riendas y se precipitó hacia el suelo. El carromato sin reno de Reyes se balanceó de un lado a otro como una barca en el mar embravecido y luego volcó precipitándose hacia la nada. Reyes se cayó de la cama con estrépito, se golpeó la cabeza contra la pata de una silla y rodó debajo de la mesa.

-¡Aaaalto! —gritó—. Cielos, ¿qué sucede?

Pero entonces se precipitaba ya junto con su vehículo hacia el suelo.

La cabeza de Nicolás zumbaba y rugía como si estuviera a punto de estallar. El carromato rozó con las ruedas las copas de los árboles, chocó contra una chimenea, dobló dos antenas de televisión y aterrizó ruidosamente en el arroyo de una calle estrecha.

Una bandada de cuervos alzó el vuelo desde un tilo desnudo con furioso graznidos. Un gato gordo y gris casi resbala del susto del caballete del tejado. Y las personas que estaban despiertas en sus camas porque la tormenta les impedía conciliar el sueño, pensaron: “¡Vaya trueno! Es como si la luna se hubiera caído del cielo”.

El carromato de Nicolás rodó un corto trecho, después se apoyó en un costado, gimiendo, y se detuvo. Nicolás apartó las manos de sus oídos y escuchó atentamente. Ya no se oían zumbidos ni rugidos, ni estrépito, sólo el retumbar del trueno. Salió a gatas de debajo de la mesa.

–¿Matilda? ¿Emmanuel? ¿Están bien? —gritó tanteando a oscuras en busca de su linterna de bolsillo.

Pero, claro, ya no estaba en el lugar acostumbrado. Nada estaba ya en su sitio.

–¡Ay, ay! —gorjeó alguien—. ¡Ay, ay! ¿Qué ha sido eso? Reyes, ¿qué ha pasado?

–¡Ojalá lo supiera! —murmuró Nicolás Reyes palpándose el enorme chichón de su frente.

Un cerillo flameó en la oscuridad y una pequeña y oronda mujer ángel descendió aleteando desde el armario con una vela en la mano. Un segundo ángel atisbaba, horrorizado, por encima del borde el armario.

–¡Oh, qué desgracia! —exclamó la mujer ángel, aleteando nerviosa alrededor de Nicolás.

Éste seguía completamente turulato, sentado en medio de libros y vajilla rota.

–Matilda, por favor, echa un vistazo a los duendes, ¿sí? —rogó—.

–¡Ah, ésos! —Matilda depositó la vela encima de la mesa—. Ya están otra vez mascullando maldiciones. ¿No los oyes? Puaj.

En el cajón superior de una cómoda volcada se oía barullo. Varias voces excitadas despotricaban todas a la vez.

–¡Sí, sí! —gritó Matilda—. Pero primero dejen de maldecir. O no moveré un ala, ¿entendido?

Nicolás se incorporó y caminó tambaleándose hacia la puerta por el suelo inclinado del carromato. Miró hacia la noche, cauteloso. No se veían personas ni animales. Nicolás se puso su abrigo rojo y con las piernas temblorosas bajó los peldaños de madera podrida del vehículo. Casi tropezó con un letrero de la calle que asomaba por debajo del carromato. “Camino de la Niebla”, se leía. El carromato se apoyaba, ladeado, en el arroyo. Se le habían roto dos ruedas.

–¡Ay señor, ay señor! —Nicolás meneaba la cabeza—. Mira qué desastre. ¡qué suerte la mía! —acechó a su alrededor sin saber qué hacer.

De su reno no se veía ni rastro. No era de extrañar. Estrella Fugaz era invisible como todos los renos navideños. Invisible y glotón. Nicolás sacó de su abrigo unos panecillos de especias y los blandió, esperanzado, en la oscuridad.

–¿Estrella Fugaz? —llamó en voz baja chasqueando la lengua—. Estrella Fugaz, comida. ¡Vamos, ven de una vez, penco desleal!

Nada. Ni chacoloteo de cascos, ni campanitas, ni resoplidos, ni chasquidos de lengua, sólo un postrero retumbar del trueno. Una gota de lluvia aterrizó sobre la nariz de Reyes. Plas. Al momento siguiente llovía a cántaros. Reyes retrocedió a trompicones hasta su carromato.

La lluvia caía, fragorosa, sobre el Camino de la Niebla y los cuervos buscaron cobijo en las ramas desnudas.

* Primer capítulo de ‘Cuando Santa cayó del cielo’ . Fondo de Cultura Económica.

Cornelia Funke

Esta alemana nació en 1958 en Dorsten. De pequeña quería ser astronauta, sueño que fue truncado porque la formación requería entrenamiento militar. Terminó estudiando pedagogía e ilustración en Hamburgo y laboró mucho tiempo como trabajadora social ayudando a niños con problemas familiares. Este hecho fue el punto de inspiración para escribir cuentos infantiles e ilustrarlos al mismo tiempo, siempre con la idea en mente de crear un mundo mejor. Quería hacer de este mundo un lugar mejor ayudando a otros.

Hoy en día, Funke es una de las escritoras contemporáneas más importantes de la literatura infantil y juvenil. Sus cuentos están llenos de fantasmas, castillos, ladrones y dragones, todo con mucho suspenso, aventura e imaginación. Ha sido galardonada con varios premios y dentro de sus más exitosos libros están: Detrás de las ventanas, El jinete del dragón, Corazón de tinta, Cuando Santa cayó del cielo, entre muchos otros.

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