Cuando las vaginas se confiesan

Denis Diderot, el padre de la Enciclopedia, esa monumental obra del siglo XVIII que recogió los saberes de la época, se unió en su juventud y por pura necesidad a la banda de los escritores de cuentos de hadas eróticos que vendían sus creaciones como pan recién salido del horno.

Escribió y publicó, como anónima, una novela llamada Las joyas indiscretas, cuya autoría se puso al descubierto con el tiempo y cuyo contenido, calificado como obsceno, siempre le provocó vergüenza.

La obra cuenta la historia del sultán Mangogul, dueño y señor de un harem, que decide contarle a su favorita, Mirzoza, lo aburrido que se siente con la vida. La amante lo invita a consultar a un genio, experto en curar esas depresiones del alma.

Conocedor como nadie de los asuntos que alegran a los hombres, el genio le entrega un anillo de plata que tiene el poder de revelar las más íntimas aventuras de las damas de la sociedad. Le dice al sultán: “Todas aquellas mujeres sobre las cuales dirijáis el engaste contarán las intrigas en voz alta, clara e inteligible… por medio de sus joyas”. El mágico instrumento tiene la virtud de hacer hablar a las vaginas o a las joyas, que para los efectos de la historia son lo mismo.

El sultán pone a prueba el anillo con una de sus concubinas y de inmediato escucha “murmurar baja la falda” secretos inenarrables. Emocionado con semejante tesoro, lo usa en 29 damas de la sociedad, virtuosas en apariencia pero poseedoras de oscuros secretos. Algunas hablan de que por allí pasan los instrumentos de dos hombres, otras revelan las tretas para hacerse pasar por vírgenes, unas más hablan de aberraciones sorprendentes y pasiones desmedidas, y unas pocas cuentan cómo consuelan su soledad. El asunto se vuelve tan delicado en la corte que muchas empiezan a buscar bozales para no caer en las garras del anillo de plata.

Sin duda, poner a hablar a las vaginas era una arriesgada misión literaria, así la intención de Diderot haya sido la de usar el sexo para quitarle el disfraz a la nobleza y dejar al descubierto su hipocresía y su mentira. La obra fue condenada a la destrucción en 1835, pero, como siempre ocurre, algunos libreros la salvaron del fuego y la tijera.

Los analistas creen que con la figura del sultán, Diderot tapaba al verdadero protagonista de la historia: el rey Luis XV, que gozaba escuchando historias obscenas antes de compartir el lecho con Madame Pompadour, su amante favorita, una defensora consumada de la Enciclopedia.

Con Las joyas indiscretas, su primera novela, Diderot superó una crisis económica. Años después, cuando se hizo pública su autoría, sintió vergüenza porque el consumado intelectual que ya había coronado la gloria había sido capaz de escribir semejante historia.